El prójimo es esa persona que comparte conmigo una misma esencia.
No tiene por qué ser mi igual. No importan sus inclinaciones sexuales, políticas, culturales, ni religiosas. No se cuestiona si es rico o pobre, si es culto o analfabeto.
Solo tiene relevancia el hecho de que ambos tenemos algo en común: somos seres humanos. Lo que no es poco.
Puede ser que todos seamos hijos de Dios, ó parte de una Psiquis Universal, ó simplemente productos de la Historia. Lo mismo da. Sea como sea, compartimos la misma esencia.
Pero nunca hablamos de eso. Tal vez sea porque es un concepto tan básico, como absoluto. No se trata de reivindicar derechos, no. Lejos está de la búsqueda irreal de la igualdad. Y poco tiene que ver con juegos de poder.
En nuestro país, muchos años ha, la clase obrera vivió poco menos que en la esclavitud, casi sin derechos. Eso no fue hecho en base al concepto de prójimo. Pero luego, vino la reivindicación de la clase obrera, plena ya de derechos, pero sorda a las obligaciones. Y esto último, hizo que tampoco entonces hubiera sentido del prójimo.
Más tarde la guerrilla quiso cambiar las cosas que estaban mal, por medio de la violencia. Y aquél que cree en la violencia, descree por su propia naturaleza, del concepto de que existe el prójimo. Este movimiento fue suprimido con más violencia aún; a veces justa, y otras no. Una vez más el sentido del prójimo fue postergado para mejor ocasión. Más tarde y hasta la fecha, se sucedieron gobiernos que actuaron con mayor o menor grado de corrupción. Y todos sabemos que la corrupción genera hambre y muerte. Lo opuesto al sentido del prójimo.
Pero no todo es culpa de los gobiernos que tuvimos, ya que éstos llegaron al poder por decisión de la gente. Gente que ha aceptado cualquier cosa, antes que vivir con la idea de que aquél que está a su lado, es también un ser humano.
Porque desde el momento en que acepta al otro, ya no puede matar, robar, ni corromper. No puede vender basura por televisión, no trepa sobre las cabezas de los demás, no miente. No es indiferente al hambre, ni la genera; no improvisa, se vuelve responsable. Promueve el bien común, jerarquiza la educación, protege la salud.
Entender que el otro es el prójimo, lo condena a la más esclavizante de las libertades.
Pero la gente (no todos aunque a mi parecer sean demasiados), ha preferido embarcarse en un viaje de ida.
Un viaje de ida es aquél que no tiene retorno.
Y en su negación del prójimo, la gente ha debido andar la senda que paso a paso lo alejó de la realidad. Porque la realidad le dice a gritos que el otro existe. Por eso se vio forzado a correr los límites. Y así el prójimo quedaba cada vez más lejos, y por lo tanto parecía menos apremiante. Esto se parece mucho a una crisis moral.
¿Cómo volver de la droga, ó de siete años sin trabajar, ó del sálvese quien pueda?
¿Cuándo vamos a hacernos cargo del otro, como lo hacemos con nosotros mismos?
Ah! La culpa! Cuántas cosas hemos hecho para evitarla! Y hablamos de trivialidades, y soñamos con nosotros mismos, y a falta de sueño, velamos nuestras miserias.
Es hora de abrir los sentidos. Y permitir que a través de ellos no podamos dejar de reconocer a quien tenemos a nuestro lado. No estoy hablando de una utopía. Estoy diciendo que ése y no otro, es el camino a seguir. No va en ello la medida del esfuerzo, sino la idea de supervivencia. Este viaje de ida que nos pareció tan fácil, nos lleva a la destrucción. De nada vale lo que venga desde afuera, si no hacemos un cambio interior. Y hemos corrido tantos límites, y los hemos llevado tan lejos, que sólo un cambio profundo, radical, puede sacarnos de este viaje hacia la nada.
Mi padre me preguntó una vez, qué era más importante, si el camino o la posada. Obviamente elegí la posada.
-Error -me dijo-. Lo que hagas para llegar a la posada, es más importante que el hecho de alcanzarla.
Yo creo en el ser humano. Creo que podemos cambiar para bien. Creo que no dependemos para ello, ni de la inteligencia ni de la bondad. Creo que con sólo ver el problema, el instinto de supervivencia hará el resto.
Atte
Aníbal E. Tufró
|