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Apresuradas declaraciones del canciller Schroeder

La manipulación electoral del caso iraní lleva al canciller alemán a cometer un innecesario acto de apresuramiento.

Editorial
Las declaraciones del canciller alemán, Gerhard Schroeder, sobre la cuestión iraní vuelven a producir un distanciamiento entre el gobierno socialdemócrata de ese país y el de los Estados Unidos. Según indicó en el lanzamiento de su campaña por la reelección no comparte la opinión del presidente Bush sobre una probable utilización de la fuerza con respecto al tema iraní. Schroeder afirmó que ningún gobierno bajo su dirección aprobara una acción bélica en las condiciones hasta ahora planteadas. “Mas bien estamos por la vía del diálogo y la negociación multilateral” –concluyó.

Schroeder marcó diferencias también en su retórica exterior. Sobre todo aludiendo a la postura que mantendrá su administración para defender los valores de la “vieja Europa”, aludiendo al eufemismo utilizado por Donald Rumsfeld. El premier alemán confía en la acción disuasoria que su gobierno está desarrollando junto a Francia y Gran Bretaña, y no ve espacio para la utilización del recurso armado. Lamentablemente, los hechos de la última semana cuestionan la estrategia empleada y evidencian la renuente apertura al diálogo del gobierno de Mahmud Ahmadineyad. Esto quedó demostrado por la conformación posterior del gabinete iraní, de mayoría ultra-conservadora.

En alusión al tema iraní, Bush declaró a la televisión israelí que la “opción militar constituye el último recurso que tiene un presidente” para la toma de decisiones. Aún cuando no afirmó que tal recurso fuera a utilizarse, la reacción de los restantes actores no se hizo esperar. La argumentación de Schroeder –particularmente- se enmarca en la competencia electoral que mantiene con la demócrata cristiana, Angela Merkel. Sus declaraciones fueron atendidas por numerosos simpatizantes que participaban en Hannover de una presentación de campaña.

Las afirmaciones del mandatario alemán parecen extemporáneas y poco situadas. Más bien corresponden a una utilización de barricada electoral más que a una declaración de Estado. Schroeder sabe perfectamente la trascendencia de la negociación entablada con el país medio oriental, y conoce cabalmente la influencia que la opinión norteamericana produce al respecto. La alusión a la defensa de los valores europeos vuelve a producir una lamentable utilización discursiva en la que principios como la libertad, el respecto y la democracia son vagamente aludidos y manipulados con fines electivos.

La postura del mandatario alemán puede constituir un apresuramiento si las negociaciones actuales fracasan, y si una intervención posterior de los Estados Unidos en necesaria. Aún cuando no se hable de intervención militar, el peso negociador de la principal potencia mundial no puede ser ignorado. La propia Gran Bretaña estará en una postura de tensión si el desenlace de las tratativas no llegan a buen puerto. Podría darse el caso, incluso, de que el mismo canciller alemán deba reconsiderar lo que en estos tiempos declara.

La reanudación de las actividades nucleares en Irán forma parte de la agenda urgente del contexto internacional. La conducción extremista del presidente Ahmadineyad produce una preocupación generalizada y no parece ofrecer margen para la especulación electoralista. Schroeder debería apelar a la cautela a la hora de utilizar este recursos como motivo de campaña, y evitar su apelación para la obtención de aplausos circunstanciales.

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