Las elecciones estuvieron marcadas por la inconsistencia de los proyectos “diferentes” al del gobierno. Se escucharon pocas iniciativas originales y todas (conciente o inconcientemente) apostaban por un continuismo.
Editorial
Si hay un mensaje que dejan las elecciones en Argentina es la apatía que a lo largo de la jornada, y de toda la campaña, han expresado los votantes. Una apatía reflejada en las dificultades de las mesas electorales para constituirse debidamente, y en la lentitud del ritmo de votación como pocas veces ha ocurrido. Para decirlo en otros términos, a la gente poco le interesaba lo que este comicio representaba para el futuro del país.
¿Qué se jugaba realmente? Pues tres o cuatro cosas importantes: la primera era la posibilidad de construir un mapa político más equilibrado, con una oposición más representada y con mayor alcance. La segunda: la continuidad de un proceso político dominado por el peronismo pero, sobre todo, por la figura de Kirchner y su criterio de transversalidad (es decir, todos cuentan si votan al gobierno). La tercera; la decisión de afrontar, sin medias tintas, las reformas políticas y económicas que el país necesita para retomar la iniciativa. Un cuerpo de reformas que difícilmente emprenda Cristina y sobre el que poco ha precisado la oposición.
Las elecciones estuvieron marcadas además por la inconsistencia de los proyectos “diferentes” al del gobierno. Se escucharon pocas iniciativas originales y todas (conciente o inconcientemente) apostaban por un continuismo que las condenaban a ser irremediablemente oficialistas. Crecimiento con distribución. O desarrollo sin pobreza. Lugares comunes de un discurso inaugurado por Kirchner y de escasísima sustancia en los hechos.
Otro dato a resaltar es la polarización, cada vez más acentuada, del mapa electoral. Es decir, los sectores populares cada vez más fieles al gobierno y la clase media cada vez más dubitativa del experimento kirchnerista. Sucede que, dentro de este amplio grupo, no hay una alternativa monolítica que contrapese el favor electoral gozado por el populismo. Carrió no es igual a Lavagna, y Lavagna no es igual a López Murhpy. Y en estas diferencias (y en la incapacidad para llegar a un acuerdo) se diluye el voto de la clase media argentina.
Finalmente, y respetando la visión que Diario Exterior quiso darle a este editorial, la apatía de la gente. La misma apatía que con tanto temor trataban los teóricos políticos a la que atribuían grandes males. Un descreimiento que, entre otras cosas, refleja la desconfianza de la gente con respecto a la clase política y, en algunos casos graves, con respeto a la democracia. La evolución de esta coyuntura dependerá, coherentemente, del liderazgo que el nuevo gobierno sea capaz de ejercer y, sobre todo, del horizonte que ese liderazgo marque para el resto de la administración.
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