Política

Brasil, Lula y el hambre

“Los brasileros están gordos. Los datos los publicó un instituto estadístico vinculado al Ministerio de Planificación de Brasil. Esa es una mala noticia para el presidente Lula, a quien también le sobran unos kilos de peso. Montó toda su
campaña política sobre la propuesta de acabar con el hambre que aparentemente afligía a 50 millones de brasileros y acaba de descubrir que el problema es el opuesto: algo más del 40% de sus compatriotas padece de algún grado de obesidad”.

Carlos Alberto Montaner
Los brasileros están gordos. Los datos los publicó un instituto estadístico
vinculado al Ministerio de Planificación de Brasil. Esa es una mala noticia para
el presidente Lula, a quien también le sobran unos kilos de peso. Montó toda su
campaña política sobre la propuesta de acabar con el hambre que aparentemente
afligía a 50 millones de brasileros y acaba de descubrir que el problema es el
opuesto: algo más del 40% de sus compatriotas padece de algún grado de obesidad.
Apenas el 4% muestra signos de delgadez, pero ni siquiera estos flacos sirven
para agitar la bandera de la falta de equidad: la mayor parte de ellos debe sus
rasgos a factores metabólicos. Todos hemos conocido gentes que comen como
huérfanos sin pagar las consecuencias.

Naturalmente, la noticia de la
epidemia nacional de celulitis tiene un efecto político adverso a Lula. Su plan
Hambre cero, en la medida que aumenta la ración de calorías, puede ser
contraproducente para la salud nacional. Su intención de llevarles justicia
social a los pobres puede acabar instalándoles en las arterias una montaña de
colesterol.

Es muy peligroso jugar con la comida. En Estados Unidos,
donde la obesidad, aliada a la diabetes y a las cardiopatías, mata más gente que
el cáncer, parece ser un producto del populismo y de la interesada labor de los
lobbystas. La secuencia racional es ésta: existe una relación evidente y
comprobada entre el aumento del peso de la población y el aumento del tamaño de
las raciones. Hace cincuenta años en los restaurantes y en las casas se servía
menos comida, tal vez la mitad de la que hoy se coloca en el plato. ¿Por qué?
Porque el costo de los alimentos con relación a los ingresos era bastante más
alto que hoy.

Y aquí viene el inesperado daño populista: como los
productores de grano tienen suficiente músculo en el congreso norteamericano,
año tras año consiguen jugosos subsidios para sus plantaciones, lo que les
permite vender pienso a precios bajos a ganaderos y avicultores, de manera que
el costo de los alimentos en Estados Unidos es uno de los más reducidos del
mundo. Ello explica, pues, el desbordado tamaño de las raciones y de las
personas.

La paradoja económica es interesantísima. Si la comida es
barata se beneficia el bolsillo y se perjudica la cintura. “La cintura”, claro,
es una metáfora que va más allá de renunciar a la tanga. Se perjudican las
coronarias, el páncreas, los riñones y el corazón, lo que repercute en enormes
gastos médicos generales que ahogan el sistema de seguridad social. Si la comida
es cara, ocurre a la inversa. Las vísceras se comportan amablemente, pero
disponemos de menos ingresos para diversiones, ropas, vivienda, coches, estudios
o confort familiar.

¿Hay alguna solución a esta trampa saducea o catch
22, como dicen los gringos? Hay dos: por una parte, eliminar los subsidios a los
productores de alimentos para que desaparezcan del mercado las distorsiones y
perjuicios que acarrean; por la otra, desarrollar una gran campaña de
información sobre la alimentación, las dietas y las nefastas consecuencias de
ingerir comidas poco saludables en cantidades excesivas.

Pero se trata
de dos batallas complicadas. Los políticos vinculados a los sectores de la
agroindustria van a defender a sus clientes con dientes y uñas invocando los
intereses nacionales, como sucede en todas partes, no sólo en Estados Unidos. En
Venezuela y México, por ejemplo, la izquierda descerebrada ha inventado la
sagrada causa de “la soberanía alimentaria”. Pero tal vez sea aún más difícil
enseñar a la gente a comer adecuadamente.

Cuando el emperador Carlos V
-amo de medio planeta en el siglo XVI- se retiró en el Monasterio de Yuste, en
el oeste de España, aquejado por frecuentes ataques de gota, hizo sembrar una
cierta extensión de cebada para disponer de buena cerveza, la bebida ideal para
aumentar la ferocidad de esos dolorosos episodios en las articulaciones.


Algo parecido a lo que le sucedió a su contemporáneo Enrique VIII de
Inglaterra, gordo, glotón y sensual, orgulloso de su apetito y de sus
pantorrillas -en aquellos tiempos eran los hombres, no las mujeres, los que
alardeaban de piernas bellas-, también gotoso, pero incapaz de renunciar a su
plato favorito: la lengua de ballena, una víscera riquísima en ácido úrico,
precisamente el elemento causante de sus peores dolores. Desde entonces, ni
siquiera los reyes saben alimentarse. Comen mal y demasiado.

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