Política

Cómo se desarrolló la guerra de Irak

El 17 de marzo de 2003, ante la negativa de Francia, Rusia y China de autorizar el uso de la fuerza en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el gobierno norteamericano decidió actuar en forma unilateral y dio a Saddam Hussein 48 horas para abandonar Irak.


El 20 de marzo, durante la madrugada, la coalición formada por EEUU y Gran Bretaña inició el ataque aéreo a Bagdad contra las instalaciones de radar y de defensa antiaérea. Se lanzaron bombas de alta precisión sobre los centros de comando y el posible refugio de Hussein.

La coalición contaba en el Golfo Pérsico con 250 mil soldados y la tecnología militar más avanzada que el mundo hubiera conocido: su arsenal de precisión llegaba al 80% del total. Unos 90 mil efectivos norteamericanos y británicos ingresaron a territorio iraquí, defendido por un ejército estimado en 390 mil hombres y por las milicias irregulares conocidas como fedayines.

En los dos primeros días, una lluvia sin precedentes de 3.000 misiles se abatió sobre Irak. La ofensiva continuó en el sur, desde Kuwait, con el avance de la infantería hacia la vital ciudad portuaria de Basora, y en el norte, con un ataque de fuerzas especiales apoyadas por los kurdos contra Kirkuk y Mosul.

La negativa de Turquía a permitir el emplazamiento de fuerzas de la coalición impedía una gran invasión en el frente norte. En Basora (y en otras localidades cercanas, como el puerto de Um Qasr y Nasiriya) la resistencia fue mayor a la esperada; las fuerzas atacantes sitiaron la ciudad, mientras una avanzada norteamericana se dirigía a Bagdad. La capital estaba rodeada por el 80% de las fuerzas iraquíes: un anillo defensivo de tropas de elite de la Guardia Republicana, que comenzaron a ser atacadas con aviones, helicópteros y artillería.

En la región predominantemente chiíta del sur, donde los militares occidentales esperaban que la población se sublevara contra el régimen, las fuerzas anglonorteamericanas eran hostigadas por los fedayines. Estas guerrillas dirigidas por Uday, uno de los hijos de Hussein, concentraban sus ataques sobre las columnas de abastecimiento.

A pesar de las escaramuzas, las fuerzas iraquíes -distribuidas en numerosos destacamentos relativamente pequeños, autónomos, móviles y difíciles de detectar- evitaban el combate frontal. El avance aliado era veloz y las dudas residían en la desgastante batalla urbana que parecía avecinarse, principal apuesta de la estrategia iraquí.

El asedio de Basora, donde un enfrentamiento entre decenas de tanques terminó con la destrucción de los vehículos iraquíes, amenazaba convertirse en una catástrofe humanitaria por la falta de agua, energía y alimentos. Los intentos por controlar los poblados del sur desataron intensos combates callejeros librados por fedayines y milicias del partido Baaz. Los aliados bombardearon además una columna de blindados que había salido de Bagdad al encuentro de la infantería norteamericana, que avanzaba hacia la capital en medio de acciones de hostigamiento de las milicias y el ejército regular iraquí.

El secretario de defensa de EEUU, Donald Rumsfeld, acusó a Siria de enviar armamento a su vecino -en particular, equipos de visión nocturna- y a Irán de intentar operar en territorio de Irak. Siria respondería poco después, ante una advertencia similar del secretario de estado Colin Powell, que había “elegido” apoyar al pueblo iraquí frente a una “invasión ilegal”.

Mientras en Bagdad aumentaban las bajas civiles como resultado de los raids aéreos, la avanzada de la coalición se detenía a 80 km de la capital para asegurar la larga línea de abastecimiento. Irak inició esporádicos ataques suicidas y los aliados comenzaron una campaña de intenso bombardeo contra las divisiones de la Guardia Republicana al sur de Bagdad.

A poco más de una semana de iniciadas las acciones, en el bando occidental surgieron las críticas por la aparente prolongación del conflicto debido a una imprevista resistencia iraquí, basada especialmente en tácticas de guerrilla. Una guerra larga podía abrir la puerta a nuevos esfuerzos diplomáticos y a un cambio en la opinión pública norteamericana, que hubieran aumentado las probabilidades de Saddam. Bush decidió seguir adelante con el plan original -defendido por Rumsfeld, que confiaba en las armas avanzadas y creía suficiente una fuerza terrestre pequeña- y ordenó el avance hacia la capital.

Los choques en la región ubicada al sur de Bagdad comenzaron horas después. Con la intensificación del ataque terrestre y aéreo siguió creciendo el número de muertos civiles. En medio de fuertes combates las tropas norteamericanas se aproximaron a la capital en un movimiento de pinzas, desde el sudoeste y el sudeste, y el 3 de abril dieron un paso decisivo al tomar el aeropuerto internacional de Bagdad. La Guardia Republicana no ofrecía la resistencia prevista y un desenlace rápido del conflicto se presentaba ahora como probable. Las cadenas árabes de televisión mostraron imágenes de Hussein caminando y siendo aclamado en las calles de Bagdad, pero muchos habitantes comenzaron a abandonar la capital.

El sábado 5 de abril una numerosa columna de tanques norteamericanos penetró en Bagdad y se retiró en medio de un intenso fuego. Después de una segunda incursión, el lunes comenzó el asalto final, mientras en el sur los británicos entraban en Basora. La infantería estadounidense se apoderó rápidamente de varios palacios presidenciales y barrios de la capital. Bombas norteamericanas cayeron sobre las oficinas de las cadenas de televisión árabes Al-Jazeera y Abu-Dhabi, y luego sobre el hotel donde se alojaba la mayoría de los corresponsales extranjeros. El resultado fue la muerte de tres periodistas (de Reuters, una emisora de TV española y Al-Jazeera) y numerosos heridos. Con ellos, once reporteros habían muerto en la guerra. El miércoles 9, un día después de Basora, cayó Bagdad. En la plaza de Farduss, en el corazón de la ciudad, un grupo de iraquíes, asistidos por un vehículo norteamericano, derribó una gran estatua de Hussein. El paradero de Saddam era desconocido; no se creía que hubiera muerto, como se especulaba, en el bombardeo a un edificio donde supuestamente se encontraba con sus hijos Uday y Qusay.

En Nueva York, el embajador iraquí ante la ONU reconoció que la guerra había terminado. Muchos bagdadíes salieron a festejar la caída de Hussein, pero la capital quedó sumida en la anarquía y los saqueos, que alcanzarían a los museos y centros de arte. Oficialmente el saldo de la guerra había sido la muerte de 127 soldados norteamericanos y 31 británicos. No había cifras precisas de las bajas iraquíes, pero se contaban en millares, entre militares, milicianos y civiles. Al contrario de lo que habían anticipado no pocos analistas, la batalla por Bagdad no se pareció a la de Stalingrado o a la de Berlín en la Segunda Guerra Mundial.

Las causas del rápido colapso eran numerosas: la frágil situación interna de Saddam; la degradación de las fuerzas iraquíes tras largos años de sanciones; su falta de profesionalismo en muchas áreas y su lealtad poco firme con el régimen; el resentimiento hacia éste de una parte de la población -especialmente los chiítas pauperizados-; la efectividad de los incesantes raids aéreos norteamericanos y de la guerra psicológica, que minaron la moral iraquí a nivel oficial y popular.

Fuente: Cambio Cultural

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