Política

Contaminación intelectual

Editorial
Delegados de unos 150 gobiernos iniciaron ayer en Buenos Aires la décima sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 10), con la mira puesta en frenar el calentamiento global.

La COP 10 se extenderá hasta el 17 de diciembre y marcará el relanzamiento de las negociaciones sobre cambio climático, con el nuevo impulso que les imprimió la ratificación rusa del protocolo de Kyoto, sobre limitación de emisiones de gases que provocan efecto invernadero.

El protocolo, concebido en 1997, impone la reducción de emisiones de seis gases que calientan la atmósfera y para entrar en vigencia debía ser ratificado por al menos 55 países que representasen el 55% de las emisiones de anhídrido carbónico (CO2) en el mundo desarrollado.

A pesar del barullo mediático, la causa ecologista vela más por remorder la conciencia de los países desarrollados que por aportar soluciones eficaces a un problema que hasta el momento no se ha cobrado una sola víctima. Aún así, han conseguido que la creencia de que una supuesta catástrofe natural se avecina se haya instalado en la mente de los verdugos.

Como han afirmado muchos ecologistas “arrepentidos”, su eficacia radica en traficar con miedo mediante la descripción de escenarios espantosos, afirmaciones simplificadas y dramáticas y mucha dedicación a la política de barricada, la cual le genera cuantiosos beneficios en forma de subvenciones y ayudas varias.

El ecologismo no es un valor sino una ideología, y como tal debe ser sometida al juicio de la experiencia. Queda un camino, poco explorado hasta ahora: liberar las economías y permitir el avance del capitalismo global fundamentado en el respeto de los derechos de propiedad, los cuales han logrado reducir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera.

Por el contrario, son los países con economías atrasadas y cerradas, como Sudán, Corea del Norte o Irán, quienes figuran a la cabeza de la lista de países más contaminantes. Correlativamente, también son lo que están peor preparados a la hora de afrontar una catástrofe natural por sus deficientes sistemas sanitarios y sus estándares de mortalidad infantil: lo vimos hace unas semanas en Haití, donde un huracán se cobró centenares de muertos mientras que a su paso por Florida sólo causo una decena de víctimas.

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