Política

Dos enfoques

El país parece haber optado por lo menos malo de oficialismo, y por lo mejor de la oposición. Con esos ingredientes, la historia retomará su marcha.

Ricardo Lafferriere
“Fue el acto eleccionario más cristalino que se haya visto”, expresó en otras de sus sentencias de antología el Ministro del Interior.

Otras voces discrepaban: “Ha sido un bochorno para la democracia” (López Murphy); “ha sido el día más triste de la democracia” (Rodríguez Saá); “se está manipulando el ingreso de datos” (Carrió); “la oposición denunció el robo de boletas” (La Nación); “el más bajo porcentaje de concurrencia electoral desde 1928” (La Nación).

La presidente electa, por su parte, agregaba su ya acomplejada afirmación de ser la más importante de la historia en alguna cosa: “hemos ganado con la mayor diferencia sobre la segunda fuerza desde la democracia”.

Podría completarse el cuadro recordando que de cada cien argentinos, la eligieron 43, mientras que 56 prefirieron cualquier otra cosa. Después de su marido, es la presidente con menor cantidad de porcentaje electoral desde 1983, superada por las dos elecciones de Carlos Menem (48 y 49), la de de la Rúa (49) y Raúl Alfonsín (52).

Es, además, la primera presidente que gana una elección perdiendo las principales ciudades argentinas: Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mar del Plata, Bahía Blanca y su ciudad natal, La Plata. Y la única desde la instauración democrática que obtiene menos apoyos que el gobernador electo de la provincia de Buenos Aires. Los centros urbanos, que históricamente anticipan tendencias, han avisado que su humor está lejos del clima eufórico y triunfalista del palacio y que serán más estrictos en sus exigencias al poder.

Dicho esto, cabe desear para la nueva Jefe de Estado el mejor de los éxitos en su gestión, que de lograrlo será también un éxito para el país.

Seguramente, uno de sus primeros desafíos –si ha sido honesta en su discurso de triunfo- será desandar los odios sembrados por su marido a diestra y siniestra en estos cuatro años, que han convertido la convivencia nacional en un martirio para millones de compatriotas. Deberá corregir las complicidades con las mafias bonaerenses orquestadas por su antecesor, que impiden un ataque a fondo a la delincuencia, las redes de traficantes y la inseguridad. Y deberá reencauzar los desaguisados cometidos por improvisados comisarios políticos que han llevado a la economía al renacimiento inflacionario y a una intrincada red de prohibiciones y subsidios cruzados, y al sistema energético al borde del colapso.

No obstante, el país tiene “resto” para corregir estos capítulos. Lo más importante de su agenda debiera consistir en recuperar nivel intelectual para el debate público, en el que las guarangadas de su antecesor han actuado como contramodelo seguido no sólo por los adolescentes sino por la cohorte de la murga mediática, funcional a la acumulación grosera del poder sin mediaciones legales y aplicado con la prepotencia del que se cree por encima de las normas de convivencia –no sólo las jurídicas, sino aún las de la buena educación-.

La nueva presidente hace gala de una excelente formación y una versación intelectual afortunadamente superior a la del mandatario que concluye su misión. A él seguramente la historia lo recordará por sus aciertos –el mayor de todos, seguramente, consiste en la recuperación del poder del Estado, al borde de su implosión en 2003- y también por sus errores –el mayor de los cuales posiblemente sea haber tirado por la borda una oportunidad espectacular para reencauzar a la Argentina como protagonista respetado del mundo global-.

La historia sigue. Los actores que deberán hacer el trabajo de parto de la Argentina exitosa seguirán madurando sus opciones, puliendo sus discursos y definiendo su horizonte.
Sería injusto –aún desde la posición fuertemente crítica de esta columna- decir que todo lo malo está en quienes triunfaron. Allí, a pesar de que las mafias bonaerenses conforman su “núcleo duro” electoral, hay científicos y técnicos, intelectuales honestos, y hasta emprendedores que se niegan a reconocer haber sido otra vez víctimas de una frustración. Por el bien del país y del futuro, quiera Dios que puedan predominar en la Asamblea de Neuronas de la nueva presidente, único espacio de reflexión que esta original democracia ha dejado a las ideas para chocar y generar sus síntesis.
La oposición, por su parte, ha dado un enorme paso adelante en la reconstrucción de su representatividad, logrando la adhesión –como se adelantó- de la mayoría de los centros urbanos. Pero tampoco sería honesto ignorar que también tiene en su seno restos de la Argentina prebendaria, cerrada y apropiadora de rentas ajenas, aunque está claro que no integran su núcleo básico. Deberá también pulir su discurso, reconstruirse como opción política orgánica, abrirse a los compatriotas que puedan mostrar el camino de la Argentina abierta y plural, democrática y dinámica, inserta en lo mejor de las corrientes mundiales de inversiones, comercio, finanzas, tecnologías y valores. Y deberá, además, demostrar que todo eso es compatible con un funcionamiento maduro y democrático en el que las propuestas de futuro pesen más que los contrapesos seudoideológicos del mundo que se muere.
El país parece haber optado por lo menos malo de oficialismo, y por lo mejor de la oposición. Con esos ingredientes, la historia retomará su marcha. De ahí en más, dependerá de los argentinos si somos capaces de construir el futuro, superando los dos enfoques para confluir en una mirada estratégica hacia una Argentina exitosa en el mundo global.

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