Relaciones Internacionales
WOODROW WILSON fue un científico político y se convirtió en presidente de Princeton antes de convertirse en presidente de los Estados Unidos. Pero el consenso dictamina que fue uno de los peores presidentes del siglo XX desde el punto de vista de la política exterior, si no el peor. Gracias a la pasión de Wilson por las abstracciones intelectuales, no uno, sino dos imperios — el Austro-Húngaro y el Otomano — fueron desmantelados con resultados catastróficos. Donde había habido paz durante más de 100 años en los Balcanes y Oriente Medio antes de la Primera Guerra Mundial, ha habido desde entonces conflictos nacionales sin fin, incluyendo una Guerra Mundial, guerras étnicas (en los Balcanes) y dos guerras — una guerra inter estados Irán e Irak durante diez años y una guerra de 50 años entre los estados árabes e Israel. De Woodrow Wilson podemos decir con seguridad: estúpido es el que hace estupideces.
Se me recuerda a Wilson cuando considero en la incapacidad de la clase intelectual — incluyendo a mi amigo y editor David Talbot — para superar su snobbismo hacia George W. Bush y reconocer un liderazgo inteligente cuando lo ven. Mi propio despertar a las ventajas del carácter por encima de la sabiduría intelectual y práctica de los inteligentes de Mensa — particularmente en lo que se refiere al Despacho Oval — llegó con motivo de la apertura del mandato de Lyndon Johnson. Su precursor, un encantador civilizado de Harvard y adorado por las élites urbanas, nos llevó de una crisis internacional a otra tras su breve paso por el Despacho Oval, incluyendo una chapucera invasión secreta de Cuba, una confrontación nuclear sobre Berlín, y una crisis de misiles nucleares. Al mismo tiempo, John F. Kennedy, aún querido por los liberales, no logró alcanzar más que los pasos más modestos a la hora de implementar su agenda social nacional.
Cuando Lyndon Johnson sustituyó a Kennedy hubo una sonora protesta de las clases charlatanas, especialmente al otro lado del Atlántico. Johnson era un manipulador político que hacía grabar sus iniciales en sus gemelos, sus bolígrafos, sus hijas, su mujer y hasta en sus perros, dando mal nombre hasta a la vulgaridad de Texas. Pero fue un político tan astuto que en cuestión de un año había aprobado leyes de derechos civiles revolucionarias y una agenda nacional masiva (incluyendo la Guerra contra la Pobreza) que transformarían la sociedad norteamericana en la próxima generación. Aprendí entonces que lo que está bien para las noches del Centro Smithsonian puede no traducirse en beneficios en la vida diaria para la gente común de Main Street.
De igual manera, Bill Clinton era un Rhodes Scholar que podría hablar sin parar entorno a George W. Bush y a cualquier otro político. Pero desarmó a su país frente a al Qaeda — destripando su ejército, paralizando sus agencias de inteligencia, dejando que bin Laden escapara en tres ocasiones distintas — mientras se ponía en contra de las poblaciones musulmanas con salvas de misiles mal guiados y sin autorización contra objetivos afganos del otro lado del globo pobremente seleccionados. Su sórdido asunto con una interna post-pubescencia, y sus posteriores tentativas de encubrirlo, todo mientras al Qaeda hacía volar por los aires embajadas americanas en África, costó a esta nación una oportunidad vital de repeler el desastre del 11 de Septiembre. Durante ocho años, Clinton fracasó a la hora de preparar una estrategia antiterrorista lo bastante inteligente como para derrotar a los nuevos enemigos de América. En su lugar, se contentó con las diversiones de “aplastatopos” de su irresponsable Consejero de Seguridad Nacional, Sandy Berger.
Nada más ocupar su cargo como comandante en jefe, George W. Bush prestó a la amenaza terrorista la atención que merecía. Para el 10 de septiembre del 2001, un plan detallado para combatir el terrorismo ya había llegado a su escritorio. Como Andrew Sullivan comentaba en Salon: “Sigue siendo un hecho que la nueva administración había ideado en ocho meses una estrategia que Bill Clinton había retrasado durante ocho años”. Según cualquier estándar razonable, desde el punto de vista de los intereses de seguridad nacional de América, Clinton fue un presidente imbécil — por no decir un imprudente — mientras que George Bush ha demostrado ser un comandante en jefe inteligente y responsable.
No pienso que nadie, a izquierda o a derecha, pueda disputar el hecho de que Bush reúne a los quizá mejores equipos de política exterior y defensa de cualquier administración de posguerra. Clinton tuvo un Consejero de Seguridad Nacional que la propia comunidad de inteligencia rechazaba (Anthony Lake) y un director de la CIA que terminó bajo investigación por manejo imprudente de información sensible (John Deutsch). Clinton ni siquiera se molestó en reunirse regularmente con sus jefes de inteligencia o (en el caso de James Woolsey) de reunirse alguna vez.
David Talbot y otros críticos de Bush admiten que la guerra contra al Qaeda ha sido conducida brillantemente. ¿Cómo podría reunir un títere a un equipo de seguridad nacional destacado y llevar a cabo con éxito una compleja guerra tanto en los frentes diplomático como militar? La respuesta es que no sabría. Si tuviéramos en la Casa Blanca a un títere débil — como Talbot y muchos otros comentaristas de la izquierda nos hacen creer — alguna de esas personas realmente fuertes e inteligentes — Rumsfeld, Cheney, Powell — se habría aprovechado inmediatamente de cualquiera de los dos defectos y estaría cortando el bacalao. Pero eso no ocurrido. El quid de la cuestión es que éste es el equipo de George Bush, la guerra de George Bush, y la estrategia de George Bush. Si a usted le gustan los resultados, el sentido común y la decencia común exigen el respeto apropiado al hombre responsable.
La opinión de Talbot es que aunque la estrategia de Bush reunió a las fuerzas americanas y ganó la guerra afgana, se ha convertido en un obstáculo para llevar a cabo la siguiente fase de la campaña. Es justo. Pero como muchos otros críticos de Bush en la izquierda, Talbot no está satisfecho con un enfoque en los temas estratégicos. En su lugar, percibe una causa de carácter como raíz de sus diferencias con el Presidente. Bush no está equivocado simplemente, el cargo le queda grande — no es lo bastante inteligente, no es lo bastante maduro para el cargo: “Bush pronuncia la palabra ´mal´ del modo en que lo hace un niño cuando se le pone en evidencia por primera vez que en el mundo existen la oscuridad y el peligro”.
Mi amigo David me desconcierta cuando escribe frases así. Es un hombre inteligente. Ha escrito airosamente exámenes cuidadosos acerca de temas internacionales y de política exterior norteamericana. Pero igual que le admiro por su sinceridad e inteligencia en estos temas, apostaría a que no habría podido conducir una guerra contra al Qaeda mejor de lo que lo ha hecho George Bush — o cualquier otra figura política nacional, Republicana o Demócrata, que se pueda mencionar. Realmente no puedes separar al hombre del logro. Si ésta fue una guerra brillante — y lo fue — entonces George Bush ha demostrado ser un líder brillante. Caballeros, algo de humildad por favor.
Talbot parece pensar que el comentario del “eje del mal” del Discurso del Estado de la Unión es un indicativo del que George Bush no comprende que Irak e Irán tienen distintas agendas políticas y hasta ha olvidado que estuvieron en guerra en los años 80. “¿Se perdió el Presidente el informe acerca de la historia de las relaciones Irán-Irak?” No lo creo, David. El “eje del mal” es una frase diseñada para identificar a tres potencias que desarrollan armas de destrucción masiva, misiles para transportarlas, y cuyo odio a América es conocido por el público. El término “mal” les describe con precisión. Por otra parte, no existe la más ligera posibilidad de que George Bush no comprenda que no son un “eje” en el sentido de la Alemania de Hitler o de Japón, que en la práctica firmaron una alianza militar formal.
“Eje del mal” es un término sugestivamente descriptivo, pero es también un subterfugio diplomático (no un “error”, como preocupa a Talbot). Es un sustituto del término “fundamentalismo islámico y comunismo” — que es el verdadero nombre de los enemigos globales de América. Muchos conservadores se quejaron del discurso del presidente al Congreso del 20 de septiembre tras el ataque al World Trade Center, porque utilizó el eufemismo “totalitarismo” para “comunismo” en la siguiente frase crucial: “Hemos visto a los de su clase antes. Son los herederos de todas las ideologías criminales del siglo XX. Al sacrificar vidas humanas para servir a sus visiones fundamentalistas, al abandonar todos los valores a excepción del deseo de poder, siguen el camino del fascismo, el Nazismo y el totalitarismo”. Es obvio que el presidente omitió el término “comunismo” para evitar una confrontación directa con China, aunque China se merecía el epíteto. Esto no es ser ignorante, es ser inteligente. No podemos luchar la guerra necesaria en todos los frentes, todo a la vez.
Este presidente tiene en la práctica una comprensión sutil y compleja de las fuerzas desplegadas contra nosotros. Su retórica moral es importante y apropiada para unir a un país que ha sido atontado en la satisfacción personal y la vulnerabilidad a lo largo de una década de relativismo rampante de valores y excesos generales.
¿Por qué no utilizar el término “radicalismo islámico” o islamo-fascismo, como sugieren Christopher Hitchens o Daniel Pipes? Un motivo sería no unificar a un billón de musulmanes a lo largo de África y Asia contra nosotros. En su lugar, el plan inteligente es ocuparse de los radicales uno por uno y esperar que una demostración de fuerza y una voluntad determinada a mantener el curso haga que otros se lo piensen dos veces. Ya está ocurriendo. Yemen y otros países islámicos radicales están empleando a antiterroristas. Puede agradecérselo al hombre del Despacho Oval, George W. Bush. Según muchas versiones, añadió personalmente a Corea del Norte a la lista de países del “eje”, para dejar claro que esto no es una guerra contra el islam.
¿Y ha notado alguien más que el lenguaje duro del presidente a propósito de Irán ya está rindiendo dividendos? La semana pasada expulsaron a un señor de la guerra afgano que iba a montar un campamento dentro de sus fronteras; el jueves llegaron noticias de que arrestaron a 150 terroristas de al Qaeda. El discurso intimidatorio de Bush recordó a Irán que se lo pensara dos veces antes de apostar rutinariamente por los enemigos de Estados Unidos.
No sé leer la mente del presidente, pero sé ver los resultados positivos de la política que ha fijado y contrastarlos con los desastres de los ocho años previos, y saber lo que es mejor y más inteligente.
De hecho, nuestros “aliados europeos” gimotean, como Talbot y otros detractores de Bush también precisan. ¿Pero qué hay de nuevo en eso? Son los europeos los que armaron a Saddam Hussein; son ellos los que no entregarán a asesinos de al Qaeda porque podemos decidir con el tiempo que merecen ser ejecutados. Son ellos los que estaban encantados cuando Irán lideraba el coro de la ONU que nos denunciaba como racistas y traficantes de esclavos una semana antes del 11 de Septiembre. Son ellos los que no hacían nada mientras los limpiadores étnicos estaban dándose un festín en su patio trasero balcánico. Y antes de eso fueron ellos los que tuvieron que ser liberados de dos guerras mundiales en el último siglo porque habían metido sus cabezas en la arena cuando los dictadores estaban desfilando.
Es hora de que la clase intelectual comience a valorar de nuevo su revelador snobbismo hacia George W. Bush. Esta nueva estimación ya ha comenzado a tener lugar. Una encuesta de febrero del Tarrance Group revela que el 65% de los estudiantes universitarios americanos están hoy “contentos de que George Bush sea presidente”. Sólo el 18% hubiera preferido que lo fuera Al Gore. Una expresión sumaria de esta segunda evaluación aparecía en el Daily Herald de la Universidad de Brown tras el discurso del Estado de la Unión, con la firma de Joshua Skolnick:
“Contemplando el discurso del Estado de la Unión la noche del martes, experimenté un cambio fundamental en el modo en que veo nuestro país…. Como una vieja relación que era vana y basada en el sexo, Clinton [no es nada] comparado con lo que tenemos hoy. …. Si Clinton fue un seductor (el “si” es probablemente innecesario), entonces soy una mujer. Él me sedujo…. me llevó a cenar, pagó todo y me dijo que tenía unos ojos preciosos. Fui tan tonta de no notar el engaño bajo la mesa. Nos reímos de críticos como John McCain, que indicó correctamente que Clinton llevó a cabo una ´política exterior fotogénica´”. Nos miramos colectivamente en sus ojos mientras los campamentos terroristas estaban siendo armados en Afganistán….Nuestra insensatez, en parte, llevó a nuestra vulnerabilidad el 11 de Septiembre….Nos despertamos desnudos. Entró George W. Bush. La noche del martes, nos ayudó a vestirnos. Nos hizo darnos cuenta de que éramos más que nuestro PIB, más que el titular más reciente. Nos dio la revelación impactante de que este país está construido sobre valores reales. El discurso de la noche del martes fue como un vaso de agua fría la mañana después de una fiesta en la fraternidad. No puedes creer que te llevaras a casa esa chica, no puedes creer que bebieras tanto, pero te alegras de estar por fin en casa”.
Así es como me siento. Contento de estar en casa. Contento de tener el país en buenas manos. Contento de tener un líder que sabe lo que hace y al que le preocupa si hace un buen trabajo. Espero que mi amigo David Talbot se una pronto a estas sensaciones.
David Horowitz, activista social y periodista de reconocida trayectoria, nacido en Nueva York en 1939. Es director de Front Page Magazine y autor de numerosos libros, el último de ellos titulado “Alianza No Santa: El Islam Radical y la Izquierda Americana”.