Política

El texto de la Carta Magna plantea serios interrogantes y muy graves problemas

Intelectualmente resulta incomprensible, e incluso un insulto a la inteligencia, que los mismos mentores prediquen contra cualquier sacralización de la Constitución de 1978, o la existencia de una Constitución para todos los españoles, mientras se incide en la necesidad de respaldar otro texto, que la mayoría de los españoles ni tan siquiera conoce.

A favor del NO
Los abajo firmantes queremos transmitir a la opinión pública nuestra decisión
razonada de votar no en el próximo referéndum de ratificación de la Constitución
europea.

La ausencia previa de debate, con una elaboración cerrada en
las clases políticas, la falta de información a los ciudadanos, la utilización
abusiva de la consigna y el simplismo inducen a pensar que estamos ante un
intento de plebiscito a la figura del actual presidente del Gobierno, quien
pretende presentarse ante sus pares como el más europeísta convocando en
solitario un referéndum con el que se trata de hacer asumir la Constitución a la
trágala.

El mismo presidente que trata de legitimarse por este medio
indirecto es el que rechaza cualquier relación entre la masacre de Atocha del 11
M y la victoria electoral del 14 de marzo. El mismo que no condena los terribles
atentados contra la democracia acaecidos durante el 13 de marzo, con
caceroladas, acosos a sedes del PP, manipulaciones mediáticas y criminalización
de una parte importante de la sociedad española.

Intelectualmente
resulta incomprensible, e incluso un insulto a la inteligencia, que los mismos
mentores prediquen contra cualquier sacralización de la Constitución de 1978, o
la existencia de una Constitución para todos los españoles, mientras se incide
en la necesidad de respaldar otro texto, que la mayoría de los españoles ni tan
siquiera conoce.

El texto de la Constitución en sí plantea muy serios
interrogantes y muy graves problemas incluso de conciencia por la negación de
las raíces cristianas de Europa. La referencia genérica a las religiones
resulta, además de una impostura histórica, un eufemismo. La negación de una
realidad evidente no puede ser entendida como otra cosa que como una
manifestación de sectarismo, al que es preciso oponerse. El proyecto político
que trata de definir el texto, de lo que puede cuestionarse que sea una
Constitución propiamente dicho, pretende, en su intencionalidad, generar una
potencia alternativa a los Estados Unidos, con nostalgias imperiales de algunas
de las naciones europeas, cuando la sensatez induce a apostar por el
fortalecimiento de la relación trasatlántica, que fue fundamental en la
resolución de la crisis de los Balcanes.

Destruyendo el Tratado de Niza,
que se movía en la línea del consenso y el equilibrio, notas distintivas de la
Unión Europea hasta el momento presente, el resultado es el intento de
establecer la hegemonía de Francia y Alemania –dos expotencias atenazadas por el
intervencionismo- sobre el resto de naciones. Intensificar, con esas
connotaciones artificiales, la unión política sólo puede conducir a intensificar
las tensiones y a incrementar las bolsas de colocación para las clases
políticas, que utilizan ya a Europa como coartada burocrática para onerosas
jubilaciones. En ese sentido, resulta absurdo generar un presidente europeo, de
competencias difusas, mientras se mantienen, al tiempo, las presidencias
nacionales. Lo mismo cabe decir del futuro único ministro de Exteriores,
mientras se mantienen las cancillerías nacionales. Eso sólo conducirá al aumento
de la burocracia y a conflictos de intereses. La tradición de Europa, y en lo
que ha sido eficaz la Unión Europea, no se mueve en la narrativa de unos
supuestos Estados Unidos de Europa, sino como zona de libre cambio y de libre
circulación de las personas. En esa línea, resulta ingenuo pensar que nuestros
problemas internos van a ser resueltos mediante su proyección al ámbito
internacional.

Es preciso rechazar que la decisión en la próxima
consulta popular sobre la Constitución se mueve en términos del tipo Europa sí o
no, o que cualesquiera de las opciones representen, de partida, más o menos
europeísmo. Una victoria del no simplemente nos retrotraería al Tratado de Niza,
en el que la posición de los intereses españoles está mucho mejor definida y
representada.

Fuente: Asturias Liberal

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