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Entre la sangre y el abismo

Tras las elecciones regionales, Chávez ha instaurado el cinismo autoritario como principio de gobierno evidenciando un profundo desprecio por los resultados de los comicios.
El discurso presidencial es cada vez más agresivo mostrando desprecio por el pueblo. Chávez es un auténtico obseso del poder.

Víctor Maldonado
Los resultados de las elecciones regionales abrieron las compuertas a una nueva etapa de la revolución que denominaremos del cinismo autoritario como principio fundamental del gobierno.

Esta etapa tiene una sola característica en la obsesión insana por la concentración del poder en una sola persona que se considera a sí misma la única que es imprescindible para garantizar la felicidad y la prosperidad nacional.

Terminadas las elecciones regionales se cayó el decorado y los protagonistas de la última década de infortunios decidieron quitarse las máscaras y mostrarse al auditorio tal y como son. La reacción de la dirigencia chavista poco a poco evidenció el inmenso desprecio con el que recibieron los resultados.

El disgusto y la agresividad crecientes que se manifestaron a través del discurso presidencial confirmaron que nunca han creído en el pueblo, nunca han respetado su voluntad, nunca han jugado limpio a la democracia ni siquiera en sus reglas más elementales, y que su desprecio por las instituciones es tal que a la luz de todos han procedido al saqueo de bienes y prerrogativas, entregando cascarones vacíos de atribuciones a los que limpiamente ganaron.

Ahora sabemos que Chávez es un obseso de poder. Que el mantenerse es su único propósito y que cuatro años de gobierno hasta el 2012 no le bastan para saciar su ansia incontrolable por manejarse desde la perpetuidad.

Ahora el intento es sin el concurso del pueblo, apalancado solamente por la aquiescencia de una de los poderes públicos menos reputados, con el menor respaldo de la opinión pública, transformados por el presidente en un mar viscoso de adulancia y el sometimiento.

Esta corporación pública, remedo del viejo loco Renfield, sirviente miserable de Drácula, réplica del soviet supremo stalinista, únicamente dedicada a complacer los deseos impúdicos de su líder, es la única herramienta que le queda al presidente para sacar por las malas lo que el pueblo le ha venido negando sistemáticamente.

En cualquier caso, la decisión presidencial no debe extrañarnos. Sabíamos que tarde o temprano el verdadero talante del régimen iba a tener que presentarse desnudo de adornos y disimulos.

Sabíamos que iba a llegar el momento del golpe desesperado en la mesa que nos iba a exigir optar entre la barbarie caudillista que se afinca en la voluntad y designios de un solo hombre, y la civilización que apuesta a las instituciones y a los acuerdos constitucionales para garantizar la convivencia pacífica de entre los diversos.

Sabíamos que debíamos asumir con coraje tiempos oscuros, donde la persecución sistemática pero selectiva y el ataque a los derechos y garantías, iban a ir de la mano con el desparpajo y la procacidad en el ejercicio del poder. Pero no creíamos que el ataque fuera tan inminente como para dejar de lado las fiestas navideñas o el intentar alguna solución a la crisis económica que se muestra inminente.

No imaginábamos tanta falta de cordura y buen juicio, tanta avidez insensata, tanto peligro de sangre y abismo, que deja de ser una frase perdida en algún poema de Eugenio Montejo para pasar a ser una amenaza contundente a todos los que simplemente aspiramos a vivir en paz.

En estos tiempos Luther King sigue siendo una consigna de lo que hay que hacer: resistir sin amarguras y sin odios. Conducir nuestra lucha en el plano de la dignidad y de la disciplina. Intentar protestas creativas sin permitir que degeneren en violencia insensata. Y siempre, siempre mantener el compromiso de elevar el plano de la batalla desde la fuerza bruta e irracional de los que se nos oponen hasta las alturas que nos permita la fortaleza de nuestros corazones.

Fuente: CEDICE

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