Retrato de un país que vive inmerso en el realismo mágico y no se decide, de una vez por todas, a madurar y crecer.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR
Martes, 17 de marzo 2026

Retrato de un país que vive inmerso en el realismo mágico y no se decide, de una vez por todas, a madurar y crecer.
Opinión
La “novela” oriental que nos envolvió esta semana con su final incierto expuso
nuevamente la inmadurez de la Argentina: no somos capaces de comprender nuestros
propios errores, culpamos de nuestros males a terceros y creemos que siempre
habrá alguien dispuesto a perdonarnos y a salvarnos milagrosamente, como por
arte de magia. Retrato de un país que vive inmerso en el realismo mágico y no se
decide, de una vez por todas, a madurar y crecer.
De acuerdo al
Diccionario de la Real Academia Española, una de las acepciones de la palabra
“alquimia” es “transmutación maravillosa e increíble”. Pues bien, parecería que
ésta fuera una de las características salientes de la estructura de pensamiento
de la sociedad argentina. Más allá de lo real o ficticio de los acuerdos de
inversión con la República Popular China, lo que no deja de sorprender es la
capacidad que tenemos como sociedad de entusiasmarnos con la posibilidad de
“salvarnos” como país gracias a un proyecto de inversión, como si esto por arte
magia curara todos nuestros males.
Sin entrar a analizar lo que pueda
resultar de esta burbuja especulativa con respecto a los anuncios oficiales, el
fondo de la cuestión radica en esa postura generalizada que tenemos los
argentinos de poner el origen de nuestros males o de nuestra salvación en manos
de terceros. Y ésta no es una cuestión menor para poder entender por qué nos va
como nos va. Los países, como las personas, alcanzan su adultez cuando son
capaces de asumir sus responsabilidades. De hecho, la libertad que adquirimos al
cumplir la mayoría de edad implica asumir plenamente todos los costos de
nuestras acciones y, como contrapartida de esto, poder gozar de todos los
beneficios que dicha libertad implica. La libertad implica responsabilidad. En
este sentido parece que la Argentina pretende vivir en un estado de eterna
adolescencia. Quiere gozar de los beneficios de no hacerse cargo de nada, pero,
al mismo tiempo, deleitarse con los favores de la vida adulta.
El tema
se hizo presente en estos últimos días cuando se lanzó al ruedo el posible
acuerdo de inversión con China por unos 20.000 millones de dólares. Y la
pregunta es: ¿puede haber una mente sensata que piense que un país que cambia
las reglas de juego a diario, en el que los jueces de la Corte Suprema desafían
los principios más elementales de nuestra constitución política y en el cual los
derechos de propiedad se rigen por la voluntad de un poder político que poca
importancia le da a éstos, es capaz de recibir tan cuantiosa inversión a largo
plazo? La lógica más elemental diría que no.
Ahora bien, si encima el
anuncio se hace en referencia a China, me animo a ser mucho más cauto con
respecto a las posibilidades reales de su concreción en los términos y en los
montos que se han dejado trascender. La economía china es una de la que más ha
crecido en los últimos veinte años. Su potencial con vistas a futuro es inmenso.
Esta pujanza de la que es protagonista China no fue hecha sin sacrificios. Si
hoy este país dispone de fondos para invertir en el exterior es porque hubo
sacrificio de millones de personas para llegar hasta donde están parados. Por
esto mismo, es que uno sabe que la milenaria nación del Lejano Oriente no daría
semejante salto al vacío. Probablemente haya inversiones chinas en Argentina en
los próximos años, pero no serán de la magnitud que se mencionan. Y seguramente
tampoco cambiarán sustancialmente nuestra situación económica y social.
Para convertirnos en un país receptor de grandes inversiones debemos ser
un país previsible en el largo plazo. Para ello las instituciones deben ser
estables e independientes de los antojos del poder político de turno. Ésas
fueron las condiciones que se dieron a finales del siglo XIX cuando gran
cantidad de divisas llegaron del exterior para ser invertidas en el país. Crear
las condiciones para que los capitales lleguen al país depende de nosotros. Pero
primero tenemos que decidir si queremos ser una nación adulta y hacernos
responsables de nuestras acciones.
Hemos pasado las últimas décadas
echando culpas a todos sin hacernos cargo de nuestros errores. Y siguiendo con
esta “lógica” ahora pretendemos que vengan otros a “solucionarnos el problema”
(seguramente para luego echarle la culpa cuando nos veamos sumergidos en una
nueva crisis). Es que no pensamos por una vez que nosotros somos los artífices
de nuestro propio destino, por bien o por mal. Es que no nos queremos dar cuenta
de que los países que avanzan no lo hacen por obra de la alquimia, sino como
consecuencia de aplicar principios elementales de respeto a la libertad
individual y a la propiedad privada. ¿Qué seguridad le podríamos brindar a un
inversor externo que ve cómo el gobierno nacional avanza sobre los derechos de
propiedad y la libertad de sus propios ciudadanos?
Dejemos de pensar en
anuncios mágicos que produzcan una transmutación maravillosa e increíble, y
exijamos de nuestros gobernantes que respeten nuestro derechos y que nos brinden
seguridad física y jurídica, para así poder ser responsables directos de
nuestros éxito y de nuestros fracasos como lo son todas las sociedades adultas
del mundo. Que la alquimia china quede para los cuentos de niños o las películas
de Harry Potter.
Fuente: www.economiaparatodos.com.ar
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR
// EN PORTADA
// LO MÁS LEÍDO
// MÁS DEL AUTOR/A