“La Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas y el escritor argentino Jorge Luis Borges tienen una cosa en común: ambos están enterrados en Ginebra. Pero de los dos, sólo el genial escritor argentino sabe que ya murió.”
Alejandro Gómez
La Comisión sigue actuando como si sus resoluciones pudieran cambiar algo la
situación de la violación de los derechos humanos, una de las grandes lacras que
todavía nos quedan.
El viernes, Fidel Castro dijo que “le importa un
bledo, y al pueblo de Cuba le importa un bledo, la Comisión de Derechos Humanos
de Ginebra”. Seguramente a él le importa un bledo. El pueblo de Cuba quisiera
que la Comisión tuviera algún grado de incidencia en la realidad para paliar un
poco tanta desdicha y opresión. La resolución a votarse pide que se apruebe una
visita a la isla de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos
Humanos, Louise Arbour, como si hiciera falta algo más para verificar las
violaciones de los derechos humanos, el presidio político, los fusilamientos, la
persecución a disidentes y el simple y asombroso hecho de que el mismo individuo
esté hace 46 años en el poder.
A esto se puede agregar la inexistencia
de la prensa, las trabas para salir del país y una larga lista de etcéteras que
todos conocen.
Es absolutamente inconcebible que la comunidad
internacional siga dejando al pueblo de Cuba librado a su mala suerte y a los
caprichos de un anciano que hace tiempo perdió el rumbo, si es que alguna vez lo
tuvo.
No se trata, como el mismo Castro anhela, de una solución militar
que sólo agravaría los sufrimientos de los cubanos. Pero existen innumerables
métodos de presión y sanciones para hacer cambiar de actitud a gobiernos
dictatoriales. Las idas y venidas de la Unión Europea y el lamentable y
vergonzoso silencio de América Latina, con excepciones como las de Chile, son un
fiel reflejo de cómo se maneja la Comisión.
Mezcla de intereses
económicos, demagogia hacia el interior de algunos países de no atacar al líder
que se enfrenta al imperialismo americano aunque para eso deba desangrar a su
propio pueblo. Por otra parte, una visión un poco cruel indica que la
composición de la Comisión es algo así como poner a Herodes a dirigir un day
care. Es ofensiva la presencia allí de países que violan sistemáticamente los
derechos humanos. Sería de pura lógica exigir a los países miembros que sean
democracias que respeten los derechos humanos y las libertades
públicas.
Así pues, se justifica que a Fidel Castro le importe un bledo
lo que decida la Comisión. Nunca, en 46 años, le afectó lo que dijera Naciones
Unidas. No en lo personal, ya que tiene el rostro blindado, sino en lo que
realmente hubiera sido importante: ponerle límites a la opresión del pueblo
cubano.
Pero no se trata de tirar al niño con el agua de la tina.
Naciones Unidas y su Comisión de Derechos Humanos son necesarias y deben hacer
las reformas precisas para poder proteger efectivamente a ese número demasiado
grande de personas que viven bajo autoritarismos y tiranías. Y subir los niveles
de exigencia para pertenecer a la organización no es algo arbitrario, sino
justo. Por otra parte, las democracias occidentales no deben ceder a la
tentación de tolerar autoritarismos para hacer buenos negocios.
Volver a
la ética y a una escala de valores que vaya más allá de los beneficios
económicos es imprescindible para crear ese orden mundial que se necesita
después del derrumbe soviético.
Fuente: El
Nuevo Herald – Miami
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