El Comentario
Publicamos hoy en Diario Exterior, un trabajo realizado por el especialista en política iberoamericana como es Pablo San Román, que es el resultado de una amplia charla con Daniel Córdova, Decano de Económicas en la Universidad de Lima, y un hombre que se ha lanzado a la arena de la Política con dos objetivos concretos: recuperar la filosofía que llevo a Vargas Llosa a la candidatura en tiempos pretéritos y crear una plataforma de unidad alrededor de un movimiento que él denominó como Progresista.
He querido ponerlo con letras mayúsculas para destacar la importancia del nombre que se le atribuye a esa opción política que, aunque en ciernes, tiene una intención noble como es agrupar a los cercanos ideológicos, alrededor de un programa político que huya de los intereses personales y partidistas.
Pero no quiero hablar del proyecto político, que podrán leerlo con más detalle en el trabajo que he citado. Lo que sí quiero destacar es la incorporación de la palabra Progresista en un movimiento que no es de izquierdas, que se podría situar desde el centro izquierda hasta el centro derecha.
En España es la izquierda la que se ha apropiado de la palabra progresista. Pero no porque sus planteamientos ofrezcan nada en ese sentido, sino porque el centro y la derecha, o el centro derecha, no son capaces de reivindicar lo que en muchos casos les pertenece. Y eso es un error y un problema.
Las palabras nos trasladan directamente a las imágenes y son culpables de muchos males que no se detectan. Al hablar estamos comunicando conocimientos muy antiguos y las palabras que utilizamos para definirlos nos pueden traicionar. Y nos traicionan.
¿No es progresista convertir el servicio militar en algo voluntario? ¿No es progresista rescatar cientos de miles de trabajadores del paro y convertirlos en activos? ¿No es progresista garantizar la seguridad social y las jubilaciones para varias generaciones?
¿No es progresista ampliar las redes del metro y mejorar los transportes públicos que afectan a todos los ciudadanos? pues eso lo hizo y lo está haciendo un gobierno del PP, un gobierno, sin embargo, al que no se le permite denominarse como progresista aunque lo sea en los hechos.
Un programa político es progresista en la medida en que sus ofertas y sus realizaciones afectan al común de los ciudadanos, a una gran cantidad de ellos y, al mismo tiempo, significa un avance para la sociedad, para toda la sociedad.
Es el caso del proyecto que anuncian en el País Vasco de acercar al pueblo a la auténtica libertad y arrinconar a los violentos. Que la calle sea de los hombres y mujeres que trabajan, sueñan y se ilusionan y no de quienes abortan la libertad con fuego. Eso es progresista. Lo demás, pueden ser detalles de libertad, pero el progresismo es mucho más amplio. Trasciende a las personas y a los tiempos.
Todos los partidos, centro derecha o izquierda tienen derecho a utilizar el concepto progresista, si su oferta o los hechos lo son. Pues ánimo, que nadie coarte esa libertad.


















