Virginia Postrel
Los economistas se decantan en favor del libre comercio. Tienen dos siglos de teoría y experiencias a las que remontarse. Y disponen de recientes estudios empíricos acerca de cómo la liberalización comercial ha incrementado la productividad en países menos desarrollados como Chile o la India. Reducir las barreras comerciales, sostienen, no sólo reduce los precios para el consumidor, sino que ayuda al crecimiento económico y posiciona mejor al público general.
Incluso así, el libre comercio es difícil de vender. “La verdad del tema es que tenemos que pasar un montón de tiempo explicando estos beneficios al público general, un público cansado de libre comercio”, escribe el economista Daniel Trefler en un artículo del pasado otoño en el The American Economic Review.
Un problema, argumentaba, es que no hay suficiente investigación acerca de cómo afecta el libre comercio a países industrializados como Estados Unidos o Canadá. Otro es que la investigación tiende a concentrarse o bien en beneficios a largo plazo, o bien en costes a corto plazo, en lugar de fijarse en las dos. “Hablamos un montón acerca de los beneficios de los acuerdos de libre comercio, pero en lo que respecta a los académicos que lo estudian, no sabemos casi nada en términos de hechos básicos acerca de lo que ocurre cuando dos países ricos liberalizan el comercio” explicaba el profesor Trefler, de la Rotman School of Management de la Universidad de Toronto, en una entrevista. Su artículo “Los altos y bajos del acuerdo de libre comercio Canadá-Estados Unidos” utiliza datos detallados, tanto de industrias canadienses como de compañías individuales, para llenar éstos vacíos. El estudio examina el efecto de las reducciones arancelarias, la forma más simple de liberalización.
Los aranceles no se consideran normalmente tan significativos en los países desarrollados, donde muchas industrias relevantes compiten sin tal protección. Pero, explica el profesor Trefler, “no son significativos excepto allí donde importan”.
Antes de que el acuerdo entrara en vigor en 1989, más de una de cada cuatro industrias canadienses se encontraban, en realidad, protegidas por aranceles de más del 10%. Esas industrias no sólo incluían negocios conocidos por su proteccionismo, entre los que destacan los textiles, sino fabricantes de un amplio abanico de productos, desde cerveza y pretzels hasta ataúdes, tuberías de plástico y bolsas de papel. Antes del acuerdo, las importaciones desde Estados Unidos afrontaban un arancel medio del 8,1 por ciento, y un arancel efectivo del 16%. La tasa real incluía los impuestos a la importación del producto final y los aranceles abonados en materiales de fabricación. Alguien que importase una silla podría tener que hacer frente a un arancel directo sobre mobiliario, por ejemplo, pero tener que pagar también aranceles indirectos sobre madera y el acabado.
Como era de esperar, las industrias canadienses que habían dependido de los aranceles para protegerse “fueron asoladas” cuando desaparecieron esas barreras, explica el profesor Trefler. “Vieron caer su empleo en un 12%”, dice, que significa que uno de cada ocho trabajadores perdió su empleo. En la manufactura en conjunto, el acuerdo comercial redujo el empleo en un cinco por ciento. “Pérdidas de empleo de cinco por ciento se traducen en 100.000 puestos de trabajo perdidos y huelgas masivas”, escribe, “no menos debido a que solamente un número reducido de industrias experimentaron profundas concesiones arancelarias”.
No hay duda de por qué los acuerdos de libre comercio se toparon con tanta oposición.
Tan dolorosos como pudieran ser esos reveses, sin embargo, la pérdida de puestos de trabajo fue un efecto a corto plazo. A largo plazo, el empleo en Canadá no se redujo, y el empleo en la manufactura continúa más robusto que en los países industrializados. “En cuestión del 10 años, el empleo perdido estaba equilibrado con el incremento del empleo en otras partes de la cadena de fabricación”, concluye el profesor Trefler. Mientras que las plantas de baja productividad cerraron, los fabricantes canadienses de alta productividad no sólo se expandieron a Estados Unidos, sino que mejoraron sus operaciones más allá. Por el camino, contrataron a suficientes nuevos empleados para equilibrar las pérdidas en el resto.
“El efecto medio de los recortes de los aranceles norteamericanos sobre el empleo canadiense fue el de un lavado: las pérdidas de puestos de trabajo de firmas menos productivas equilibran unos incrementos de empleo en las firmas más productivas”, escribía el profesor Trefler en un e-mail, citando investigaciones adicionales.
Ni tampoco, contrariamente a las previsiones, los sueldos canadienses se redujeron a causa de la competición de la mano de obra menos educada y sin sindicalizar del sur de Estados Unidos. Más bien al contrario: utilizando estadísticas comunes, demuestra que “para todos los trabajadores, las concesiones arancelarias elevaron los beneficios anuales” cerca de un tres por ciento a lo largo de ocho años.
Hay que admitirlo, eso no es mucho. “Un incremento del 3% en los beneficios extendido a lo largo de ocho años compra más de una taza de café, pero no en Starbucks“, escribe. “El descubrimiento importante no es que los beneficios se incrementaran, sino que los beneficios no se redujeran”. Además, dice, “no existe categóricamente ni una sola prueba” de que el acuerdo comercial empeorara la diferencia de ingresos.
La gran noticia es que reducir las tarifas arancelarias provocó un boom de la productividad. Las compañías canadienses anteriormente protegidas comenzaron a competir con, y a compararse con, negocios norteamericanos más eficientes. Algunas se hundieron, pero otras mejoraron las operaciones significativamente.
Los beneficios de productividad fueron enormes. En las industrias antes protegidas más afectadas por los recortes arancelarios, la productividad laboral saltó al 15%, al menos la mitad derivada del cierre de plantas ineficaces. “Esto se traduce en una tasa de crecimiento anual compleja enorme, del 1,9 por ciento”, escribe.
Pero cerrar empresas no es toda la noticia, ni siquiera la mitad de ella. Entre las industrias orientadas a la exportación, que se expandieron tras el acuerdo, los datos de plantas individuales muestran un incremento en la productividad laboral del 14%. La productividad manufacturera en conjunto saltó al 6%. “La idea de que una simple política gubernamental pudiera elevar la productividad tan dramáticamente es para mí completamente destacable”, dice el profesor Trefler.
Y el incremento a largo plazo en la productividad no resultó en su mayor parte del cierre de plantas ineficaces. Se derivó de la mejora en la práctica de las operaciones. “No llega de la selección natural”, dice. “Esa firma hace negocios en realidad de modo distinto”. Gracias en parte al acuerdo comercial, ve un cambio de actitudes entre la generación de gestores canadienses más jóvenes. Están menos satisfechos con ser lo mejor del mercado de Canadá relativamente pequeño. “Piensan que la competición no está aquí en Toronto”, dice. “La competición está allí en Estados Unidos. Para tener éxito en el mercado norteamericano tienes que jugar como los americanos, lo que significa innovar y actualizar”.
Virginia Postrel es la autora de The Substance of Style: How the Rise of Aesthetic Value Is Remaking Commerce, Culture, and Consciousness (HarperCollins).
Fuente: Blog de Virginia Postrel