Gabriela Pousa
“Si un hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo” Albert Camus
Recuerdo que Jorge Luis Borges sostenía que, con el tiempo, lo mejor sería no tener gobierno. De pronto, parece que ese tiempo ha llegado. La Argentina se halla en una especie de acefalía aún cuando haya un jefe de Estado, que muchos suponen hegemónico, tratando de establecer un régimen autoritario. Pero, en contrapartida a esa creencia, lo que sí hay es alguien que grita. Un breve ejercicio mental nos dirá en qué momento, bajo qué circunstancias, cualquiera de nosotros, gritamos…
Entonces, se verá que la autoridad es una utopía. Claro que también es justo reconocer que de esta falta de gobierno a la anarquía prohudiana hay un largo trecho. Creer que el país es tierra de nadie es ingenuo. Pensar, siquiera, que cualquiera de nosotros puede hacer y deshacer a su antojo como al parecer hacen y deshacen piqueteros y gremios es absurdo. Si acaso mañana, usted o yo, obstaculizamos el acceso a un kiosco de golosinas, sin ir más lejos, terminaremos presos. En este simple planteo surgen, claras y precisas, las normas establecidas.
No se trata de una categorización de derechos humanos, tampoco de una jerarquía entre ciudadanos de primera, segunda o tercera. Se trata de algo aún más perverso: las trampas de la política. Vale una aclaración al respecto: ninguna de estas son –sin lugar a dudas- una creación exclusiva de la dirigencia argentina. Qué estén perfeccionadas en este suelo es cosa distinta.
Nuestra peculiar “acefalía” se caracteriza, paradójicamente, por una serie de premisas no escritas que constituyen un sistema prebendista. La Argentina está constituida por un exceso de oficios, empleos y ministerios lucrativos pero improductivos. Enredados en esa trama, hoy nadie puede tirar la primera piedra. Ni siquiera el Presidente, menos aún sus ministros. La inacción del Ejecutivo frente al conflicto piquetero es una consecuencia directa de esta metodología instaurada hace ya tiempo en la Argentina. En términos callejeros podría decirse que lo que rige, hoy por hoy, la política en esta geografía responde al conocido trabalenguas: “Yo sé que tú sabés que yo sé“
En ese contexto, el ministro del Interior, Aníbal Fernández, sabe lo que dice cuando habla de grupos politizados acampando en Plaza de Mayo. Pero a su vez, éstos saben quién es Aníbal Fernández más allá del maquillaje necesario para cumplir, a pie juntillas, el rol que debe desempeñar en esta película. Posiblemente, resulte exagerado sostener que están todos amenazados pero algo de eso acontece aunque no haya misteriosos llamados telefónicos o anónimos circulando…
Lo que sin duda falta en esta escenografía es un Sherlock Holmes con libreta en mano, analizando a cada uno de los actores a fin de llegar a la punta del iceberg. Qué éste es grande no es noticia. Tampoco lo es que en algún lado termina. El asunto es, pues, saber cuán largo es el tramo a recorrer. Y aún hay distancias considerables por más que voluntarismos- individuales o colectivos- deseen acortar caminos.
En esta aventura, el mismísimo Néstor Kirchner podría llegar a ser un clon de Gregory Peck
No es novedoso que el Primer Mandatario adopte un rol pasivo frente a los conflictos que aquejan a la gente. Lo vimos cuando la sociedad toda se movilizaba para reclamar seguridad en Abril de 2004, volvimos a observarlo cuando la tragedia de Cromagnon cercenaba un centenar de familias… En esas ocasiones, con identidad desconocida, el jefe de Estado yacía en El Calafate, lejos de ser protagonista, representando el papel de mero espectador.
Ahora, aparece en el escenario nacional alternando entre la personalidad de un Mersault (El Extranjero de Camus, ese hombre a quién, el haber asesinado a un hombre lo afectaba menos que la prohibición de fumar en prisión, por ejemplo aunque acá afecte más la ley que prohíba el tabaco que la salud de los infantes, otro ejemplo, claro…) y aquel “K”, un inocente absorto que, en El Proceso kafkiano, camina hacia su propio calvario.
Del primero de los casos, Kirchner adopta ese matiz de hombre incomprendido por una corporación política a la cuál desdeña como si acaso no proviniera de ella. Así, puede hallárselo contemplando, también por televisión, el caos urbano. Siempre, con la posibilidad de cambiar de canal y entretenerse con “La noche del 10“. Otro golazo si se lo observa desde la perspectiva del poder.
Esta dialéctica explica que al Presidente de la Argentina pueda hallárselo ocupando roles tan disímiles como efímeros aunque, tras bambalina, se ocupe, personalmente, de coordinar el resto de papeles, maquillaje y vestuario para todos y cada uno de los miembros del elenco que viene a secundarlo.
Aceptada esta realidad, no debería asombrar que también surja, de repente, como la víctima de todo cuánto acontece en el país. Aunque es de suponer que ese rol lo guarde para cuando el ministro de Economía, decida dar el portazo. Ese será un momento más indicado para erigirse como “abandonado”, víctima de un colapso que hoy, sin embargo, lo encuentra como progenitor. El Presidente, en cada discurso, se engalana con los índices de crecimiento económico conquistados. Avatares cinematográficos que pueden darse en un país que ha vivido tantas fantasías y ficciones como reales.
En ese marco se explica este sistema donde normas y reglas son flexibles y fácilmente adaptables a cualquier escenario.
Mientras haya quiénes paguen la entrada para observar el espectáculo nada ni nadie pretenderá sacarlo de cartelera. Y hasta la función de Octubre, 23 no hay miras de que salgamos de esta fila india en la que estamos parados para entrar al teatro.
Como sostenía el cineasta Luis Bruñuel, el cine trabaja en forma directa sobre el inconsciente del público, y desde la platea, somos capaces de enamorarnos tanto del héroe falso como del villano.
Por otra parte, la escenografía actual está tan llena de matices que permite al jefe de Estado desentenderse de plano. Cuando es tanta la superposición de tramas y los conflictos se enredan sin pausa, el espectador no puede concentrarse en lo que pasa y centra su atención en aquello que le toca más de cerca. Los habitantes de la Capital, en este sentido, están más abocados a ver cómo se sortea el caos vehicular provocado por los cortes de calles cotidianos que al entuerto nada diplomático que se lleva a cabo para resolver el conflicto de la contaminación ambiental, las papeleras y la relación con Uruguay.
No somos capaces de aventurar siquiera la magnitud de problemas. La sociedad está dividida cada vez más. El argentino, de por sí no es tan solidario como se cree. Por eso, no parece ser problema del país, el paro hospitalario; no parece ser problema del país el crimen del comisario; no parece ser problema del país, el paro docente, no parece ser problema del país, el medio ambiente; no parece ser problema del país, el número de indigentes; no parece ser problema del país, el reclamo de subsidios a desocupados; no parece ser problema del país, la justicia ausente para las víctimas de la Amia, de Cromagnon o de los ahorristas estafados; no parece ser problema del país, la disputa en el conurbano bonaerense; no parece ser problema del país, en despilfarro del fondos por parte del Estado…No, no parece.
Y es por eso quizás, que no parece ser problema del país, que no haya Presidente…