“El cáncer es interno. Reside en la desconfianza europea y al sentimiento de no pertenencia a un proyecto común. Significativamente, los europeos (especialmente los que aparentemente nunca se adaptan a serlo plenamente) tropiezan frecuentemente con la misma piedra.”
Joaquín Roy
La existencia de la Unión Europea es paradójica. Durante algunos ciclos de su
vida estuvo atenazada por un sentimiento de impotencia, aquejada de
´´euroesclerosis´´, pero el ´´euroescepticismo´´ sigue latente. Curiosamente,
aunque el proceso es lento y frustrante, cada experimento de integración
latinoamericana alude, al menos como referencia, a un aspecto u otro
(instituciones, movilidad de factores de producción, fondos de desarrollo) del
proceso europeo de integración. La UE puede morir de éxito.
Ahora aterra
porque ha ido demasiado lejos y ha superado sus objetivos. No solamente Turquía
espera el ingreso, sino que esta semana Bulgaria y Rumania han firmado el
protocolo que elevará la nómina de la UE a 27 miembros en el 2007. Pero el
fantasma del rechazo de la constitución que debería entrar en vigor ese año se
cierne en el horizonte.
El cáncer es interno. Reside en la desconfianza
europea y al sentimiento de no pertenencia a un proyecto común.
Significativamente, los europeos (especialmente los que aparentemente nunca se
adaptan a serlo plenamente) tropiezan frecuentemente con la misma piedra. Los
causantes de la nueva crisis serán dos (o tres, si Holanda cae en la trampa)
estados miembros (así se llaman los socios de la UE, no simplemente ´´países´´)
cruciales. Uno es predecible: el reticente sempiterno: el Reino Unido. El otro
es, insólitamente, el fundador irremplazable, sin el que la UE no tiene sentido:
Francia. Para guinda, la amenaza del veto holandés el 1 de junio se
agazapa.
Primero, el 5 de mayo, Blair se aprestará a lograr la
reelección. Erosionado por su polémica alianza con Bush en la guerra de Irak y
enfrentado a la doble pinza de conservadores y liberales, su posible triunfo
será una reválida por la tercera vía que ha transformado la socialdemocracia,
arropado todavía con la lealtad del núcleo labour.
Si improbablemente
ganaran los tories, aprovecharían para hacer frenar el tren europeo y hacerlo
regresar a la estación del puro libre comercio, lejos de la senda federalista.
Si vence Blair, deberá convencer a los británicos a ingresar de veras en Europa.
En cualquier caso, si en 2006 los británicos vetan la constitución, no será el
fin de la UE, pero deberá elegir: fuera del euro, la salida debiera ser
elegante.
Peor problema plantea Francia si el 29 de mayo rechaza la
constitución. Es el socio irremplazable, la patria de Schuman y Monnet, que
plasmaron compartir el acero y el carbón con Alemania para sellar la
reconciliación, y de Valery Giscard D´Estaing, que presidió su Convención. Con
más fronteras con otros países europeos que ningún otro estado, el rechazo del
hexágono galo desencadenaría una cascada de daños: mal ejemplo en los nuevos
países, decepción en Alemania, erosión lenta del euro y puntilla a la política
exterior.
Sin constitución, ya no tendrá mucho sentido una política de
defensa autónoma, independiente de la OTAN. Para eso, que paguen los Estados
Unidos.
Curiosamente, este desastre habrá sido causado por la insólita
coalición francesa formada por una derecha xenófoba y una izquierda opuesta al
neoliberalismo del texto constitucional. Este dilema ha sido mal frenado por el
liderazgo errático de Chirac.
Ante la catástrofe, Charles de Gaulle
hubiera preferido una grandeur sujeta a la UE que despreciaba. Ahora, Francia se
puede quedar sin la una ni la otra.
Fuente: El Nuevo Herald – Miami
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