Fue un error tomar medidas debido al pánico frente a la crisis de la comida y que sería un error hacer lo mismo frente a la crisis financiera.
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Lunes, 16 de febrero 2026

Fue un error tomar medidas debido al pánico frente a la crisis de la comida y que sería un error hacer lo mismo frente a la crisis financiera.
Manuel Hinds
La gente siente una gran fascinación por los grandes desastres, tales como la crisis financiera que está afectando a los mercados internacionales, que es la peor desde la época de la Gran Depresión. Esta fascinación genera en muchos comentaristas la tentación de hacer pronósticos apocalípticos sobre la economía del país. Sembrar el pánico es una forma de llamar la atención de la sociedad entera. El hacerle caso a dichos pronósticos puede ser muy costoso. En el artículo anterior mostré cómo los pronósticos de este tipo que se emitieron hace un año, cuando la crisis comenzó, han tendido a estar muy lejos de la realidad en muchas dimensiones. En este artículo me enfoco en analizar el comportamiento de una de esas dimensiones, la de los precios de la comida.
¿Recuerda usted que hace apenas dos o tres meses la gran moda era decir que los precios de los alimentos, que habían subido rápidamente en los meses anteriores, iban a seguir subiendo y que se iban a mantener altos por al menos diez años? Los precios internacionales de varios productos primarios aumentaron, incluyendo los del arroz, que subió 50 por ciento de marzo a abril; del maíz, que para junio valía 23 por ciento más que en marzo, y de todos los productos primarios juntos, que suberon 20% entre marzo y julio.
Fue en ese momento, en el que el petróleo también alcanzó su récord de $147 por barril, que esas predicciones se emitieron, asegurando que habría escaseces de comida en todo el mundo y aquí en El Salvador también, y que dicha escasez iba a durar 10 años.
¿Ya recordó todo esto? Pero resulta que la escalada de los precios de la comida duró nueve años y nueve meses menos que diez años. En realidad, los precios comenzaron a caer en junio y en julio, en el momento mismo en el que las predicciones de sus escaladas infinitas se estaban dando. En septiembre los precios de los productos primarios siguieron cayendo aún más. Para fines de ese mes, la mayor parte de los precios de los productos primarios comestibles estaba en niveles iguales o inferiores a los que habían tenido en marzo. La burbuja había terminado.
Pero ya nadie quiere hablar de esto. Ahora la competencia es para hacer predicciones más apocalípticas con relación a la crisis financiera que el mundo está sufriendo desde hace un año. Y nadie habla de dos temas que han quedado pendientes de la crisis de la comida: el comportamiento de los precios locales ahora que los internacionales han bajado y los costos en los que se incurrieron por adoptar políticas basadas en el pánico.
Con respecto al comportamiento de los precios locales, es importante notar que aumentaron como resultado del aumento de los precios internacionales. Ahora que los precios internacionales están bajando, los locales deben bajar también. Este es un tema de competencia —si no han bajado, es porque hay prácticas anti-competitivas en esos mercados. El que estos precios se mantengan altos ya ha tendido un impacto muy negativo en la pobreza, que aumentó alcanzando niveles que ya se habían superado hace varios años. Es indispensable, pues, velar porque esos precios bajen eliminando las prácticas anti-competitivas.
Con respecto al segundo tema, el problema es que muchas decisiones costosas se tomaron basadas en las equivocadas predicciones cataclísmicas. El gobierno se metió a comprar granos básicos, y los gobiernos de Centro América se comprometieron a aportar decenas de millones de dólares para comprar aún más comida y almacenarla. Ahora le toca al gobierno dar cuentas de estas operaciones y de las pérdidas que sin duda tuvo en ellas con el método más seguro que hay para perder el dinero de los contribuyentes: comprar caro para vender barato sin beneficiar a nadie (ya que, como el lector puede imaginar, el precio mundial de los granos no ha caído por las compras y ventas del gobierno salvadoreño).
Es hora que aprendamos a no tomar decisiones basados en el pánico. Las crisis requieren calma y pensamiento claro.
Fuente: Cato Institute
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