Protestas pacíficas contra la corrupción y la política económica del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva marcaron ayer las celebraciones del Día de la Independencia de Brasil y opacaron los tradicionales desfiles militares.
La fiesta tuvo como denominador común la protesta contra la corrupción
Lula llegó al desfile en un automóvil descubierto en medio de aplausos y abucheos del público, y presenció el desfile al lado de su invitado de honor, el presidente de Nigeria, Olosegum Obasanjo.
La serie de manifestaciones opositoras en demanda de mejores condiciones para millones de personas que viven en la miseria se hicieron presentes en unos 20 estados del país y corrieron paralelos a los desfiles de soldados y la exhibición de aviones y tanques.
La principal manifestación fue “El Grito de los Excluidos”, organizada por la Iglesia católica, la Confederación Unitaria de Trabajadores (CUT) y el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra (MST) en Brasilia y en otras ciudades importantes como Sao Paulo, Río de Janeiro, Fortaleza, Recife y Belem.
En la Basílica de Aparecida, en el estado de Sao Paulo, unas 90.000 personas acudieron a una misa celebrada por el arzobispo Raimundo Damasceno.
En su sermón en este santuario de peregrinaciones, Damasceno pidió a la población firmar un documento promovido por el Episcopado en demanda de reformas políticas.
El “Grito de los Excluidos”, que en Brasilia reunió a 3.000 personas, según los organizadores, tuvo como denominador común la protesta contra la corrupción, aunque evitó críticas frontales a Lula.
En todas las ciudades la protesta se centró contra el desempleo, las altas tasas de interés, la política económica conservadora y la falta de una efectiva reforma agraria, además de contra la corrupción en el gobierno y en el Congreso, que ha generado la peor crisis política de Brasil desde 1992.
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