Coordinados por el Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York y con la colaboración de contrapartes mexicanas y canadienses, un informe que está a punto de circular, con motivo de la cumbre de máximos mandatarios en Texas el 23 de marzo, diseña la transformación del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC, mejor conocido como NAFTA).
Cooperación
La Comunidad de Norteamérica Las referencias a una entidad, que no existe
políticamente y que sistemáticamente se confunde con un solo país, para
irritación de otros dos, tendrán mejor perspectiva de resultar geográficamente
justificadas. Está a punto de nacer la Comunidad de Norteamérica. O al menos es
lo que anhelan dos docenas de ciudadanos de México, Canadá y los Estados Unidos
para una fecha fija: 2010.
Coordinados por el Consejo de Relaciones
Exteriores de Nueva York y con la colaboración de contrapartes mexicanas y
canadienses, el informe que están a punto de circular, con motivo de la cumbre
de máximos mandatarios en Texas el 23 de marzo, diseña la transformación del
Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC, mejor conocido como NAFTA).
También apunta unos perfiles que lo pueden traducir en una notable innovación en
la tortuosa y frustrante integración interamericana. Es una mejora, con un ALCA
descarrilado, un MERCOSUR sin rumbo y una utópica Unión Sudamericana anunciada
recientemente en Cuzco.
Significativamente, en contra de lo que pueden
pensar los perennes agoreros proteccionistas, los sectores antiglobalización, y
los que desde Europa pueden sonreír una vez más ante las incapacidades
americanas para la verdadera integración, esta posible nueva etapa del TLC puede
reportar beneficios globales. En lugar de ser una amenaza de suma cero, donde el
logro de uno representa la pérdida del otro, todos pueden ganar.
El
informe del grupo de trabajo pide el establecimiento de un arancel común (lo
cual convertiría algún día a NAFTA en una Unión Aduanera) y unas normas
compartidas de fronteras interiores que permitan el seguro flujo legal y
efectivo de mercancías, servicios y viajeros. Además, insiste en la
institucionalización anual de las cumbres presidenciales como órgano supremo de
la Comunidad y la formación de un Consejo Asesor tripartito que dé forma a los
acuerdos y se encargue de su seguimiento.
Aunque lo niegue para ser
adaptada, la semilla de la institucionalización europea está latente. Aunque la
letra del informe rechaza las burocracias, la declaración refleja un triunfo de
la UE ya como punto ineludible de referencia por su modelo de integración. ¿Por
qué esta vez la idea tiene buenas perspectivas, ya entrada la segunda década de
NAFTA? Porque ahora la motivación del libre comercio no es, como se cree
erróneamente, la razón de ser de NAFTA.
La urgencia actual tiene
paradójicamente el mismo sesgo que el propio nacimiento del TLC y de la misma
Unión Europea, que no se fundó para hacer del capitalismo algo más eficiente. La
EU se puso en pie para convertir la guerra en impensable y materialmente
imposible. Su origen fue político, como el de NAFTA, una idea desesperada de
México cuando vio que su coartada ante Estados Unidos se agotaba con el final de
la guerra fría. El motivo fue continuar la seguridad que los Estados Unidos
tuvieron garantizada durante 60 años por el PRI. Igual que la seguridad
socioeconómica del continente europeo.
Con la nueva lucha que el mundo
enfrenta, los Estados Unidos deben consolidar su propia seguridad. Curiosamente,
esa necesidad puede ser el talismán de México, con Canadá como socio
privilegiado. Pero no hay almuerzo gratis en Norteamérica y el plan exige un
fondo cuantioso de desarrollo para las zonas más pobres de México. Como en
Europa.
Fuente: El Nuevo Herald
(Miami)
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