Editorial
Las buenas noticias que llegan de Irak son una bocanada de aire fresco para la difícil coyuntura del país y de la región.
Con la amenaza siempre presente, como si fuera una espada de Damocles, del riesgo de una guerra civil, sin embargo, los iraquíes están poco a poco dando pasos en la buena dirección y construyendo -a través del consenso deseado, aunque sea con dificultades- su propio futuro democrático.
Lo que hace unas semanas parecía poco menos que imposible, el acuerdo de las diversas facciones en liza, hoy es afortunadamente una realidad con el nombramiento del presidente Talabani y el primer ministro Maliki.
Una democracia incipiente como la iraquí está, poco a poco, demostrando su madurez. La participación ciudadana en las elecciones convocadas, la elaboración de la Constitución, la sucesión “tranquila” de los responsables políticos y la capacidad de acuerdo hacen mirar con optimismo la evolución política del país.
Aún es pronto para vislumbrar el final de un largo túnel, pero de lo que se puede estar cierto es de que se camina por el camino correcto. El terrorismo brutal de la mal llamada “insurgencia” y de Al Quaeda y sus organizaciones satélites cada vez evidencia con mayor nitidez que en esta guerra no lucha el pueblo iraquí contra las tropas aliadas, sino una minoría radicalizada -dispuesta a todo- contra las aspiraciones de la mayoría de los ciudadanos.
Los países occidentales no pueden por menos que aplaudir este lento pero continuo aprendizaje democrático y apoyar con todas sus fuerzas que este proceso llegue a buen fin.


















