Discursos delirantes hablan hasta la saciedad del «poder popular» y de la «democracia directa», pero se le niega al pueblo un simple y sustancial aumento salarial, que es el inicio y la base insoslayable de cualquier proyecto mínimo de justicia social. Estamos en el núcleo de todos los proyectos izquierdistas.
Norberto Ceresole
La crisis ideológica y la parálisis y desintegración operativa que afecta a la nomenklatura quintarrepublicana es la versión tropical del mismo viejo delirio que siempre calentó los sesos de los «iluminados», en todo tiempo y lugar: confundir con la realidad lo que sólo está escrito en un papel. Es cierto que el texto de la nueva Constitución otorga libertades extraordinarias a los ciudadanos de Venezuela, pero en la vida real se les sigue prohibiendo a la inmensa mayoría de la población el derecho más simple, que es el derecho a una vida económicamente digna.
Discursos delirantes hablan hasta la saciedad del «poder popular» y de la «democracia directa», pero se le niega al pueblo un simple y sustancial aumento salarial, que es el inicio y la base insoslayable de cualquier proyecto mínimo de justicia social. Estamos en el núcleo de todos los proyectos izquierdistas, que cuando se transforman en gobierno, en cualquier parte del mundo, constituyen la negación de cualquier práctica económica distribucionista. Todos los regímenes de izquierda que nacieron y murieron en el siglo XX prefirieron trabajar con mano de obra esclava o semi-esclava; en todo caso con proletariados con bajísima capacidad económica.
En oposición a esos regímenes surgieron las distintas formas de «fascismos» y de populismos. El denominador común de todos esos «fascismos» y populismos fue su voluntad distribucionista que, históricamente, a lo largo de todo el siglo, estuvo en franca y clara oposición al concentracionismo económico (en el «Estado» y en la nomenklatura) de las distintas formas a través de las cuales el marxismo-leninismo accedió al poder. No hubo ningún gobierno «de izquierda» que, para lograr la tan anhelada «acumulación original», no haya acudido, en primer lugar, a la superexplotación del proletariado y del «bajo pueblo» en general.
Venezuela sigue por el mismo camino «progresista». Pero negándolo en los discursos a cada momento, lo que lleva a un verdadero «delirium tremens», que me recuerda las discusiones que hace treinta años manteníamos con un grupo de amigos (los entonces llamados «albaneses») del Partido Comunista Italiano. Allí se trataban hasta en sus detalles más insignificantes las características que deberían poseer los «nuevos hombres» que construiría el «verdadero socialismo» de Enver Hoxa. Pero nunca se resolvieron los «pequeños detalles» de la vida: con el tiempo el régimen cayó y aún no se había siquiera diseñado el alcantarillado y no había luz eléctrica fuera de algunas manzanas del centro de Tirana.
Hoy Venezuela está afectada, en esencia, por la misma parálisis, por un tipo similar de demencia política: el síndrome albanés. La nueva clase gobernante carece en absoluto de capacidad para traducir en hechos puntuales y concretos, económicos y sociales, dentro de la misma comunidad venezolana, aunque sea sólo una parte de los confusos lineamientos estratégicos que expone el Presidente.
La ruptura entre el discurso y la práctica económica, social y política se produce por dos motivos básicos: por la confusión intrínseca de la estrategia que expone el presidente (declamar objetivos sin señalar nunca los medios para realizarlos), y por la ridícula pretensión de alcanzarlos a través de una burocracia (nueva clase) no sólo anclada en presupuestos ideológicas del siglo XIX. El problema es que esa burocracia «democrática» es sobre todo leal al sistema que dice combatir. Asimismo la ruptura entre la estrategia (exterior) y las acciones económico-sociales internas es total y absoluta. Lo que significa que estamos en el camino seguro hacia la catástrofe.
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Fuente: Analítica.com
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