Sin embargo, no deja de ser curioso que sus lectores sigan recordando tan sólo dos o tres libros y que el resto haya tenido una acogida más bien discreta desde hace más de treinta años. El destino de Fuentes palidece frente al de sus compañeros de generación, quienes, con subidas y bajadas, siempre han despertado mayor interés en el plano exclusivamente literario.
La base de su prestigio
¿Qué parte de la ingente cantidad de libros de Fuentes sobrevivirá al olvido? Sus novelas son relativamente poco citadas frente a las de Rulfo, García Márquez o Vargas Llosa, y su labor ensayística no impresiona por su originalidad. Cervantes, o la crítica de la lectura, por ejemplo, no deja de ser una aplicada reescritura de las tesis de Américo Castro sobre el Quijote. Da la impresión de que el prestigio del escritor mexicano se ha sostenido a lo largo de años gracias a una pequeña porción de su obra, mientras que la mayoría de sus libros se juzgaban con una benevolencia envidiable.
Cuenta Mario Vargas Llosa en Historia de un deicidio una anécdota reveladora a la vez que pintoresca. Al parecer, viajaba el autor de La fiesta del chivo con otro futuro premio Nobel, Gabriel García Márquez, en un avión en dirección a Caracas. Gabo siempre había sentido pánico a volar y, en un momento de la travesía, el avión entró en una región de turbulencias. En medio de los vaivenes del aparato, el aterrado, pero humorístico siempre, García Márquez, agarró de la solapa a su colega peruano, y le espetó: ”¡Ahora que vamos a morir, dime de verdad lo que piensas de Zona sagrada de Carlos Fuentes!”.
Se manifestó desde siempre como un intelectual vinculado al pensamiento de izquierdas, con excelentes relaciones con los gobiernos del PRI
Carlos Fuentes no fue precisamente un hijo del pueblo. Procedente de una familia rica y acomodada, recibió una educación liberal y cosmopolita, primero en México y luego en Buenos Aires y Ginebra. En su biografía se funden la producción literaria con otros logros políticos de muy variada índole. Así, a la vez que publica libros, va ocupando puestos en la administración mexicana hasta llegar muy alto.
El fracaso de los ideales revolucionarios
Su primer hito es La región más transparente (1958), en donde se novelan las más diversas clases sociales que componen la vida del Distrito Federal. Conocemos la existencia de los mendigos, las prostitutas, los provincianos que llegan atraídos por el dinero o las familias de clase media que pasan apuros para tener su primer coche. También encuentra su sitio el intelectual, álter ego del autor, que intenta comprender la ciudad caótica desde la distancia. El resultado, amargo y deprimente, no deja muchas puertas abiertas a la esperanza.
Fuentes ha recordado sobre esta novela que su propósito fundamental era analizar el fracaso de los ideales revolucionarios en México. En su caso, esta denuncia resulta un poco paradójica, ya que, como veremos, Fuentes no se llevó tan mal en su vida pública con el principal responsable de ese fracaso, el Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Poco después aparecen sus dos textos de mayor envergadura: Aura, una nouvelle fantástica que juega con el mito prehispánico de la reencarnación y La muerte de Artemio Cruz, otro ajuste de cuentas a los logros de la Revolución, en el que el protagonista rememora, desde el lecho de muerte, toda una vida de podredumbre y corrupción. Narrada con todos los recursos experimentales propios de la época, esta novela es, sin duda, la obra maestra de Fuentes.
En Europa
En aquellos años se está gestando el fenómeno del boom latinoamericano y el escritor marcha a Europa, donde reside entre 1965 y 1969. Este es el momento dulce de Fuentes. Su encanto personal, sus lecturas bien aprovechadas y su conocimiento enciclopédico de los resortes políticos y culturales que había que tocar para entrar en el tren de la fama, le valen convertirse enseguida en una de las tres o cuatro figuras de referencia de los jóvenes narradores hispanoamericanos que están conquistando el mercado editorial.
Inmerso de lleno en el movimiento de la “nueva narrativa”, escribe dos novelas fuertemente imbuidas del clima renovador de la época, Zona sagrada (1967) y Cambio de piel (1967), con la que obtiene el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. Este es uno de los muchísimos reconocimientos que desde entonces recibe Fuentes: el premio Rómulo Gallegos (1977), el Nacional de literatura (1984), el Cervantes (1987) o el Príncipe de Asturias (1994), entre otros.
El ideario de Fuentes se condensa en Terra nostra (1975) otra de sus novelas más recordadas. También es la más ambiciosa y, probablemente, la que menos lectores tiene, tanto por lo espeso de su estilo como por la pesadez de su carga experimental. En ella el autor trata de transmitir una imagen global del mundo hispánico desde el Imperio romano y la Castilla medieval, pasando por el Descubrimiento de América, y concluyendo con el presente contemporáneo y un futuro hipotéticos. Fuentes intenta reescribir la historia desde una visión posibilista: qué hubiera sido de América si los acontecimientos hubieran transcurrido de otro modo.
Mediante múltiples relatos, Fuentes va escribiendo una novela histórica en la que caben tanto los hechos sucedidos realmente, como otros que los contradicen. La historia real u “oficial” y la imaginada conviven a veces en el mismo texto, como se trasluce de los distintos acontecimientos en que se mete tanto a Cervantes, la Celestina, o sor Juana Inés de la Cruz como a personajes inventados. Fuentes recoge todos los tópicos de la leyenda negra, en la que cree con firmeza, y postula una historia alternativa que no es, por cierto, menos estereotipada.
Intelectual cercano al poder
Entretanto, siguió desempeñando toda clase de cargos oficiales. Tanta relación con el poder suele pasar factura a los intelectuales que se precian de independientes. Es cierto que Fuentes renunció en 1972 a su cargo diplomático en Francia por desavenencias con el embajador en España, Gustavo Díaz Ordaz, el ex presidente mexicano responsable político de la matanza de Tlatelolco en 1968. Pero no es menos cierto que, en general, Fuentes se caracterizó por mantener excelentes relaciones con los gobiernos del omnipresente PRI.
Se manifestó desde siempre como un intelectual vinculado al pensamiento de izquierdas, lo cual no le impidió apoyar, por ejemplo, a López Portillo, uno de los candidatos más evidentemente corruptos del PRI en su carrera presidencial. También fue notoriamente ambiguo en sus acercamientos o en sus criticas a Fidel Castro. Desde la cátedra de prestigiosas universidades norteamericanas como Princeton, Brown, Columbia o Harvard denunció la situación de muchos compatriotas suyos en los Estados Unidos. Pero siempre hay que entender ciertas declaraciones en los lugares en los que se hacen. No es igual criticar con acritud ciertas situaciones ante un auditorio de izquierdas que sentarse cómodamente junto a los poderosos, llámense Bill Clinton, Ernesto Zedillo o Jacques Chirac.
En fin: toda esta capacidad de nadar en dos o tres aguas a la vez lo hace un personaje controvertido, como mínimo. Según quien interprete las declaraciones de Fuentes, éste puede ser visto como un ejemplo de valentía intelectual o como un escritor que se parapetó tras la cómoda posición del mundo académico.
Javier de Navascués es
profesor del Departamento de Literatura Hispánica
y Teoría de la Literatura de la Universidad de Navarra.