Europa, Pensamiento y Cultura

El conflicto de intereses entre los creadores de cultura y los distribuidores tecnológicos

Nunca antes de la aparición de Internet la cultura se había difundido tanto. Pero tampoco antes había corrido tanto riesgo, explica el periodista Robert Levine que en Parásitos (1) expone el conflicto de intereses que subyace en el asunto de los derechos de autor en la red.

Parásitos en la red

El mundo digital parece un campo de batalla. De un lado se encuentran quienes defienden la gratuidad en la red apelando a la libertad de información y la libre circulación de contenidos, y de otro a los artistas y al sector cultural, que reivindican el derecho a explotar, controlar y distribuir sus productos cobrando por ello. ¿Resultan intereses tan distintos? De la lectura de Parásitos se desprende que ni los primeros son tan desinteresados ni los segundos tan egoístas. Bajo el conflicto, siempre económico, hay una dependencia recíproca.

Beneficios para el lobby tecnológico
Parásitos son, a juicio de Levine, quienes aprovechando la potencialidad de las nuevas tecnologías se lucran del trabajo de otros. Tan parasitaria es, por tanto, la piratería como, según el autor, el lobby tecnológico, hábil en disfrazar sus intereses, pero que a fin de cuentas sería el principal beneficiario de la política del todo gratis: tienen ingenio para distribuir e ideas para multiplicar la audiencia, pero no invierten ni trabajan en contenidos.

Y ese es, precisamente, el problema. Sin dejar resquicio para la duda ni las buenas intenciones, Levine afirma que la impunidad ante las violaciones de los derechos de propiedad en la red solo conseguirá poner en riesgo la cultura. En un entorno en que ni los artistas ni las compañías del sector obtienen una justa compensación por su trabajo, es previsible que los contenidos se vayan empobreciendo paulatinamente. O podría ocurrir que su producción quedase con mayor frecuencia en manos de aficionados.

Tal vez el pronóstico de Levine sea pesimista y exagerado, pero lo cierto es que sin los contenidos que proveen los medios tradicionales –defensores del copyright– como las compañías musicales, las editoriales y los propios artistas con los que trabajan, la tecnología no tendría mucho material que vender. Por lo que, aunque no estén dispuestos a reconocerlo, el sector de las nuevas tecnologías depende en gran parte de los canales clásicos de producción cultural. Wikipedia ofrece información gratis y la posibilidad de edición conjunta, pero ¿qué sería de ella sin los libros y sin las enciclopedias, de papel y de pago?

Cómo generar dinero por el tráfico
Las nuevas multinacionales tecnológicas han sabido aprovecharse de un contexto en principio benevolente con la web, pero según Levine no han sabido asumir sus responsabilidades. Como meros intermediarios, los buscadores, programas de intercambio de archivos y ahora los servicios de alojamiento en la nube no son legalmente responsables de lo que los usuarios alojan, aunque desde hace años tienen la obligación de retirar el material protegido por el copyright.

Lo rentable para las empresas dedicadas al negocio en la red es generar tráfico, ya que eso les permite recaudar más aumentando sus ingresos publicitarios. La propiedad intelectual supone para ellos una barrera porque dificulta la libre navegación. De ahí nace principalmente su oposición al copyright y su interés por influir en los diferentes cambios legislativos.

Es significativo lo que ocurre con Creative Commons, según Levine, una iniciativa que apoya el sector tecnológico. Se trata de una forma estandarizada y cada vez más popular de protocolizar la renuncia a ciertos derechos asociados con el copyright que, de otra forma, tendría que formalizarse expresamente. El primer malentendido es pensar que supone una alternativa al derecho de propiedad; más bien, sostiene Levine, se basa en él.

Creative Commons está cada vez más difundido y muchos usuarios –blogueros, fotógrafos, colaboradores de medios– se adhieren a la iniciativa. Pero, como muestra Levine, que un creador renuncie a ciertos derechos que le pertenecen no significa que su obra no genere dinero. Piénsese en Flikr, por ejemplo, un sitio para alojar y compartir fotos que Yahoo compró en 2005. Flikr anima a los usuarios a acogerse a la licencia Creative Commons. Esto permite que cualquiera pueda utilizar las fotografías que almacena, aumenta el tráfico de visitas y crece su valor económico, valor que nunca repercute en los que desinteresadamente subieron el material.

Se puede argüir, en verdad, que nadie obliga al usuario a renunciar a sus derechos y que el sitio presta un servicio que muchos internautas consideran indispensable. Pero no deja de ser cierto que la defensa de muchas compañías por la gratuidad en la red puede esconder más unas motivaciones económicas que un apoyo altruista a la difusión cultural.

El embalaje y el producto
Levine cree que las empresas tecnológicas no comprenden lo que es una obra cultural y que están cegadas por su afán de enriquecimiento rápido y sin trabas. De hecho, llega a decir que el sector es tan miope por lo que respecta a la cultura que piensa que el valor de una obra está vinculado a su soporte, de forma que si el soporte digital es barato hay que abaratar necesariamente los precios.

Es como si valoraran los objetos culturales en función de los costes de producción material del producto. Pero la cultura no vale lo que cuesta su soporte; hay que tener en cuenta los factores inmateriales –el proceso artístico, su sentido, etc.– que añaden valor a la obra. La industria cultural, tras los mecenas, ha conseguido con esfuerzo que el público pague por la cultura y eso ha permitido que los artistas se ganaran la vida.

Tanto la apuesta de Apple por la música con la aparición de iTunes como la de Amazon con el mundo de los libros constituyen ejemplos de esa confusión entre contenido y soporte. Apple decidió en su momento vender canciones a un precio tan bajo que hizo imposible la aparición de competidores; Amazon comenzó con la misma estrategia, vendiendo best-sellers por 10$. Ni a Apple ni a Amazon les interesaba el mercado musical o editorial, según Levine; buscaban vender sus dispositivos y fidelizar al cliente. Asumían pérdidas en el primer sector, pero las compensaban fácilmente con los ingresos obtenidos en la venta de sus aparatos, como el Ipod o el Kindle.

La calidad tiene un precio
El autor de Parásitos confía incluso más que el sector de las nuevas tecnologías en el usuario: afirma que si el contenido es valioso, los usuarios están dispuestos a pagar por él. El público, tarde o temprano, acepta que la calidad tiene un precio. The Wall Street Journal o Financial Times venden sus contenidos y están obteniendo buenos resultados. Gran parte de su éxito “se debe al hecho de que producen un producto por el que los lectores están dispuestos a pagar”.

La política empresarial de estos medios les ha permitido, entre otras cosas, capear la crisis publicitaria. El contrapunto en el sector periodístico lo ofrece The Guardian, uno de los medios que con más rapidez apostó por lo digital. Según los datos que ofrece Parásitos, es el segundo periódico online más visto en lengua inglesa, tras el New York Times, con cerca de 37 millones de lectores mensuales… pero lleva desde 2009 sin ganar dinero y ha tenido que hacer dos reestructuraciones de plantilla. Es posible que por su prestigio sobreviva, pero la situación es inviable en términos económicos.

El problema para los periódicos es que han tenido que empezar a vender noticias y depender cada vez menos de la publicidad, explica Parásitos. La oferta de espacio en Internet para los anuncios es ilimitada y, por tanto, resulta más barata. Según un estudio de la Newspaper Association of America, el lector en papel genera un valor de 539 dólares en publicidad, mientras que el de uno digital es 26 dólares. Por ello, Levine estima errónea, al menos a corto plazo, la decisión de algunos medios, que han apostado todo por los lectores digitales, abandonando y empobreciendo la edición impresa, el negocio donde pueden ganar todavía algo de dinero para sobrevivir.

Agregadores de noticias o parásitos
Por otro lado, Internet ha provocado un cambio en el mercado publicitario cuyos efectos resultan más visibles en el ámbito de los medios de comunicación. El mundo digital ha permitido tanto un mayor conocimiento de los hábitos de los consumidores como una personalización detallada de los anuncios. Es lógico, pues, que las empresas de publicidad intenten colocar anuncios en las páginas más visitadas (buscadores, sitios de almacenamiento, redes sociales) o en otras más especializadas, con lo que los medios generalistas pierden atractivo.

El parásito en el mundo de los medios no es la piratería sino los agregadores de noticias, como lo fue inicialmente The Hufftington Post o Google News –a decir verdad, Google es la bestia negra de Levine–. Estos sitios webs recopilan información generada en los medios tradicionales; y en la medida en que generan más tráfico, resulta más rentable anunciarse en estas páginas que en los sitios donde obtienen su información.

Además los agregadores tienen menos gastos –no necesitan una redacción, ni corresponsales, por ejemplo, ni correctores– con lo que pueden vender su espacio a unos precios inigualables. “Inevitablemente”, concluye Levine, “esto conducirá a que más compañías se dediquen a agregar y menos compañías inviertan en crear información original”. Llegado ese momento, ¿quién escribirá las noticias?

Muchos medios de comunicación se han negado a que Google les incluya sin obtener compensación a cambio. Sin embargo, el gigante de los buscadores no está dispuesto a pagar, aunque ha de requerir el consentimiento de las fuentes que aparecen en su página. Google cree que los medios también se benefician, pues los lectores interesados han de enlazar al sitio del que proceden las noticias para leerlas.

Hacia la licencia única
Levine no es equilibrado, ya que mientras critica la connivencia americana con las empresas tecnológicas, alaba desmedidamente las regulaciones europeas que protegen el copyright, que también tienen aspectos problemáticos. Así alude a la Ley Hadopi francesa, a las investigaciones de la UE sobre Google, Microsoft e Intel y a la ley alemana sobre el precio fijo de los libros para protegerlos de una excesiva mercantilización.

Sea como fuere, la única solución que se aventura es la de convertir Internet en un verdadero mercado, con una regulación jurídica eficiente que no perjudique a quienes viven de los contenidos ni beneficie exclusivamente a los creadores de aplicaciones y software. Se trata, en definitiva, de buscar un adecuado equilibrio entre la difusión de la creatividad potenciada por las nuevas tecnologías y una prudente defensa del copyright que redunde en beneficio de los autores.

Entre las opciones que se estudian en el libro una de las más polémicas es la que se conoce como Blanket License o Licencia general de uso, que supondría aplicar una tasa a todas las conexiones a Internet. Se permitiría, por ejemplo, el intercambio de archivos o las descargas y con las tasas recaudadas se compensaría a los titulares del copyright.

La licencia general, sin embargo, tiene algunos inconvenientes: es difícil ponerla en marcha sin el consentimiento de los poderes públicos, por ejemplo. Por otro lado, ¿quién gestionaría el dinero recaudado? Las sociedades de autores cuentan con diferentes tasas dependiendo del país. Además, si bien es cierto que la licencia general tal vez podría funcionar en el ámbito musical, es más dudoso que fuera eficaz en otros sectores. Para que sea realmente rentable, la tasa debería ser demasiado alta; de hecho, algunos cálculos la sitúan en torno a los 100 $ mensuales.

Mientras se debate la pertinencia y oportunidad de la misma, Levine estima que no hay que perder tiempo y aboga a que se tomen medidas destinadas a limpiar el mercado digital de esos parásitos. Con unos plazos de protección de derechos más breves y actuando con mayor celeridad contra los infractores mejoraría bastante la defensa del copyright. Por otro lado, apuesta por una legislación cabal y con capacidad para diferenciar las infracciones individuales y de menor cuantía de las destinadas al lucro, como los grandes consorcios de descargas ilegales o piratería, que son quienes realmente ocasionan perjuicios incalculables a la industria cultural.

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(1) Robert Levine, Parásitos, Ariel, Barcelona (2013) 360 págs. 21,90 € (papel) 9,99 € (digital).
 

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