Economía y Sociedad, Política

El fracaso del Neoliberalismo

Irving H. Bennett N.

El fracaso del neoliberalismo es un fracaso del socialismo. El uso actual de término “neoliberalismo” comienza con el exitoso giro hacia políticas conservadoras que dieron Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Ese giro partió del creciente estatismo intervencionista -socialismo- que ganaba terreno en occidente. Pero ese giro nunca fue suficiente ni mucho menos completo. Por ello, los elementos socialistas que estaban incrustados en nuestros sistemas de gobierno, tildados de “neoliberal”, impidieron el desarrollo completo del potencial productivo de países libres con todo y que sus correcciones liberalizantes fueron fecundas.


El proceso comenzó a generalizarse en Latinoamérica, pero con resultados tan desiguales como desigual fue su implementación. Si comparamos los países que mejor han implementado políticas liberalizantes con aquellos que se han empeñado en proteger sus mercados y conservar su burocracia mercantilista -mercantilismo no es sinónimo de comercio, sino de proteccionismo estatal- veremos que los primeros son más prósperos y menos corruptos y los segundos son más corruptos y más pobres. ¡Ah! También hay menos desigualdad en los primeros que en los segundos.


La verdad es que no hay país en el mundo que verdaderamente defienda y practique el libre mercado y realmente defienda a la masa de los excluidos. Esos son ideales que proponemos los amantes de la libertad y de la dignidad de las personas -que solemos ser llamados “liberales” por estos lares y “conservadores” por otros-pero que jamás han sido plenamente implementados en lugar alguno. Eso sí: en la medida que se han llevado a cabo, se ha mejorado la economía y la convivencia humana, mejorando el nivel de vida de todos.


El problema es que los neoliberales, o neosocialistas -como igualmente se les puede llamar, por su apego al estatismo controlador-, no se han atrevido a extirpar el cáncer estatista que tiene regado como una maligna metástasis en su organismo. Mientras más difundido en el cuerpo social las incoherentes y nefastas políticas incompatibles con el bien de las personas, peor es el daño a la res pública. No son los principios respetuosos de la libertad humana, que supuestamente promueve el neoliberalismo, los que lo han llevado al fracaso, sino aquellas estructuras diseñadas para controlar esa libertad desde un centro planificador, supuestamente benévolo, incubada en esa tendencia al estatismo a la que sucumben los que aspiran al poder.


Los pueblos de nuestra América Latina están hartos de que se les mienta y se les trate como ganado. La verdad es que no saben quién les miente ni quiénes son los que se creen ser sus dueños, pero nuestros políticos ciertamente son los que los mantienen en esa situación. Los eternos protegidos de los políticos son los que tratan a los ciudadanos consumidores como su hato propio. Los políticos a su vez son los proxenetas de la clase protegida. La política está llamada a ser una noble profesión, pero de hecho es la más corrompida. Es sabido que el poder corrompe, y a mayor poder mayor corrupción. Nuestras constituciones han tratado de regular cada instancia de la vida nacional y controlar toda acción humana. Esto en sí constituye un poder corrompido y corruptor. A esto se le añade esa grave enfermedad que es la discrecionalidad que le damos a nuestros “servidores públicos” para que determinen qué hacer y cuándo. Esta discrecionalidad, dada con la supuesta confianza de que se otorga a personas honorables, es un poder que corrompe a funcionarios y a ciudadanos que no pueden lograr aquello a que tienen derecho sin engrasar la palma de quien tiene las facultades discrecionales. Por eso, la función de una constitución es la de limitar el poder y la discrecionalidad de los funcionarios públicos.


Esa ira de nuestros pueblos que los está llevando a elegir a demagogos socialistas va a repercutir contra todos, ricos y pobres. Estas cosas no se pueden arreglar con reclamaciones de honestidad y moralidad. El hombre está profundamente marcado por el pecado original -sí, pecado-. Es por eso que tenemos que presuponer que los gobiernos, que manejan el poder, va a atraer a todos los gángsters y mafiosos que quieren repartirse el botín expoliando a las personas más productivas con la supuesta excusa de repartirla a los necesitados. Si no entendemos este mecanismo, base de la corrupción, no vamos a solucionar el problema ni a tener una política sana. Necesitamos suponer que cada funcionario público y político es un candidato a la corrupción y necesitamos tenerlo vigilado y controlado muy de cerca, limitándole su poder y delimitando estrechamente su campo de acción. Los ciudadanos deben ser considerados inocentes hasta ser hallados culpables, pero los funcionarios públicos y los políticos necesitan ser considerados criminales habituales que necesitan probar constantemente su inocencia.


Cuando un político, al final de su vida ha logrado demostrar claramente su honestidad, no ha hecho más que cumplir con su deber, pero en nuestro medio, ello es heroico.

FUENTE: INSTITUTO LIBERTAD DE PANAMÁ

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