Desde hace un tiempo me vengo planteando la necesidad de escribir sobre un tema tan delicado como lo es el del Genocidio Armenio. Más aún, por el hecho puntual de que a casi 100 años de su aniversario, muchos amigos ajenos a la causa me preguntan porque todavía tocamos este tema que debería haber sido archivado.
“I should like to see any power of the world destroy this race, this small tribe of unimportant people, whose wars have all been fought and lost, whose structures have crumbled, literature is unread, music is unheard, and prayers are no more answered. Go ahead, destroy Armenia. See if you can do it. Send them into the desert without bread or water. Burn their homes and churches. Then see if they will not laugh, sing and pray again. For when two of them meet anywhere in the world, see if they will not create a New Armenia.”
William Saroyan
Para hablar del genocidio armenio es importante hacer una suerte de síntesis que permita entender lo sucedido. Armenia es un país independiente desde la caída de la URSS. Sin embargo fue el primer reino que adoptó el cristianismo como religión oficial en el año 301 después de Cristo. Fue un Reino independiente hasta que el Imperio Otomano lo invade. A partir de ahí los armenios fueron sometidos al yugo turco, que tratándolos como ciudadanos de segunda, limitaron sus derechos en todos los sentidos. A tal punto que se podía probar el filo del sable en la cabeza del “kiavur” (infiel) sin ser penalizados por la ley.
A fines del siglo XIX, el último sultán del imperio previo a su transformación a república, se encargó de matar a más de 300,000 armenios en Adana. Abdul Hamid II sería luego desplazado por el Comité de Unión y Progreso, también conocidos como jóvenes turcos. Talaat Pasha era el Ministro del Interior y líder de este espacio, que haciéndole creer a los armenios de que sus vidas mejorarían a partir del apoyo brindado a estos, fue quien ejecutó la orden de dar comienzo al primer genocidio del siglo XX. De casi 3 millones de súbditos armenios, un millón y medio fueron asesinados de las formas más viles que uno se pueda imaginar. Todo armenio que hoy vive en la diáspora sufrió la muerte de algún antepasado en este crimen de lesa humanidad.
A partir de esta cuestión, Mustafá Kemal Ataturk, juzgaría en ausencia a los tres líderes del C.U.P. que idearon el genocidio. Pero fue el quien también se encargó de terminar con lo comenzado por los jóvenes turcos. Y hacía 1923, con el nacimiento de la República de Turquía, ya casi no quedaban armenios en suelo turco.
A lo largo de estos casi 100 años, la única respuesta del gobierno turco fue de negar lo acontecido. Hasta el mismo genocida Adolf Hitler hizo alusión a sus generales previo a invadir Polonia de que nadie hablaba de la causa armenia para hacer ver el grado de impunidad. Por lo tanto, como puedo yo, descendiente de armenios, quedarme callado frente a tremenda injusticia?
¿Cómo es posible que se me pida que deje este asunto en el pasado? Yo sigo viviendo mi vida, como argentino y como armenio, pues fue la Argentina la que adoptó a mi familia y nos permitió desarrollarnos. Pero no me puedo olvidar de los derechos que se le quitó a mi pueblo. De cómo se violaron los derechos de una forma irreproducible y de cómo al día de hoy se insiste en negar que ese Genocidio tuvo lugar. Los presidentes de los EEUU han hecho falsas promesas de que dirían el termino genocidio, aunque cuando ya ganaban las elecciones romperían su palabra para no ofender a su aliado. Lo mismo pasa con el pueblo israelí, que sufrió el mismo destino que el del pueblo armenio. Y sin embargo no quieren hacer enojar a su aliado.
Por lo tanto, mi voz no será callada. Todos los días son 24 de abril. Todos los días vivimos pensando en que más se puede hacer. Pero por sobre todo, pensando en que hay un millón y medio de mártires, cuya memoria hay que honrar, y es por ese motivo que no me permito desistir hasta que se haga justicia.
Publicado en Libertad y Progreso
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