Política

Un tributo personal a Peter Bauer, por el Premio Nobel James Buchanan

“Peter me motivó primero a expresar interés en el cargo, y luego a aceptar la invitación cuando me fue ofrecida. Mientras tanto logró de alguna manera cumplir con la tarea más difícil, la de lograr que la Universidad me invitara—un neófito venido de las remotas tierras de la academia Norteamericana”.

James Buchanan

Considerándolo
de manera objetiva, e independientemente de una larga amistad personal, Peter
Bauer tuvo una influencia formativa en mi carrera. Casi sin ayuda, orquestó mi
primer año en la Universidad de Cambridge en 1961-62. Cerca de 1960, cuando
Peter estaba por trasladarse de Cambridge al London School of Economics (LSE),
se dio cuenta de que había un espacio abierto para las cátedras de finanzas
públicas luego de la partida de Alan Prest; Peter me motivó primero a expresar
interés en el cargo, y luego a aceptar la invitación cuando me fue ofrecida.
Mientras tanto logró de alguna manera cumplir con la tarea más difícil, la de
lograr que la Universidad me invitara—un neófito venido de las remotas tierras
de la academia Norteamericana.

Vivir entre las tribus de Cambridge me
abrió los ojos al mundo a veces idealizado de las charlas elevadas y del
esnobismo de Oxbridge; pero ser invitado por Sir Dennis Robertson a un banquete
en Trinity College y ver lo mejor de James Meade y lo peor de Joan Robinson son
experiencias que se guardan como tesoros—lo último siendo más sorprendente
porque más tarde Peter me contó que fue asistente de Joan por dos años en su
época de estudiante.


Durante
mis tres estadías en el LSE, todas durante los 1960, Peter y Basil Yamey, su
coautor, fueron mis mejores amigos tanto en la sala común como en la escena
social fuera de los pasillos académicos. A lo largo de muchas comidas en los
establecimientos Bauer, Buchanan o Yamey, resolvimos casi todos los problemas
del mundo y sujetamos a nuestros compañeros economistas al criticismo que
realmente merecían. Ir de compras por las tiendas de antigüedades londinenses
con Peter Bauer, un hombre de gusto impecable, fue para mí la entrada a una
cultura a la que sólo podía aspirar, nunca alcanzar. Sin embargo habían
ocasiones en las que Peter parecía no encajar en el nicho que quería ocupar,
como en el Hurlingham Club, un establecimiento que parecía ser más señorial
incluso que la mejor compostura de Bauer.


Peter
Bauer fue uno de los primeros conferencistas distinguidos, si no es que el
primero, que Warren Nutter y yo invitamos a la Universidad de Virginia luego de
que estableciéramos el Centro Thomas Jefferson para Estudios de Política
Económica y Filosofía Social; el Centro se haría notorio en la atmósfera cargada
de ideología de los primeros años de la Guerra Fría. Luego, en sus viajes
frecuentes a Estados Unidos durante los 1970, 80 y 90, Peter se convirtió en un
visitante regular en Charlottesville, Blacksburg y
Fairfax.


El valor
que le daba a las cosas buenas se extendía también a la comida y la bebida. Le
dio un elogio supremo a mi esposa Ann, una muy buena cocinera natural, cuando
comentó que “la comida es buena en esta casa”. Puedo oír su voz en este momento
con esas palabras, y varias veces le he sugerido a Ann que escriba un libro de
cocina con ese título.


Peter
Bauer era, antes que nada, un simple economista que valoraba la honestidad por
encima de todo, y no uso la palabra “simple” de forma ligera o provocativa. Para
Peter Bauer, la economía era una materia simple, con relativamente pocos
principios básicos; lo que se requiere es franca honestidad en la aplicación de
esos principios a los problemas con que nos enfrentamos en el mundo real. Esta
habilidad y disposición para cortar a través de la compleja jerga de la economía
moderna no le sirvió de mucho en los concursos de popularidad disciplinaria. En
cierto sentido podría decirse que Peter Bauer fue un seguidor directo de Adam
Smith, tanto en su entendimiento de que los incentivos afectan el
comportamiento, como en su disposición de extender el postulado de la
racionalidad para incluir a los campesinos así como a los comerciantes y, muy
importante, a los burócratas. La opción pública como programa investigativo se
encarnó, naturalmente, en los análisis de Bauer sobre los esquemas politizados
de desarrollo de mediados de siglo. Despreciaba a los charlatanes del templo y
aprovechaba toda oportunidad para desenmascararlos. ¿Quién que haya conocido a
Peter Bauer no recuerda sus recortes de notas de prensa que reflejaban
absurdidades en el discurso económico? Parece que de una u otra forma Peter
pensaba que esas absurdidades no ganarían el día, o al menos no estaba dispuesto
a resignarse a ese prospecto; pero
talvez hay
menos honor entre los mercaderes de las ideas del que Peter reconoció. No
entendió que muchos de sus colegas en el mundo académico no dan valor a la
verdad
tal cual.
Sin embargo no era ingenuo en su acercamiento a lo que es la verdad y al proceso
de descubrimiento; de hecho, fue Peter Bauer quien me sugirió específicamente
que leyera a David Stove como un antídoto al Popperismo simplista que dominaba
la metodología de los economistas.


Peter
Bauer pensaba que tenía una obligación moral de exponer las mentiras que decían
sus colegas, y aunque sin duda sentía que sus propias ideas fueron vindicadas
por las vueltas de la historia, permanecía pesimista ante los prospectos de un
orden liberal viable. Los mentirosos están siempre con nosotros, y ni los
eventos de la historia ni el triunfo de las ideas van a retener a aquellos que
subvierten la verdad que, en el terreno de la política económica, debe
defenderse continuamente. Esta verdad ciertamente ha perdido a un
campeón.


 


James M.
Buchanan, Premio Nobel de Economía 1986, es Académico Asociado Distinguido del
Cato Institute.


 


 

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