Economía y Sociedad, Política

Uruguay: del bipartidismo al multipartidismo bipolar

Políticas Públicas
La democracia uruguaya se edificó, ya a principios del siglo pasado, sobre la disputa por el poder entre los dos partidos políticos más antiguos de América Latina, Colorado y Nacional (o Blanco), cuyas identidades se remontan a los años de la “Guerra Grande”. Desde entonces, estos partidos políticos lograron adaptarse a los múltiples desafíos que les presentaba la transformación del sistema político.

La democracia gozó a partir de entonces de una solvencia envidiable para los usos y costumbres de la región e, incluso cuando se produjeron interrupciones autoritarias, esos gobiernos tuvieron amplias participaciones civiles y encontraron un crucial apoyo en algunas estructuras de los partidos políticos tradicionales. Sin embargo, en los últimos años el lugar común se desplazó hacia la desaparición del histórico bipartidismo como consecuencia de la irrupción, entre aquellos partidos centenarios, de un tercer partido de centro-izquierda.

En las elecciones presidenciales del último domingo de octubre de 2004, por primera vez desde la aparición de los partidos Colorado y Blanco, accedió a la jefatura de Estado un dirigente venido de un tercer partido: el líder frenteamplista Tabaré Vázquez se impuso en la primera vuelta a los partidos tradicionales. En consecuencia, corresponde preguntarse: ¿Cómo han sido las transformaciones vividas por el sistema de partidos uruguayo? ¿Qué incidencia ha tenido el cambio del sistema electoral?, y en tal caso, ¿Cuál ha sido la dinámica impuesta desde entonces por tales reglas? El argumento aquí mantenido es que las reglas de juego han condicionado el desempeño del sistema de partidos, incentivando una competencia bipartidista entre los grandes partidos tradicionales. No obstante, cuando la competencia se tornó multipartidista, en un intento por detener el ascenso de la izquierda, las reglas de juego fueron modificadas.

Estas nuevas reglas dispusieron una estructura de incentivos diferente a la anterior y la consecuencia fue la consolidación de la competencia multipartidista, aunque ahora con una marcada tendencia hacia la bipolaridad. A partir de tales interrogantes, en los próximos dos apartados se analizarán las relaciones entre el diseño institucional (y en particular, el sistema electoral) y los sistema de partidos.

Establecidas las bases teóricas, nos detendremos sobre la evolución del caso uruguayo, poniendo mayor énfasis sobre la dinámica política que el sistema de partidos ha presentado en los últimos años. Finalmente, serán propuestas algunas conclusiones acerca del cambio en la dinámica del sistema político que imprimen las mutaciones en los sistemas electoral y de partidos políticos. Las últimas dos elecciones (1999 y 2004) sugieren una configuración nueva para el sistema de partidos políticos uruguayo. El crecimiento del Frente Amplio, y en general del bloque progresista, se dio a costa de los electores que históricamente habían apoyado a los partidos tradicionales, tal como se ve reflejado en la evolución de los resultados electorales.

Si el ascenso del Frente Amplio pudo sugerir, en algún momento, un escenario de tercios con el Partido Colorado en el centro y el Partido Nacional en la derecha, los hechos posteriores parecen sugerir un escenario diferente. Así, el consenso entre los partidos tradicionales a favor de las reformas de 1996, el apoyo brindado por el Partido Nacional a la candidatura de Batlle en 1999 y la posterior incorporación de blancos en el gabinete batllista, el apoyo de los principales dirigentes blancos a la posición oficial en el referendo por ANCAP, son hechos que vienen a plantear un escenario donde el multipartidismo moderado se desenvuelve según una lógica bipolar que enfrenta a los bloques “tradicional” y “progresista”.

El nuevo sistema electoral, diseñado para alejar a la izquierda del gobierno, parece tener mucho que ver con este nuevo escenario partidista. Tal como se decía antes, parece probable que dadas las reglas de juego actuales (elecciones presidenciales mayoritarias, con un calendario concurrente), siempre que se mantenga un bajo nivel de polarización ideológica, el diseño institucional resulte favorable a la conformación de coaliciones estables en el ballotage. El caso uruguayo no ha avanzado explícitamente hacia tales coaliciones, no obstante lo cual ha mantenido una competencia moderada y centrípeta, en donde la distancia ideológica es reducida.

Si bien las identidades históricas de los partidos tradicionales se han construido alrededor de la mutua confrontación (de igual manera que la identidad frenteamplista se ha edificado sobre la confrontación con los partidos tradicionales), ambos partidos se han mostrado próximos en muchos temas, siempre a la derecha del bloque progresista. Por otra parte, el desarrollo del caso uruguayo parece ser un buen ejemplo de la “inversión” de las proposiciones de Duverger sugerida por Colomer en un trabajo reciente, y que muy sintéticamente fue planteado más arriba. Si el anterior sistema electoral fue establecido en un escenario político dominado por los partidos Colorado y Nacional, de manera que las reglas introducidas venían a consolidar las posiciones políticas de ambos, el establecimiento de nuevas reglas de juego, ahora más favorables al multipartidismo, ocurrió cuando el bipartidismo tradicional ya era cosa del pasado, y tres partidos relevantes se repartían casi la totalidad del electorado.

En esta dirección, a sabiendas que las reglas de juego condicionan la competencia política al imponer poderosos incentivos a los actores, son los actores los que establecen las reglas electorales que más fortalezcan su propia posición política. Las posteriores elecciones departamentales mostraron a un Frente Amplio sólido en todo el país y que, tal como se encargaron de puntualizar los voceros del oficialismo, por primera vez había penetrado en el interior uruguayo. No obstante, estos resultados deben ser tomados aun con cautela: la evidencia comparada incida que en estas honeymoon-elections el partido del presidente tiende a obtener resultados sensiblemente superiores a los logrados en la anterior elección no-presidencial (véase Shugart y Carey 1992:242-253).

Por este motivo no parece haber aun razones suficientes para afirmar la definitiva penetración de la coalición frenteamplista en históricos bastiones electorales de los partidos tradicionales. Además esto puede verse en el futuro agravado por el mismo motivo de éxito en esta ocasión: dado que las elecciones departamentales en el futuro se seguirán realizando pocos meses después de las elecciones presidenciales, una hipotética victoria de los partidos tradicionales puede constituir un duro golpe para el Frente Amplio, porque aquellos sumarían a su histórico predominio en el interior, la ganancia arrojada por el “momento” de la elección. Este ha sido el principal motivo por el cual se ha evitado introducir la reciente elección departamental en el análisis precedente. Tomando todas las precauciones implícitas en un pronóstico, quizás sea esperable que el polo de derecha conserve sus dos etiquetas y aproveche las ventajas que el sistema institucional les brinda para aliarse sin renunciar a identidades que, nacidas en un largo recorrido histórico, forman parte del imaginario político de amplios sectores de la sociedad uruguaya. Por el contrario, el Frente Amplio ahora deberá hacer frente a las tensiones propias de la gestión de gobierno, lo cual es probable que introduzca “motivos” de discordia y división, y que algunos evalúen romper lanzas con el partido y lanzarse como independientes.

Sin embargo, todo parece indicar que en el mediano plazo el Frente conservará su identificación como representante de la izquierda uruguaya, y entonces siga comportándose como un polo de atracción para estructuras de izquierda más pequeñas, las que tenderían a aglutinarse a su alrededor. En consecuencia, bajo los incentivos del diseño institucional, tales tensiones tenderán a canalizarse ya sea en nuevas facciones o en mayores diferenciaciones entre las facciones existentes. Cabe preguntarse si los partidos tradicionales estarán dispuestos a resignarse tan fácilmente a esta nueva situación, tras más de un siglo de predominio político, en especial cuando sólo han perdido una elección presidencial. En efecto, numerosos partidos han sido derrotados en repetidas ocasiones y, tras un período de regeneración, han sido capaces de recuperar terreno, sólo basta ver la “resurrección” del APRA tras la caída de Alberto Fujimori. Este es, por supuesto, un escenario completamente factible, aunque requiere una profunda transformación de las visible “giro a la izquierda” por medio del cual intentó disputar identidades de los partidos tradicionales, de manera tal que el electorado frenteamplista.

Es cierto que, a la postre, dejen de competir ambos por el mismo (y decreciente) Larrañaga no logró derrotar a Tabaré, pero el resultado espacio del “mercado electoral”. En esta dirección pareció estuvo muy por encima de los pronósticos, y logró el mejor moverse el derrotado candidato blanco, Jorge Larrañaga, resultado nacional desde la victoria en las elecciones en las últimas elecciones presidenciales al protagonizar un presidenciales de 1989. Las posibilidades de reversión de una tendencia que lleva dos décadas de sostenido avanceparecen ser menores si los partidos tradicionales permanecen atados a sus identidades históricas y, en ese caso, sus oportunidades electorales estarán vinculadas a la modernización de su oferta a un electorado insatisfecho.

Fuente: CADAL

(Esto es un extracto. Recomendamos su lectura completa adjuntando un .pdf del informe)

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