Domingo Fontiveros
Nunca se sabrá cuánto costó traer desde sus remotas bases a la flotilla rusa que visitó hace poco las aguas caribeñas, invitada por la Armada venezolana. Pero no es muy complicado intuir que algo pagamos todos.
Los rusos, como turistas, pasearon, compraron gangas y sufrieron algunos disgustos propios de la cotidianidad capital. La visita coincidió con la derrota del modelo electoral chavista y el agotamiento de la continuada bonanza petrolera.
Nada de lo que pueda sentirse orgulloso el gobierno. Y menos para llenar de entusiasmo mercantil a la vieja Rusia, hoy convertida en una mala imitación del capitalismo autoritario y pujante de los chinos.
Frente a la derrota política en las urnas, el gobierno optó por darle otra vuelta al tambor y lanzarse con una enmienda para la reelección presidencial indefinida, evidentemente prematura según los tiempos constitucionales, ya que faltan 4 largos años del “tercer” período por cumplir.
Aunque quiere aprovechar el delgado hálito de mayoría otorgado por poco menos del 53% de los votantes antes que pueda disiparse por el simple transcurso de los días; desde el punto de vista del país es por lo menos irritante mantener la tensión polarizante en lo político, justo después de terminar una estresante campaña y apenas comenzando la temporada decembrina.
Otra urgencia, que refuerza a la anterior, surge de la perspectiva petrolera incierta. Nadie puede asegurar con certeza qué va a ocurrir con el precio mundial del petróleo en las próximas semanas o meses. Si la sacudida económica mundial no se sabe exactamente cuándo comenzó, mucho menos cuándo va a terminar o cuáles serán sus efectos globales.
Pero es indiscutible que el país de Jauja está cerrando un nuevo ciclo. Obviamente, el gobierno venezolano no quiere jugar a la ruleta rusa mientras observa cómo se malogra con los días la última línea de su cuenta de pulpero, y aguardar tiempos mejores para su enmienda.
Todo lo contrario, prefiere lanzarse al mismo juego aunque en una nueva contienda electoral donde ambiciona lograr que el CNE le otorgue la mayoría para aspirar al poder perpetuo.
El gobierno siempre ha actuado en política interna como si nada estuviera pasando, encaramado en su control del poder y en una abusiva manipulación hasta de sus propios partidarios. Sigue igual. Es decir, no ha pasado nada en las elecciones recientes ni en la estabilidad de sus finanzas.
La oposición no ha ganado nada y lo que pase con el petróleo más incidencia tiene para él que para el país. Quiere consolidar su poder antes que llegue el futuro, no importa demorar lo necesario para enderezar las cuentas nacionales. En esa ruleta, apuesta fuerte. Todavía no el resto, porque de perder este referéndum, tiene otras cartas posteriores, incluyendo una constituyente para volver a poner al país en ascuas, con tal de lograr su cometido. Lo que va quedando como obra permanente es la provisionalidad continua.
Todo es precario. Desde los amigos hasta los aliados. Desde el resto de las autoridades nacionales y locales, hasta las normas de la Constitución. La ciudadanía desarmada tiene que refugiarse en el voto y su resistencia como únicas defensas. El juego se le pone cada vez más chiquito al régimen. Y la gente recobra con velocidad la conciencia de su verdadero poder.
Fuente: Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (CEDICE)














