Pensamiento y Cultura

El Emperador Constantino

Entre las personas más influyentes de la Historia se encuentra, sin duda, el emperador Constantino el Grande, conocido, sobre todo, por su victoria en la batalla del Puente Milvio y por la proclamación del Edicto de Milán del año 313, que supuso la libertad para el cristianismo.

Con él el mundo de Roma y Grecia deja atrás el panteón de los dioses olímpicos y adopta, en sus instituciones y su legislación, el cristianismo, sin renunciar al legado clásico.

La conocida fusión de Roma, Atenas y Jerusalén cristaliza a partir de Constantino, y, con variados altibajos, ha constituido el fundamento del mundo occidental. Al menos hasta hace poco. Por eso, y por las complejidades y detalles de su vida y gobierno, conviene conocer las líneas generales de su biografía y su aportación. Y el libro de Pohlsander es exactamente eso: una obra breve que repasa las facetas más destacadas de Constantino, así como la interpretaciones de que ha sido objeto desde su época hasta hoy.

Pohlsander (profesor emérito en la Universidad de Albany) ofrece una síntesis bastante útil que, a su vez, señala las fuentes y autores que permiten ahondar en la materia, desde Zósimo, Eusebio de Cesarea o Lactancio hasta Mommsen o T. G. Elliot. La exposición, por término general, resulta honesta, pues se describen los pasajes de cada capítulo con todas las dudas o aspectos en su controversia. De esta forma, el lector puede entender qué hay de discutido y polémico, y hasta qué punto los distintos historiadores aportan comentarios y argumentos de mayor o menor consistencia. Así, este libro se convierte en una guía, una base a partir de la cual tener abiertos los recursos para acudir a obras más logradas o extensas. Ese tono de pintura general, con sus episodios esbozados de manera correcta, permite que ciertas erratas –como el siglo “XVIII” de la p. 45 en referencia a la “Donación de Constantino”– se corrijan solas con la lectura.

Por otra parte, Pohlsander se queda corto en varios puntos: no cita a Hidacio, no gradúa la parcialidad de Zósimo, soslaya el ascendiente de Helena sobre su hijo Constantino, no aporta los repetidos precedentes –por ejemplo, Marcial o Tácito– de actitud hostil a lo judío en el mundo romano. En otras pinceladas, aunque advierte los errores y prejuicios de historiadores como Gibbon, el autor cae en determinados excesos de medida relativos al peso de aquel emperador sobre la Iglesia, siguiendo la tradición anglosajona.

De hecho, ensalza al británico Robin Lane Fox, notable historiador cuya visión sobre la religión pagana y la cristiana, empero, adolece de distorsión con grados alternos de condescendencia y frialdad. Su valoración sobre la elección de Constantinopla como “nueva Roma” resulta superficial, no sólo equivocada o gratuita (p. 114). Con todo, quizá el único fragmento realmente flojo del libro sea la narración del Concilio de Nicea, al conceder un exagerado protagonismo a Constantino –cuya influencia sobre los obispos se ejerció, a fin de cuentas, por medio de una “puesta en escena” que los impeliera al consenso–, y restarlo a clérigos como san Atanasio, Alejandro o Eusebio de Cesarea. Además, habría venido bien que Pohlsander bosquejara en su amplitud la proyección esencial de esa mezcla de Helenismo, Oriente y Cristianismo que fue el Imperio de Bizancio, una de las grandes herencias del gobierno de Constantino.

Autor: Hans A. Pohlsander

Ediciones Rialp. 
Madrid (2015). 
136 págs. 
12 € (papel) / 6,99 € (digital). 
Traducción: Miguel Martín.

 


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