Economía y Sociedad, Política

¿Se nos aleja el modelo español?

El presidente Zapatero cuestiona ahora el espíritu de la Moncloa. La España política de 2006, ¿es entonces la misma que la de 1977? En este año fundacional, la democracia española elaboró por consenso un modelo económico y político al que le fue fiel durante treinta años. Si bien la persistencia del modelo económico de España está asegurada, ¿puede decirse lo mismo del modelo político?

Mariano Grondona
Vuelvo de Madrid fascinado y preocupado. Fascinado por haber percibido la pujanza económica que está convirtiendo a España en uno de los países más dinámicos y a Madrid en una de las capitales más atractivas de Europa. Pero también preocupado porque, si bien en lo económico España continúa su impetuosa marcha, en lo político su andar vacila desde el momento en que el gobierno de Rodríguez Zapatero ha empezado a cuestionar el espíritu de la Moncloa.

Como se recordará en 1977, dos años después de la muerte de Franco, la derecha y la izquierda españolas, que se habían agredido despiadadamente durante la guerra civil de 1936-1939, se reconciliaron y se dispusieron a empezar de nuevo, esta vez en democracia.

Este acuerdo constitucional quedó inscripto en los pactos de la Moncloa que firmaron todos los partidos españoles. En lo económico, el consenso de la Moncloa abrió camino a la exitosa integración de España en la Unión Europea. En lo político, la democracia española pasó a un sistema de alternancias en virtud del cual el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) gobernó de 1982 a 1996 con Felipe González, y el Partido Popular (PP) gobernó de 1996 a 2004 con José María Aznar.

En vísperas de una nueva elección que parecía prometerle otro período de gobierno al PP, sin embargo, estalló el atentado terrorista del 11 de marzo de 2004 en Atocha. Súbitamente, en cuestión de días, el electorado español giró entonces sobre sus pasos para devolverle el poder al PSOE, que ya no estaba en manos de Felipe González sino de José Luis Rodríguez Zapatero.

El presidente Zapatero cuestiona ahora el espíritu de la Moncloa. La España política de 2006, ¿es entonces la misma que la de 1977? En este año fundacional, la democracia española elaboró por consenso un modelo económico y político al que le fue fiel durante treinta años. Si bien la persistencia del modelo económico de España está asegurada, ¿puede decirse lo mismo del modelo político? Y si el modelo político español está cambiando, ¿hacia dónde se dirige? He aquí una pregunta vital para los argentinos y latinoamericanos que habían visto brillar, desde España, un potente faro.

¿Otra democracia?

En 1977, los españoles habían fundado un régimen bipartidista . Este régimen consiste en que dos partidos se alternan en el poder, procurando vencerse pero no aniquilarse porque ambos coinciden en los principios fundamentales. Esto es lo que sucede en las democracias avanzadas donde, sea quien sea el ganador de las elecciones, ninguno de los dos “asociados-competidores” del sistema procura destruir al rival ni denunciar los principios que ambos han acordado.

No es que los republicanos o los demócratas en los Estados Unidos, ni los laboristas y los conservadores en el Reino Unido, dejen por eso de competir intensamente en busca de la victoria electoral. Su agresividad competitiva no llega a tanto, sin embargo, como para intentar, en vez del pluralismo, el monopolio de la vida política.

No sólo los Estados Unidos y el Reino Unido adhieren a estos principios fundamentales. Lo hacen, en general, todas las democracias avanzadas. Es así como los países que hoy muestran los índices más elevados de progreso económico y social son aquellos que aseguran la persistencia del modelo bipartidista a lo largo del tiempo.

Desde 1977, y después de siglos de inestabilidad, España se había sumado al lote de estos países “ganadores”. El presidente Zapatero, ¿marcha ahora en dirección contraria? La pregunta es tan angustiosa como válida porque de manera creciente, desde que llegó al poder, Zapatero parece haberse propuesto reemplazar el bipartidismo español con un sistema de partido dominante , el PSOE, rodeado por una pequeña corte de partidos locales como los que prevalecen en Cataluña y en el País Vasco, mientras sus dardos se concentran contra el PP, al que busca diezmar de diversas maneras aunque sea a costa del bipartidismo que ambos habían compartido hasta ahora.

¿Cómo lo intenta?

Denunciando, mediante una activa campaña, los pactos de la Moncloa al insistir en que ellos se celebraron sólo entre una derecha impenitente y una izquierda tímida, quizás hasta traidora, la de Felipe González. Según esta nueva visión, la Moncloa fue en el fondo un acuerdo “de derechas” mientras los auténticos socialistas, que tienden a identificarse de nuevo con los “rojos” de la guerra civil, empiezan a denunciar retrospectivamente cada vez más los “excesos ” de la dictadura de Franco, magnificándolos unilateralmente en busca de una nueva memoria en virtud de la cual la derecha y la izquierda no habrían cometido excesos equivalentes que debían perdonarse recíprocamente sino que en verdad hubo un solo exceso, un solo “demonio”, cuyo recuerdo revive a setenta años de distancia.

Con esta mirada se propone a los españoles, y sobre todos a los jóvenes que no habían nacido en los tiempos de la guerra civil, una nueva memoria, como si la memoria no fuera individual , lo que cada uno recuerda, sino colectiva . Lo que se propone entonces ya no es la reconciliación entre los dos bandos de otrora sino la revancha de uno contra el otro, una revancha que se habría demorado por demasiado tiempo. Una revancha por efecto de la cual hasta el rey Juan Carlos quedaría como la única excepción contemporánea de una España que volvería a ser, después de él, republicana.

¿Y nosotros?

Habiendo sido nuestra “madre patria”, España ha servido como un faro luminoso o engañoso a los navíos latinoamericanos. Hasta los pactos de la Moncloa, el extremismo de sus gobiernos alimentó entre nosotros a una derecha recalcitrante o a una izquierda radicalizada. Mientras otros países avanzados entraban por la senda del progreso político y económico, así, esa España inestable nos tironeaba de los faldones. Pero los pactos de la Moncloa nos pusieron de pronto delante de una madre patria democrática y desarrollada. Si nuestra madre había demostrado su compatibilidad con los tiempos modernos, ¿por qué no podríamos esperarla también nosotros?

Esta ejemplaridad española se sigue manteniendo en el terreno económico. Después de haber corrido detrás de países como la Argentina en el campo económico hasta hace apenas treinta años, España se proyectó hacia el futuro, alimentando nuestras ilusiones. Pero el modelo español que nos alentaba no era sólo económico, sino también político. Si la España de Zapatero renuncia a su dimensión política al salir en busca ya no del bipartidismo sino del monopolio político, lo que nos queda por temer es que deje de ser gradualmente una alternativa salvadora al empedernido autoritarismo latinoamericano. Es que también entre nosotros, antes aún que en España, los partidarios de la memoria selectiva y de la revancha monopolizadora se han venido imponiendo en más de un país ¿Seguirá la madre otrora ejemplar, entonces, el desvarío de sus hijos descarriados?

Si el espíritu de la Moncloa vuelve a reinar en la madre patria, la esperanza de sus hijos quedará salvada. Pero, si no es así, ¿tendremos que buscar en nuestros propios países, desde el Chile ejemplar hasta el propio Brasil y un Uruguay que no se despiste ahora con la memoria unilateral, el horizonte de superación al que no nos resignamos a darle la espalda?

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Mariano Grondona es Abogado y Doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es Conductor del programa de televisión Hora Clave y autor de la columna dominical del Diario La Nación (Argentina).

Fuente: Diario La Nacion (Argentina)

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