América, Economía y Sociedad

¿Son morales nuestras fuentes de energía?

Los californianos deberían recordar que cuando respaldan los “mandatos de energías renovables” y verdes que hacen subir los costos de la electricidad, ahuyentan a las empresas y se arriesgan a sufrir apagones parciales.

La energía es el principal recurso, como solía decir el difunto y gran economista Julian Simon.No se puede producir nada en gran cantidad si no se cuenta con una energía eléctrica asequible.Mis hijos aprendieron esa lección por las malas cuando nos quedamos sin electricidad debido a una ventisca hace varios meses. Bienvenidos, les dije, al siglo XIX. No les gustó demasiado.

Damos por hecho la energía hasta que no la tenemos o su precio sube y no podemos pagar todo lo que necesitamos.

Los californianos deberían recordar que cuando respaldan los “mandatos de energías renovables” y verdes que hacen subir los costos de la electricidad, ahuyentan a las empresas y se arriesgan a sufrir apagones parciales.

Gracias a la revolución de la energía procedente del petróleo de esquistos, tenemos cientos de años de petróleo, gas y carbón. Somos la Arabia Saudita del carbón y pronto vamos a ser la Arabia Saudita del gas natural.

Se trata de formas de energía eléctrica baratas, abundantes y que crean empleo en Estados Unidos. De hecho, sin los empleos que ha creado la industria del gas y el petróleo, Estados Unidos no habría tenido creación neta de empleo durante los últimos cinco años.

Pero ahora nos dicen que el auge de los combustibles fósiles es en realidad una maldición, puesto que emitir carbono contribuye al calentamiento global.

Por supuesto, toda forma de energía, desde la energía nuclear a los molinos de viento, implica riesgos y costos. Pero ahora contamos con un nuevo y magnífico ensayo de la experta en energía Kathleen Hartnett White, de la Fundación de Normativa Pública de Texas. Y tiene un título muy provocador: “The Moral Case for Fossil Fuels” (Juicio moral de los combustibles fósiles).

Su tesis es bastante lógica si se piensa en ello: “La energía asequible es la fuente de la vida misma. La usamos para comer, refugiarnos, vestirnos y todo lo que necesitamos para vivir una vida productiva”.

White observa también que una energía barata supone el mayor balance posible en términos de igualdad de niveles de vida. “Los pobres”, explica, “son los que más se benefician de una energía barata, por lo que mantener una elevada producción de energía y unos precios bajos es el mejor programa antipobreza”.

Vaya. Un argumento poderoso. Lo que White no está diciendo es que las normativas medioambientales que incrementan los costos de la energía son injustas y puede que incluso inmorales, ya que privan de una vida feliz a los grupos sociales más deprimidos.

En general, un impuesto sobre el carbono o la energía perjudicaría en mayor medida a quienes sufren una situación de pobreza y malnutrición desesperada. Por ello, el movimiento contrario a los combustibles fósiles supone un pesado impuesto de carácter regresivo para las personas pobres.

¿Cuál debería ser entonces nuestra política energética nacional? ¿Qué pasaría si se dejase que el libre mercado decidiera qué forma de energía  puede producir lo que necesitamos al menor precio? ¿No es así cómo funcionan casi todas las demás industrias?

Eso significaría librarse de los subsidios pagados por el contribuyente para todas las formas de energía (y ya que estamos, podríamos cerrar el Departamento de Energía, que parece dedicarse únicamente a mantener altos los precios de la energía).

El petróleo y el gas reciben subsidios, pero en relación a la producción total, ese respaldo del contribuyente es minúsculo comparado con los de las energías “renovables”, tanto eólica como solar.

¿Es moral tomar el dinero de los contribuyentes sin su consentimiento para beneficiar a una industria sobre otra?

¿Es moral tener una política energética que, de manera intencionada, mantiene altos los precios? ¿Es moral eliminar cientos de miles de posibles empleos en Estados Unidos y exportarlos a China, India y México cuando tenemos 18 millones de americanos desempleados?

¿Es moral que los grandes donantes del Partido Demócrata, que han invertido fuertemente en las energías verdes, obtengan una devolución de parte de ese dinero de la campaña mediante rebajas fiscales, exenciones fiscales y otros regalos propios del asistencialismo corporativo?

La respuesta a todas estas preguntas, esperemos, es no. Kathleen White nos enseña una lección de sentido común: que una política energética de libre mercado es positiva desde un punto de vista económico y moralmente superior a cualquier otra política imaginable.

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