Korea, Taiwán y Singapur se convirtieron en economías milagrosas —creciendo a un 8% anual— mediante la apropiada división de trabajo con la cual los sectores público y privado se concentraron en lo que cada uno hacía mejor. El gobierno se concentró en la ley y la justicia, una revolución verde, y la infraestructura. El sector privado mejoró las industrias de manufactura y de servicios.
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