En términos modernos, había democracia y libertad, aunque diferentes de las que ahora rigen en los países industrializados. La democracia o participación política del ciudadano era radical en el sentido de que la asamblea podía ejecutar sin juicio a un ciudadano (como Sócrates) o a un general que hubiese perdido una batalla (una de las razones por las que Atenas pierde la guerra contra Esparta).
Carlos H. Blohm
Hace veinticinco siglos, en Grecia ya existía la participación del ciudadano en las decisiones que impactaban su realidad política y material. El ciudadano griego clásico podía votar en la asamblea para elegir sus representantes, sus líderes militares, y modificar las reglas que regían su intercambio de bienes y servicios con la sociedad.
En términos modernos, había democracia y libertad, aunque diferentes de las que ahora rigen en los países industrializados. La democracia o participación política del ciudadano era radical en el sentido de que la asamblea podía ejecutar sin juicio a un ciudadano (como Sócrates) o a un general que hubiese perdido una batalla (una de las razones por las que Atenas pierde la guerra contra Esparta).
No había lo que los padres fundadores y el pueblo estadounidense, grandes perfeccionadores de la democracia, llamaron checks and balances, a fin de respetar los derechos del individuo, que no pueden (por razones morales) ni deben (por razones económicas) ser irrespetados. La revolución francesa de 1789 adoptó el principio de Rousseau según el cual las mayorías deciden, ya que el soberano no puede tener límites en su poder. En cambio, la revolución americana de 1776 respetó los derechos individuales (con la excepción dolorosa de la esclavitud) siguiendo el modelo anglosajón basado en los derechos naturales, expresados en la Carta Magna del siglo XIII, masificado al pueblo por la revolución inglesa a fines del siglo XVII y, finalmente, elevado a su máxima expresión con la constitución americana de fines del siglo XVIII, continuamente perfeccionada mediante las enmiendas.
La noción de Rousseau desembocó en imperios y dictaduras no respetuosas de los individuos, sirviendo de inspiración a Napoleón, Lenin, Stalin, Mussolini y Hitler, entre otros. La visión de los americanos, al contrario, ha sido adoptada en mayor o menor grado por todas las naciones que han progresado política y económicamente, sobre todo a partir del fin de la II Guerra Mundial y la Guerra Fría.
Los países que se han beneficiado del capitalismo global, han seguido alguno de estos dos caminos: primero la libertad política (Alemania, Japón, Rusia, Europa Oriental, y ahora India); o primero la libertad económica (Corea del Sur, Taiwan y China), para luego gradualmente tener las dos libertades, columnas del desarrollo. La participación ciudadana es clave para el progreso espiritual y material de las sociedades que quieren avanzar. No participa el que es coaccionado o impedido en sus libertades o derechos cívicos. Nuestra herencia hispana fue en ese sentido mucho más cercana a la de Rousseau, sustituyendo el soberano monárquico por “cesarismos democráticos”, y en ambos el concepto básico es “yo sé más que tú, yo pienso por ti, déjame mandar y te irá mejor”, con lo cual se entrega algo indelegable voluntariamente: la libertad.
El Instituto Fraser de Canadá clasifica a los países de acuerdo con un índice de libertad económica. Junto con muchos vecinos latinoamericanos, nunca hemos sido un país liberal, con la excepción, quizás, del período de Páez en el siglo XIX, que motivó que nos desarrolláramos como una potencia cafetera y cacaotera durante ese siglo y principios del siguiente. Nuestro bajo índice de libertad económica explica en gran parte la falta de inversiones y de crecimiento económico. Nuestra herencia hispana aunada a la política de despojos luego de las guerras de Independencia y Federal, hizo que nos mantuviéramos en el atraso institucional y con una actitud generalizada de que tanto los contratos como la propiedad privada en sí deben someterse a los intereses coyunturales del soberano de turno.
En los años 60 y 70 la democracia trató de moderar la tendencia absolutista, pero la ideología socialista de los partidos de turno impidió avanzar mucho en ese aspecto. Continuo la actitud de irrespeto hacia el trabajo y hacia la acumulación del ahorro, que es el capital, espantando así la inversión privada. Controles de precio, de salarios, de condiciones laborales, de cambio y nacionalizaciones de las principales industrias exportadoras, fueron los principales enemigos del progreso, hasta que la renta petrolera ya no pudo sostener el crecimiento y entramos en el último cuarto de siglo de estancamiento y desasosiego.
Si la mayoría de nosotros ante el riesgo de poder perderlo todo, comenzamos a valorar nuestra propiedad como dicen encuestas e investigaciones recientes, podría haber un cambio en esta tendencia.
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Fuente: CEDICE (Venezuela)
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