El nivel académico español no juega en la primera división del conocimiento y divulgación del saber en el mundo globalizado.
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Sábado, 10 de octubre 2026

El nivel académico español no juega en la primera división del conocimiento y divulgación del saber en el mundo globalizado.
Desde el año 2003 se publica anualmente la valoración de las primeras quinientas universidades del mundo, elaborada por la Universidad Jao Tong de Shanghai. No es una clasificación infalible ni tampoco perpetua. Varía de año en año, pero las diez primeras son siempre norteamericanas con la inclusión de Cambridge y Oxford ocasionalmente. La valoración incluye seis indicadores objetivos entre los que se cuentan los premios Nobel, el número de alumnos y profesores, publicaciones en el ámbito académico internacional…
Este mes de agosto, en pleno suspense sobre cuándo sería el debate de investidura, preocupados por si habría o no terceras elecciones en un año, ha salido el informe correspondiente al 2015. La Universitat de Barcelona se encuentra entre las primeras doscientas, lo que ha sido señalado con satisfacción por los medios catalanes. La versión más divulgada es que no había ninguna entre las primeras ciento cincuenta y que después de la UB venían la Autònoma de Barcelona, la Autónoma de Madrid, la Complutense, la Pompeu Fabra, la Politécnica de Valencia, Granada… Trece en total entre las mejores 500 universidades del mundo. Precariedad total.
El nivel académico español no juega en la primera división del conocimiento y divulgación del saber en el mundo globalizado. La escasa presencia de universidades españolas entre las mejores del mundo no parece preocupar a nadie. Y menos a los políticos que se preparan para hacer posible una investidura por los pelos y a gobernar con una precariedad política que convertirá esta o la siguiente legislatura en un campo de batalla ideológico y de intereses partidarios.
Se intenta gobernar en contra. En el Homenot de Prat de la Riba de Josep Pla, lo recordaba Marc Arza en un tuit reciente, Prat tenía la noción de los estadistas europeos y no la de los gobernantes españoles. En España, apuntaba Pla, un gobernante no es otra cosa que un opositor momentáneamente triunfante que aplica y realiza sus ideas de oposición. Esto explica por qué en España no se gobierna nunca a favor de algo, sino siempre en contra de algo… Se aprecia siempre más una mentalidad destructiva que constructiva.
Esta intransigencia, esta mentalidad de oposición entre los que gobiernan también, se ha puesto de relieve en las siete reformas educativas desde la transición. Esto no puede ser. Esto es una barbaridad, una falta de visión, un tomarse la política como si fuera la finca particular de un partido, de un líder o de una idea. Cada vez que gobierna la derecha hace tabla rasa de la ley educativa de la izquierda y cuando entran los socialistas barren los vestigios de las reformas conservadoras. El ministro Wert fue fiel a esa desdichada tradición y ahora se pretende aplicar su ley educativa mientras él disfruta de un retiro dorado en un cargo público y bien retribuido en París.
Los alemanes criticaron tanto los éxitos de Bismarck, el que consiguió la unidad del país en 1870, que acabaron echándole del poder con la aquiescencia del frívolo káiser Guillermo. Pero un legado muy significativo fue el haber instituido un bachillerato cuyas líneas fundamentales todavía perduran en la Alemania de hoy.
El país está más instruido y mejor educado que hace cincuenta años. Es cierto. Y son muchos los jóvenes y no tan jóvenes españoles que se encuentran estudiando y trabajando en las primeras universidades de la lista de Shanghai. Pero la insensibilidad de todos los gobiernos, de la política española en general, para conseguir una universidad de primera división es alarmante y muy perjudicial para todos.
José Antonio Marina, filósofo y pedagogo reconocido, ha escrito hace poco que una de las prioridades de la próxima legislatura tendría que ser la aprobación de un pacto educativo que se mantuviera vigente más de una generación.
El país no será mejor o peor en función de los gobiernos cambiantes que se avecinan. Será un país de calidad, competitivo respecto al mundo del saber, si mejoran las escuelas y se convierten las universidades en centros de investigación, de trabajo serio y de apertura intelectual para que los docentes sean los mejores. Visto desde fuera y con todas las salvedades posibles, nuestras universidades tienen que dejar de ser feudos endógenos y abrirse al mundo con el salvoconducto obligatorio del inglés, la lengua franca de hoy.
No pido, por imposible supongo, la aparición de una Institución Libre de Enseñanza presidida por primera vez por Laureano Figuerola bajo el impulso de Francisco Giner de los Ríos. Tampoco bajar el nivel de exigencia para que todos obtengan una licenciatura. La universidad exige más presupuesto y más rigor y profesionalidad para estar, por lo menos, entre las cien mejores del mundo. No hay inversión mejor. Los chinos ya lo han entendido.
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