Política

La paradoja del control y la izquierda política

Históricamente, y casi como un mantra, la izquierda ha repetido majaderamente que uno de los más graves problemas del capitalismo es la concentración de (inserte aquí lo que quiera: poder, dinero, bienes, y un largo etcétera) prácticamente lo que sea.


Se ha sostenido en repetidas veces que un sistema como el capitalista propicia los monopolios y el “acaparamiento”, dejando la mayor cantidad de bienes en manos de unos pocos, y una muy reducida parte de ellos repartidos entre la gran parte de la población.

Independiente de si el lector es venezolano, chileno, estadounidense, cubano, o el país que quiera, este discurso lo ha visto recitado en todos los medios, de todas las formas posibles, en volantes, folletos, canciones, películas, poemas, y, por supuesto, artículos científicos.

Un análisis detenido de los grandes autores del capitalismo, o en su vertiente política, el liberalismo con todos sus matices, nos demuestra que este sistema, lejos de permitir o propiciar las concentraciones y monopolios, los rechaza y aborrece, y aplicado puramente los ataca y propende a su eliminación. Si bien no es el objeto de este texto explicar esta correlación de ideas, si es de nuestro interés analizar la “brillante” idea de la izquierda para acabar con la concentración de (como dije, lo que sea) bienes: concentrar todo en el Estado.

En diversas oportunidades, participando de foros de discusión, frente al tópico del control de los bienes, la izquierda responde con un rosario de calificativos del tipo “impresentable”, “inmoral”, “terrible” para referirse a la dicha concentración; pero, paradojalmente la solución que nos proponen es la del control, ahora no de unos pocos, sino del Estado.

La primera objeción que suele ser realizada es ¿acaso no es el Estado un grupo pequeño?, ¿qué diferencia hay en que controlen unos pocos privados a que controlen unos pocos funcionarios estatales?. La respuesta que la izquierda nos tiene preparada es simplemente poética: el Estado somos todos.

Lamento decepcionar a mis compañeros de izquierda, pero yo, por lo menos, no soy parte del Estado. El Estado no me paga un sueldo, el Estado no me proporciona una oficina para trabajar, el Estado no me paga las vacaciones; peor aún, para poder pagar a los funcionarios, el Estado me quita dinero todos los días, desde que pago el microbus hasta que me compro una cajetilla de cigarrillos… y les tengo un secreto: el sueldo de los funcionarios se paga con nuestros impuestos.

Si el Estado fueramos todos, y no solo un grupo de funcionarios pagados con nuestros impuestos, ¿qué sentido tendrían los derechos civiles y políticos?. Estos surgieron como una garantía frente al soberano, frente al Estado, y si el Estado fuésemos todos, no tendría lógica tener derechos de los cuales somos sujetos pasivos y activos a la vez. El Estado es una construcción ideal distinta de los ciudadanos, el Estado no somos nosotros, por eso debemos protegernos de él.

La segunda objeción a esta “magnífica” solución de la izquierda, es que no podemos pretender acabar con la concentración y el control de (insisto, lo que se nos ocurra) los bienes, controlándolos. Aceptar esta burda solución es rendirnos ante la idea de un Estado conformado por funcionarios casi angelicales, de absoluta verdad e infinito conocimiento, que podrán distribuir de manera completamente justa los bienes. Es una pena destruir el castillo de nubes de la izquierda, pero lo cierto que en el Estado hay corrupción, ineficiencia y ineptitud, como en cualquier otra organización humana.

La evidencia es notable en este sentido: allí donde hay una regulación, hay un monopolio. Claros ejemplos son las patentes o derechos de autor, la protección de secretos industriales, y los beneficios que “altruistamente” entrega el Estado a ciertos sectores para la explotación de recursos considerados estratégicos. Dime donde hay un monopolio y te diré donde está el Estado.

Barreras de entrada y salida a los mercados, subsidios a determinadas empresas, regulaciones de sospechosa conveniencia para ciertos empresarios en desmedro de otros, no se presentan de manera natural, sino que son producto de la intervención del Estado. Sin ir más lejos, en Chile, durante la década de los sesenta, como una medida de protección de la producción nacional, existía un sistema de aranceles aduaneros, tasas e impuestos a los productos importados que llegaba a multiplicar hasta en 14 veces el valor real de un producto, haciendo que la producción dentro del país fuera una mina de oro, y todo esto a expensas del consumidor final.

Para concluir, y siendo muy sintético: no podemos eliminar el control de los medios dejando que sean controlados por el Estado; no es sino cuando el Estado interviene que se generan estas distorsiones; o, como dijera Ronald Reagan: “El Estado no es la solución de nuestros problemas, es la causa”. He ahí la paradoja.

© Libertad.org

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