Si no hay un consenso básico sobre la historia, se abre la puerta al disparate.
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Sábado, 10 de octubre 2026

Si no hay un consenso básico sobre la historia, se abre la puerta al disparate.
La historia de las naciones es tanto lo que se quiere recordar como lo que se quiere olvidar. Si se esconden aspectos del pasado, vuelven a resurgir en un futuro, según las conveniencias políticas o ideológicas del momento. Los silencios de hoy se convertirán en proclamas abiertas de mañana.
Las ideas de ayer, los personajes de ayer no pueden ser resucitados por la historia de hoy, con las ideas de hoy, con los hombres de hoy. Así lo expresaba Josep Pla en su homenot de Enric Prat de la Riba. La historia no puede ser tratada con los criterios del romanticismo que tanta confusión y violencia causaron en la Europa del siglo pasado. La historia no se crea, sino que se rehace desde las fuentes que van apareciendo.
Lo que tratamos de olvidar es precisamente lo que deberíamos recordar para tener una idea equilibrada de nuestro pasado, teniendo en cuenta que la historia no está tejida por manos inocentes, sino por los que la han escrito desde el poder político de cada momento y desde la correspondiente hegemonía cultural.
La fiesta del 12 de octubre se ha ideologizado en demasía y se han tomado decisiones que no responden al relato histórico, sino a la instrumentalización de los hechos. Colón descubrió un mundo nuevo sin saberlo. A su vuelta dio parte de su epopeya a los Reyes Católicos en el Tinell de Barcelona o en Sant Jeroni de la Murtra de Badalona. Puede que hubiera dos encuentros.
La destrucción del auto judicial por parte de un concejal de la CUP en Badalona no tiene nada que ver con la historia sino con la histeria. Lo mismo cabe decir de la decisión de Ada Colau al borrar el nombre de Samaranch de un obsequio que el expresidente del COI y principal impulsor de los Juegos Olímpicos de 1992 regaló a Maragall. Samaranch fue franquista. Pero también fue un representante de la sociedad civil de su época, en la que había muchos, muchísimos, franquistas. Como embajador en Moscú hizo posible la aproximación entre Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo. Su figura es recordada en Rusia y los chinos le han dedicado una calle en Pekín. A través del deporte sirvió a soviéticos y chinos. Oportuna inteligencia.
En Barcelona le hemos dedicado una calle insignificante en Montjuïc y hemos borrado su nombre de un maletín que regaló al Ayuntamiento de Barcelona. Es una bofetada al alcalde Pasqual Maragall, que le tenía una gran estima, a su familia, a la sociedad civil y a muchos barceloneses de a pie.
Cuenta Santos Juliá en su Historia de las dos Españas que la mayor y más decisiva originalidad del discurso de la guerra elaborado por los vencedores consistió en partir de esa retórica de las dos Españas para construir sobre sus cenizas el mito de la única España verdadera, auténtica, en lucha a muerte contra la otra España, que no era en realidad una verdadera España, sino la anti-España.
No hemos avanzado mucho. Quizás porque España es un país inacabado.
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