¿Qué hace falta para convertir las atrocidades de Corea del Norte contra los derechos humanos en una cuestión apremiante para el mundo libre?
CLIVE CROOK, editor jefe del
The Economist durante muchos años, escribía el otro día que solía pensar que su decisión más acertada en la publicación se produjo en junio de 2000, al dar el visto bueno a la que se convertiría en
una de las portadas más memorables en la historia de la revista — la foto del dictador de Corea del Norte Kim Jong Il, “con aspecto asombrosamente absurdo”, saludando rígido a los congregados. El titular sobre la fotografía rezaba: “Saludos, terrícolas”.
La investigación de la ONU, encabezada por el ex presidente del Tribunal Supremo australiano Michael Kirby, llega a la conclusión de que “la gravedad, la escala y la naturaleza” de la monstruosidad de Corea del Norte carecen de rival hoy. Por supuesto no faltan
dictaduras que violan los derechos humanos, en un mundo que alberga a Siria, China, Pakistán, Irán y similares. Pero como documenta la comisión de Kirby, las animaladas de Corea del Norte no son “simples excesos del Estado”. Remontan directamente a la esencia de un sistema ideológico que el mundo lleva tolerando más de medio siglo. Y los horrores que ha alumbrado ese sistema son integrales en su alcance:
“Estos crímenes contra la humanidad”, concluye el informe, “entrañan el exterminio, el homicidio, la esclavitud, las torturas, el encarcelamiento, la violación, la interrupción forzosa del embarazo y otros ejemplos de violencia sexual, la persecución por motivos políticos, religiosos, raciales o sexuales, el desplazamiento forzoso de poblaciones, la desaparición forzosa de personas y el inhumano acto de provocar hambrunas prolongadas con conocimiento de causa”.
Durante más de 400 folios, las conclusiones de la comisión suponen una lectura reconocidamente larga y pesimista. Pero puede usted abrirlos por donde quiera y leer una muestra de la miseria sádica que es la vida cotidiana en Corea del Norte.
Un único ejemplo: En un apartado que debate el trato que reciben los proscritos “repatriados” — refugiados norcoreanos atrapados en China y obligados a volver — la comisión se detiene en la especial crueldad infligida a las embarazadas. En la mayoría de los casos, la mujer es obligada a interrumpir el embarazo, inducido a veces a través de métodos tan violentos y primitivos “como palizas, patadas y otros traumas de la zona abdominal y pélvica” hasta que se produce el aborto. Cuando una mujer logra llevar a puerto su embarazo, declararon testigos presenciales, los alguaciles ordenan “a la madre o a un tercero que mate al bebé asfixiándolo o ahogándolo”.
¿Qué hace falta para convertir las atrocidades de Corea del Norte contra los derechos humanos en una cuestión apremiante para el mundo libre? Los horrorosos campos de concentración del país, donde se mata de hambre, se tortura y se obliga a trabajar hasta la muerte a víctimas inocentes por cientos de miles, han perdurado el doble que
el gulag soviético, y 12 veces lo que
el campo de concentración Nazi de Auschwitz. Nelson Mandela pasó en la cárcel 27 años, y gente de todo el mundo se manifestó por su libertad. En los años 80, los manifestantes anti-apartheid celebraron una
vigilia ininterrumpida, 24 horas al día, en los exteriores de la embajada de Sudáfrica en Londres, negándose a marcharse hasta que Mandela fuera puesto en libertad. ¿Quién se manifiesta en defensa de la libertad de los mártires de Corea del Norte? ¿Dónde están las vigilias ininterrumpidas en su nombre?
“Debería de darnos vergüenza”, afirma el juez Kirby, “que no se adopten medidas a consecuencia de este informe”.
Las conclusiones de la ONU han suscitado nuevos llamamientos a la imposición de sanciones económicas a Corea del Norte. Algunos expertos insisten en que impedir el acceso de Pyongyang al sistema bancario global
puede obligar a reformarse al régimen. Pero las sanciones nunca obrarán el milagro. Ningún régimen tan monstruoso se derrumbará nunca hasta que el mundo civilizado resuelva primero, con irrecusable convicción, imponer su relevo. Eso significa reconocer que el mal de Pyongyang forma parte de su esencia misma — y que nos dé “auténtica vergüenza” el tiempo que hemos tolerado que exista ese mal.
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