América, Economía y Sociedad

La letal voluntad del Doctor Emanuel

En sus 5.000 palabras de ensayo publicadas en el Atlantic, Emanuel — que dirige el Departamento de Ética Médica y Legislación Sanitaria de la Universidad de Pennsylvania — anuncia que una vez cumpla los 75, rechazará prácticamente todos los cuidados médicos. Se acabarán las vacunas de la gripe, las colonoscopias y las demás pruebas preventivas, nada de marcapasos ni de cirugías.


LOS ANCIANOS son tal engorro, ¿no? Al Doctor Ezekiel Emanuel se lo parece. La mitad de los mayores de 80 años sufren “limitaciones funcionales”, escribe el reconocido analista en materia de legislación sanitaria y artífice clave de la reforma sanitaria ObamaCare, en el número de octubre de la revista The Atlantic. Uno de cada tres estadounidenses de más de 35 años sufre Alzheimer. Los ancianos tienen mayor tendencia a quedar discapacitados, o al menos “a debilitarse y contraerse”. Pierden su impulso creativo. No aportan “al empleo, a la sociedad, al mundo”. En lugar de ser considerados “vibrantes y abiertos”, se vuelven “endebles, ineficaces, hasta patéticos”.

Especialmente desagradables son los progenitores mayores, que pueden ser muy irritantes: “Marcan expectativas, emiten juicios, imponen sus opiniones y en general son una presencia de desánimo hasta para los menores adultos”, denuncia Emanuel. Al vivir demasiado tiempo, los progenitores se cargan su oportunidad de dejar a su descendencia “los recuerdos idóneos”. No hay nada peor, insiste, que ser recordado no como cuando estabas en tu momento álgido, sino como cuando eras anciano y decrépito — “contrahecho y torpe, olvidadizo y reiterativo, preguntando todo el tiempo ´¿Qué ha dicho?´” Dejar atrás recuerdos de nuestra fragilidad “es la tragedia definitiva”.

Y eso, afirma solemne Emanuel, es el “Por qué espero morir a los 75“.

En sus 5.000 palabras de ensayo publicadas en el Atlantic, Emanuel — que dirige el Departamento de Ética Médica y Legislación Sanitaria de la Universidad de Pennsylvania y tiene pendiente el nombramiento en la red de centros sanitarios del Instituto Nacional de Salud Pública — anuncia que una vez cumpla los 75, rechazará prácticamente todos los cuidados médicos. Se acabarán las vacunas de la gripe, las colonoscopias y las demás pruebas preventivas, nada de marcapasos ni de cirugías. “Si desarrollo un cáncer, rechazaré el tratamiento”, escribe. Ni siquiera tomará antibióticos para curar una neumonía o una infección, optando mejor por ser llevado por la muerte “rápida y relativamente indolora” a la que normalmente conduce una infección que no es tratada.

O eso dice él.

El debate en torno a los recursos sanitarios que consumen los ancianos de América lleva décadas abierto. Siendo candidato a la gobernación de Massachusetts en el año 1990, el antiguo rector de la Universidad de Boston John Silber generó una polémica famosa al responder a una pregunta de la factura de las cirugías de los ancianos afirmando: “Cuando has tenido una vida larga y estás preparado, entonces es hora de marcharse”. El Presidente Obama ha insinuado lo propio, aunque con mucho más tacto. En el año 2009 citó la cirugía de cadera de su abuela terminal, cuestionando públicamente si las cirugías tan caras de enfermos terminales son “un modelo sostenible” de atención sanitaria.

Con los años Emanuel ha reflexionado de manera enérgica en torno a estas cuestiones, pero sus reflexiones no son el motivo de su ensayo del Atlantic. Su argumento no se mide en dólares y centavos, sino en calidad de vida. La muerte es una pérdida, pero “vivir demasiado también es una pérdida” — de vigor, de independencia, de productividad, de inteligencia, de ambición. Si nos fiamos de su palabra, no puede soportar la idea de perder capacidades a medida que envejece. Lamenta la forma en que los ancianos aprenden de manera gradual a “dar cabida a sus limitaciones físicas y mentales en su vida cotidiana” — jubilándose de una profesión, teniendo aficiones, haciendo y retándose menos.

“Cuando caminar se vuelve más difícil y los dolores de la artritis limitan la movilidad de los dedos, la vida se reduce a sentarse en el sofá a leer o escuchar libros grabados y hacer sopas de letras”. Emanuel, cuyo ensayo se acompaña de una fotografía de él con dos sobrinos en el Monte Kilimanjaro, preferiría morir de neumonía antes que vivir así. Sostiene que desde luego “no me burlo ni menosprecio a la gente que quiere seguir viviendo” a pesar de los achaques de la edad. Pero es difícil tomar en serio esa puntualización, cuando la idea entera de su ensayo es que una vida limitada no es digna de vivirse.
 

Se burla de los estadounidenses que hacen ejercicio, resuelven rompecabezas y consumen “varios zumos y mezclas proteínicas” en su búsqueda de una vida más larga. “Desesperación maníaca”, lo llama. “Desencarrilada”. “Potencialmente destructiva”. ¿Eso no es burlarse?

A lo mejor Emanuel pretende ser provocador simplemente. Reconoce que los 75 son una edad arbitraria a calificar como frontera entre una vida vibrante y una vida de achaques. Admite que tiene “incontables conocidos que tienen más de 75 años y están muy bien”. Al comienzo de su ensayo, afirma que “Yo estoy seguro de mi postura” — pero muy al final, reivindica el derecho a cambiar de opinión una vez llegue su 75 cumpleaños.

Emanuel tiene hoy 57 años, lo que le concede 18 años para pensar detenidamente su letal voluntad, y tal vez aprender que los achaques de la edad avanzada pueden ser tan maldición como bendición. Ser capaces de aceptar los dolores y los obstáculos de la mortalidad exige una dosis de valor y de dignidad con la que se nos bendice a muy pocos — o podemos imaginar — en nuestra juventud. El propio padre de Emanuel, que tiene 87 años hoy, ha perdido mucho. Su carrera profesional ha terminado. Su hijo le tacha de “torpe”. Y aun así el anciano caballero se declara feliz.

Emanuel puede lamentar la perspectiva de acabar como su padre. Pero es que todavía es joven, y todavía no es sabio.
  

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú