“Mientras los partidarios de las presentes políticas agrarias distorsionadoras del mercado no tienen intención de perjudicar a las naciones en desarrollo, el efecto colectivo de la política agraria norteamericana es devastador para los productores de bienes agrarios de todo el mundo”.
Libre Comercio
Cuando el primer ministro
británico Tony Blair se reunió con el presidente Bush la semana pasada, animó a
Estados Unidos a incrementar sustancialmente su ayuda a África. Es probable que
la presión sobre Bush se multiplique durante las próximas semanas, mientras
prepara su partida a la cumbre del G8 en Escocia. A pesar de las presiones
políticas, incrementar el presupuesto de la ayuda exterior norteamericana sería
un error. La causa real de la pobreza de África es el largo historial del
continente de mala gestión por doquier – un problema que es exacerbado por el
proteccionismo comercial de los países ricos, particularmente con respecto a la
agricultura.
Mientras los partidarios de las
presentes políticas agrarias distorsionadoras del mercado no tienen intención de
perjudicar a las naciones en desarrollo, el efecto colectivo de la política
agraria norteamericana es devastador para los productores de bienes agrarios de
todo el mundo. Puede que la política agraria norteamericana proporcione
beneficios a corto plazo para los productores agrícolas norteamericanos, pero
esos beneficios son más que superados por el precio que pagan los consumidores
norteamericanos en forma de impuestos más altos, para apoyar a los granjeros
norteamericanos y para pagar precios más altos por los bienes agrícolas.
Mientras tanto, los aranceles, las cuotas y los subsidios de exportación de
Estados Unidos exacerban la pobreza en regiones como el África subsahariana,
donde la gente depende fuertemente de la agricultura.
La frustración y la desesperación
causadas por estas políticas, a su vez, minan la seguridad norteamericana. La
gente que depende de la agricultura para su supervivencia tiene a menudo un
acceso limitado a la información. Poco familiares con las motivaciones
económicas e históricas tras la política agrícola norteamericana, esos
individuos perciben que la política agraria norteamericana encaja imponentemente
en una narrativa agresiva diseñada por agoreros que afirman que Estados Unidos
intenta mantener al resto del mundo en la pobreza. Las protestas de los
funcionarios del gobierno norteamericano en sentido contrario típicamente caen
en oídos sordos.
La política agrícola
norteamericana mina los esfuerzos de Estados Unidos por aliviar la pobreza,
porque reduce los precios agrícolas globales, lo que a su vez cuesta centenares
de millones de dólares a los países en desarrollo en beneficios de la
exportación. Solamente las pérdidas asociadas a los subsidios del algodón
sobrepasaron el valor de los programas de ayuda norteamericana a los países
implicados. La organización británica de ayuda Oxfam denuncia que los subsidios
norteamericanos llevaron directamente a la pérdida de más de 300 millones de
dólares en beneficios potenciales para el África subsahariana durante la
temporada 2001/02. Más de 12 millones de personas en esta región dependen
directamente del cultivo, obteniendo un productor medio a pequeña escala menos
de 400 dólares de una cosecha de algodón anual. Al perjudicar las condiciones de
vida de gente que se encuentra ya al borde de la subsistencia, la política
agraria norteamericana ilustra que la mano derecha coge lo que la mano izquierda
da en asistencia y ayuda al desarrollo.
Algunos quieren corregir ese
problema incrementando la ayuda exterior, pero la transferencia de pagos ha
fracasado a la hora de estimular el crecimiento económico de África, donde el
ingreso medio por persona se encuentra un 11% por debajo de donde se encontraba
en 1960. La ayuda de estado a estado es ineficaz, porque se pasa a menudo en
consideraciones geopolíticas, no en un criterio económico. Como consecuencia,
los regímenes que menos lo merecen reciben ayuda. Organizaciones internacionales
como el Banco Mundial son también enormemente ineficaces. En el 2000, por
ejemplo, la Comisión Meltzer, bipartidista, concluyó que los proyectos de ayuda
del Banco Mundial fracasaban entre un 55 y un 60% de las
veces.
La ayuda es ineficaz a causa del
decepcionante modo en que es gobernada África. En los últimos años, de cada
dólar que se entrega a África en ayuda, 80 centavos son robados por líderes
corruptos y transferidos a cuentas bancarias occidentales. En total, el
presidente nigeriano Olusegun Obasanjo estima que “los líderes africanos
corruptos han robado al menos 140 billones de dólares a su gente a lo largo de
cuatro décadas desde la independencia”. Falta todo eso cuando estos regímenes
colapsan con el tiempo en una deuda pública masiva.
Existe aún otro problema práctico
con el enfoque de “subsidios mas ayudas”. Fuerza a los contribuyentes a pagar
dos veces – una vez para apoyar subsidios ineficaces, y después otra para pagar
los programas de ayuda a los países perjudicados por tales políticas. William R.
Cline, miembro del Institute for International Economics y del Center for Global
Development, estima que la liberalización comercial global ahorraría a las
naciones desarrolladas 141 billones de dólares al año, y proporcionaría
beneficios económicos por valor de 87 billones de dólares al año a los países en
desarrollo.
En la medida en que la seguridad
norteamericana depende de la expansión de instituciones democráticas liberales y
de la economía de libre mercado, los legisladores norteamericanos tienen que ser
particularmente sensibles a las políticas que impulsan la pobreza en el mundo en
desarrollo. Como afirmó el presidente de Uganda, Yoweri Museveni, durante su
reunión con el presidente Bush en el 2003, “No quiero ayuda; quiero comercio. La
ayuda no puede transformar la sociedad”.
Los economistas del desarrollo han
destacado este mensaje durante años. Los subsidios norteamericanos y el
proteccionismo irritan particularmente a esos países que han intentado hacer
funcionar reformas de mercado, sólo para ver a sus productores desechados por
bienes subvencionados en el mercado mundial “libre”. Incluso aunque Estados
Unidos no es ni de lejos el peor ofensor del mundo desarrollado en lo que se
refiere a prácticas comerciales injustas, Estados Unidos debería dar ejemplo y
eliminar sus políticas agrarias distorsionadoras del mercado. Perjudican a la
mayoría de los intereses de los americanos, e inutilizan los esfuerzos
norteamericanos por aliviar la pobreza en los rincones más pobres del
globo.
Christopher Preble director de
estudios de política exterior del Cato Institute. Marian L. Tupy director
asistente del Proyecto de Libertad Económica Global del Cato.
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