EN medio de complejísimas contradicciones internas y externas mil 100 millones de habitantes en un espacio territorial de 3 millones 300 mil kilómetros cuadrados la India emerge como poderosa potencia económica en el planeta.
Cooperación
Una de esas paradojas notorias, enraizada en la médula variopinta de sus autoctonías, consiste en el perpetuo combate entre la historia y el futuro, la milenaria tradición y la estallante modernidad transformadora, el atraso social crónico y el crecimiento espectacular en diversas vertientes de su economía.
Impulsada por nuevos reacomodos electorales, y bajo el influjo de reformas operadas en el seno de segmentos esenciales de su aparato productivo, la India registra ciertamente un auge notabilísimo pero, también, enfrenta problemas superlativos vinculados con el crecimiento poblacional (en tres décadas se ha duplicado su pueblo y superará al de China en 2050) y con la persistencia, y aún el encono, de trágicas desigualdades. Ello, bajo una atmósfera signada por el disolvente terrorismo y una antigua e incesante violencia separatista surgida hace mucho en diversas regiones de su inmenso territorio.
El gobierno central proclaman los insurgentes olvida a las comunidades remotas: desempleo; ausencia de oportunidades; condiciones socioeconómicas adversas; ineficiente infraestructura rural; explotación desmedida de los recursos locales. Se agrava la pobreza mayoritaria. Todo ello en los ámbitos de la diversidad étnica y lingüística, con agudas disparidades de género y problemas inveterados en las castas inferiores, las minorías religiosas, los trabajadores agrícolas.
Las llamadas “reformas económicas de segunda generación” han hecho crecer al país, es verdad, pero también han ocasionado hondo malestar. El primer ministro francés, Jean-Pierre Raffarin, escribió hace días: “China se está convirtiendo nuevamente en ese polo de conocimiento, poder y prosperidad que era antes de 1800”. Mas sin embargo añadió: “Tanto en China como en la India la extrema pobreza cohabita hoy con el desarrollo a ultranza”.
¿Contradicciones? Sí, y muchas. Por un lado, la India, miembro del “club nuclear”, como Paquistán y China, ha visto multiplicarse la depauperización en sus múltiples estratos sociales pero, de forma paralela, el país ocupa un lugar preeminente en los campos de la investigación tecnológica y las matemáticas.
Fundada por los ingleses en el siglo XIX en Bangalore, cuenta hoy con una de las instituciones de vanguardia mundial consagrada a la investigación y al desarrollo de la alta matemática. No podemos ser ajenos a las nuevas configuraciones políticas que están fraguándose tanto en el Pacífico como en la India, nuestra antípoda territorial tan llena de similitudes y correlatos con México. Octavio Paz lo dejó escrito y descrito como nadie.
China e India, por ejemplo, han resuelto algunos de sus viejos problemas fronterizos. La primera reconoce el dominio de la segunda sobre el antiguo reino de Sikkim y la India el de los chinos sobre el Tíbet. Decisivo, simbólico paso en el camino de su eficaz alianza pragmática en los terrenos de los intercambios globales.
Ambas naciones sólo tienen coincidencias en la OMC. Al reconocer la necesidad de marchar unidas, superaron añejas rivalidades comerciales y desistieron de sus respectivas luchas en pos del liderazgo entre los países en vías de desarrollo en el seno de aquel organismo. India y China se entienden hoy como nunca. Dan pasos sólidos hacia una asociación estratégica de largo alcance. Por su lado, India y Paquistán llegan a un acuerdo explícito al diseñar una salida pacífica al viejo conflicto de Cachemira. Indios, paquistaníes y chinos caminan en la misma dirección.
China e India han conquistado cuotas muy altas del mercado textil en la Unión Europea, Estados Unidos y Canadá. La primera incrementará este año su participación en el de prendas de vestir en Norteamérica y saltará de 16% a ¡50%! India lo hará de 4% a ¡15%! Entre ambas controlarán ¡65%! de ese mercado.
Los renacimientos de China e India, así como sus poderosas expansiones comerciales, causan temores en Estados Unidos. ¿Qué hace México mientras tanto?: derrochar el tiempo en disputas políticas menores; sufrir tan amargas como evitables derrotas en foros internacionales; abrir nuevos y absurdos frentes de conflicto dentro y fuera del país; perder la brújula; extraviarse en el camino; tirar por la borda sus experiencias y oportunidades históricas…
En el horizonte se vislumbra la posibilidad de un acuerdo entre India y el Mercosur. Como si nada ocurriera en el mundo, México se mira el ombligo, se expone y debilita, como acabamos de padecerlo a propósito del enésimo, estruendoso ridículo de la cancillería foxiana tras su torpe y onerosa campaña por la gerencia de una OEA mangoneada por el Departamento de Estado e inútil como ha sido para encarar con decoro e inteligencia política los problemas de los países americanos.
Lastrados, como nosotros lo estamos también, por el peso de la pobreza encarnada en los segmentos sociales mayoritarios, India y China, sin embargo, resurgen a pesar de sus problemas aún más graves que los mexicanos. El desafío es gigantesco. El gobierno de Fox no lo vio ni lo entendió. No pudo con su responsabilidad. ¿Podrá el siguiente?
Fuente: El Universal – México
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