Política

“Dos tercios de la riqueza de Chile depende de empresarios muy dinámicos”

En esta entrevista con el escritor chileno Antonio Skármeta explica que Chile está muy metido en la escena global pero, vocacionalmente, se siente ligado a América Latina. Sólo que su característica extremadamente liberal ha hecho que se haya abierto a fronteras y acuerdos de manera más acelerada.

Antonio Skármeta
Luego de tres años de impecable labor en Berlín como embajador plenipotenciario,
durante los cuales la diplomacia le robó energías, lo desvelan la construcción
de personajes creíbles y queribles, narrar para divertir e interesar, culminar
la trilogía que inició con La boda del poeta y La chica del
trombón
. Antonio Skármeta, el escritor, en peligro de ser devorado por el
diplomático, se comunicó el año pasado con el presidente y amigo Ricardo Lagos
para darse de baja como embajador. El jefe de Estado chileno y él mismo estaban
más que satisfechos con su labor de tres años como promotor de los logros del
gobierno sureño y con su contribución al acercamiento de Chile a la Unión
Europea. Tan satisfechos como para dejar libre y con oxígeno al Skármeta
narrador.

¿Qué lleva a un escritor y docente
a aceptar un cargo como embajador en Berlín?


-Soy un
intelectual participativo. En la época de ascenso del pueblo y de profundización
democrática de Salvador Allende solidaricé y participé en el intento de creación
del socialismo democrático que fracasó por distintos motivos; no por el carácter
democrático de ese socialismo, ya que Chile fue un país en el que hubo hasta
libertinaje. A mí me entusiasmó y el arte chileno brotó en ese momento con una
energía singular que se derramó por todo el mundo: la literatura de Isabel
Allende, las obras musicales de los Quilapayún, el teatro, la pintura. Era una
gran expansión. Y yo fui parte de los artistas que inician su vida literaria y
creativa en torno a eso. Y después cuando viene el golpe y la represión, todos
mis intereses, como los de otros intelectuales, están en la recuperación
democrática y se organizan para lograrla. Finalmente, la gente logra estructurar
una posibilidad de derrotar a Pinochet electoralmente con éxito. Una campaña en
la que participaron muy ingeniosamente los intelectuales y los artistas. Una vez
recuperada la democracia, con un amplio consenso contra la dictadura, que
enfrentó paso a paso a la dictadura derrotada, no con una actitud
confrontacional sino mezclando etapas que fueran avanzando en la sanación del
presente. Eso a través de la investigación del pasado, de un modo moderado y
creciente que no acentuara lo confrontacional.

Y entonces ganó Lagos y le ofreció Berlín…


-Participé en su campaña porque pensé que podía llevar a Chile a buen
destino. Cuando me propuso ser embajador, sin ser yo un diplomático de carrera,
acepté porque, lo digo con la mayor humildad, no se equivocaba. En un momento
como el que vivía Chile, mandar a Alemania de embajador a un intelectual
conocidísimo en ese país, que había vivido 13 años en Berlín occidental, que
hablaba el idioma, que conocía y era amigo desde su juventud de todos los que
hoy eran ministros, jefes de Estado, directores de diarios, animadores de
televisión, que eran amigos, de café, de comida, de barrio, era evidente que era
una iniciativa muy loable. Porque durante el tiempo que fui embajador pude
mantener informado al público alemán y pude favorecer los intereses de Chile,
porque tenía un acceso creíble. El hombre que estaba exiliado por la dictadura
está de vuelta enviado por un presidente democrático, ¿quién puede dudar de él?
Por ello se me abrió un camino de mucha simpatía, una gran apertura, que yo creo
que resultó muy beneficioso para el país. Entonces ¿por qué acepté? Porque creí
y fui útil a una causa democrática, para mostrar una imagen convincente de los
pasos que se habían dado.

¿Cómo se llevan
las relaciones internacionales con la literatura?


Porque
cada vez que uno toma una iniciativa en este campo eso se va extendiendo,
ramificando, complicando. Y al final ya no tenía energías ni tiempo para
escribir. Es ahí cuando decidí que había cumplido lo que quería: fijar una
imagen determinada de Chile. Entonces renuncié para dedicarme a la literatura.


Prácticamente dos tercios de la riqueza de Chile depende de las
exportaciones y de empresarios muy dinámicos. Por eso Chile ha suscrito tratados
de libre comercio con muchos países. Esto implica que está muy metido en la
escena global pero, vocacionalmente, se siente ligado a América Latina. Es allí
donde está su identidad y su mundo. Sólo que su característica extremadamente
liberal ha hecho que se haya abierto a fronteras y acuerdos de manera más
acelerada. ¿Qué pasa con países como Argentina y Brasil que han tenido esa gran
idea del Mercosur? Tienen un tremendo mercado interno, así como México. En
cambio, si Chile no exporta, no va a otra velocidad, limita su crecimiento. Esa
condición lo obliga a una política de grandes iniciativas y de mucha
persistencia. El hecho de que haya un “consenso” sobre cuál es la política
económica (eminentemente neoliberal) que se debe seguir entre el empresariado
impide que haya conflictos serios. Básicamente, la oposición ve con buenos ojos
a Lagos que, fundamentalmente, es un ministro de Hacienda.

Respecto a la integración, ¿qué pasos tiene que dar América Latina
para la integración cultural, para que las producciones literarias de sus países
sean leídas por sus vecinos inmediatos?

-Todos los
países tenemos que reconocer que estamos débiles en esto. Nos hemos balcanizado
culturalmente. Es prácticamente imposible que un escritor mexicano esté leyendo
a un peruano, que un argentino lea a un ecuatoriano, que un panameño tenga la
menor idea de lo que está escribiendo un chileno. Solamente un grupo favorito de
escritores que tienen un temperamento cosmopolita, que abandonan su territorio y
exploran la gran industria editorial española rebotan a América Latina y pasan a
tener reconocimiento internacional. Pero la mayoría de aquellos talentos que no
tienen otro tipo de habilidades para desarrollarse y mostrarse, muchas veces
quedan encerrados en sus fronteras y eso les genera abatimiento, que es una cosa
nada buena.

¿Qué hay de los
acuerdos?


-Carecen de imaginación. Tal vez esté siendo
injusto y alguien puede replicar que hay dos o tres cosas que son grandiosas. Y
sí, las debe haber. Pero producir a esa América Latina en la imaginación es algo
que no se esté haciendo. En Europa cada vez hay más tipos de convenios, de
televisión, de intercambio. ¿Y en América Latina? Nada. O son muy reducidos o
muy modestos o muy insignificantes. Estamos en un momento en que cada país se
está rascando con sus uñas.

El rastro de la
tiranía


Chile no es todo lo moderno que mienta la
macroeconomía a la hora de enfrentar el horror que dejó la dictadura. Tiene un
pie en el jet que lo hace volar a la velocidad del desarrollo europeo. El otro,
inmovilizado por la presencia de un padre dictatorial que todo lo censura. Ese
panorama teñido por el pasado y la fragmentación es el que consigue el conductor
del Show de los Libros al regresar (otra vez) de Alemania. Es el que recoge la
novela que ganó el Planeta y que vino a promocionar Skármeta a Venezuela.


¿Ese Chile adolorido y fracturado que
muestra El baile de la Victoria fue el que se consiguió a su regreso?


-Cuando regreso a Chile consigo a un país ensombrecido
por el efecto de la dictadura. Un país pendiente de entretención absolutamente
banal y a una población extremadamente cauta que inhibe sus emociones y sus
sentimientos porque fue castigada alguna vez por un padre brutal. Como temiendo
que si da rienda suelta a sus emociones pudiera provocar algo que irritara a
este padre dictatorial que está internalizado en muchos chilenos. Esa fue la
primera impresión que tuve del Chile democrático, incluso antes del golpe a
Salvador Allende. Antes, el chileno era de una deliciosa espontaneidad, llena de
humor, de gracia, manifestaba políticamente en las calles. Ahora no. Luego
Chile, en la reconstrucción democrática, empleó grandes energías en conseguir la
pacificación del país, a través de acuerdos de grupos que habían tenido
posiciones encontradas durante la dictadura. Gracias a este acuerdo se le dio un
marco democrático al futuro de Chile que ha funcionado muy bien. Chile está
entrando fuertemente en la modernidad: es un país exportador, de negocios, la
estabilidad política permite que haya inversionistas. Todo eso está fantástico.
Pero hay un pasado que ha marcado a gran parte de la población, duelos que no se
han cerrado. Y que Pinochet haya encontrado una estratagema de carácter médico
legal para eludir el proceso que mecería crea una cierta sensación de dolor,
injusticia e ironía en mucha gente. Chile tiene mucho futuro para adelante, pero
también tiene mucho pasado. Y los grandes dolores, las grandes alegrías, las
grandes ternuras, las grandes imaginaciones, vienen de esa enorme masa que vivió
la historia con intensidad y fue su víctima. Ese Chile existe como un Chile
aledaño, parcialmente compenetrado con el Chile del futuro. Pero no se ha subido
al jet de la modernidad como la elite empresarial. De allí recluto mis
personajes, de ese otro Chile.

¿La novela
puede tomarse como una contribución a esa reconciliación que necesita Chile?


-Hasta el año pasado la discusión política venía dada
por la gente que más padeció la dictadura. Se debatió ese sentimiento
democrático según el cual sólo hay una democracia plena si se hace una limpieza
de toda la maleza, la cizaña que dejó el régimen de Pinochet. Hasta el año
pasado se hablaba de que era necesario un gesto de reconciliación. ¿Qué
significa esto para un país que en la práctica está reconciliado, pero con una
grandes reservas de dolor, de luto, de afectos heridos en millones de personas?
Que los militares institucionalmente, puesto que habían servido al dictador,
dijeran: ´metimos la pata, se nos fue la mano como institución pedimos perdón al
pueblo chileno´. Pero los militares no están dispuestos a hacer eso que se llama
el gesto. Se han democratizado, se han incorporado a la legalidad vigente,
tienen generales con temple democrático; personalmente no tengo nada contra
ellos. Pero nunca ese gesto se convirtió en realidad; sólo hubo aproximaciones.


¿Eso explica el gesto del carabinero Zúñiga? -Por eso en El baile de la
Victoria reivindico ese gesto deseado en un ser muy simple, muy ingenuo: un
carabinero común y corriente. Un hombre pobre que de pronto entiende la magnitud
de lo que ha sucedido y, por su propia parte, decide hacer este gesto. Ahora,
una novela es sólo una novela, no es un llamado a nada. Simplemente es una
historia de muchos personajes y entre ellos este policía que tiene esta
conducta. No es emblemática ni es una contribución a la reconciliación de Chile.
Es una ficción. Es una novela que hay que leerla como tal, que toma temas que
están en el aire.

Esteta sí, poeta
no


El nativo de Antofagasta no oculta sus pretensiones
estéticas, pasajes de sus narraciones lo impiden. Sin embargo, no cree merecerse
el honor de ser llamado poeta. Y es que sólo basta recordar el prólogo de
Ardiente Paciencia, en el que se acusaba de poco prolífico, para reparar en la
modestia de Skármeta. Entretanto, el “animal cachorro”, al que el exilio
convirtió en mejor escritor, anima epigramas y tiene destellos líricos, con
motivos recurrentes como la carrera contra la muerte, que emblematizan su
producción literaria.

El baile de la
Victoria explota con éxito la riqueza del lenguaje de la calle, ¿el libro que
completa la trilogía que arrancó con La boda del poeta, conserva esta
característica?


-Una de las características de mi obra,
desde el comienzo, es potenciar el encuentro entre dos tipos de cultura: la
cultura universal (la gran cultura) y la subcultura (la callejera, la
cotidiana). Creo que en mi obra, de manera singular y original, he logrado que
se crucen ambos mundos. Muchos de mis personajes, especialmente en El baile de
la Victoria tienen una textura literaria y su modo de hablar tiene algo,
incluso, histriónico. Tienen algo, aun siendo populares, extremadamente culto.
El modo de la ironía, del humor, alejándose del cliché que señala que los
personajes que vienen de los márgenes no tienen una intensidad y un ingenio
cultural. No, lo tienen a su manera. Así lo demuestran los personajes
secundarios de la obra de Shakespeare o algunos bufones que aparecen en la obra
de Lope de Vega, o los sirvientes en obras de teatro de Moliere. Es evidente que
por ese lado me mueve un tradición literaria, pero recojo también la oralidad
callejera y la elaboro. Y creo que ahí está una de las tensiones que pudieran
llevar al lector contemporáneo a interesarse por mis novelas.


Sus novelas y relatos tienen destellos de
lirismo, de un alto valor estético. ¿Ha pensado en incursionar exclusivamente en
la poesía?

-No me dedicaría a la poesía. La valoro como
un género que requiere una gran concentración, una lógica emocional muy
particular. Un tipo de cultura literaria de la cual despegar que no es una zona
que yo haya cultivado. Mis intuiciones poéticas las termino reduciendo a
epigramas que, en algún momento, me sirven para citarlos o animarlos en un
contexto narrativo más amplio. Pero mi asunto vocacional es la narrativa y la
escritura dramática, sea el teatro o el guión de cine.

¿Qué diferencia al Skármeta que se gana el Casa de las Américas en
el año 69 del que se ganó el premio Planeta el año pasado?



-El que se gana el Premio Casa de las Américas era un escritor cachorro,
un animal deseoso de aventuras, de explorar todo su cuerpo, toda su imaginación,
todo su sexo. Era un escritor de prosa alborotadora y alborotada. Me interesaba,
más que nada, transmitir un sentimiento y un cierto ritmo de vida, antes que
estructurar novelas de un modo más formal. Era un animal sano, puesto ante un
mundo que me parecía hospitalario, conquistable y amable. El escritor que
escribe El baile de la Victoria es ese mismo animal cachorro, pero que se ha
visto apaleado en muchas partes. El golpe de Chile, la brutalidad con que se
actuó contra mis semejantes, haciéndolos desaparecer, torturándolos, vejándolos,
exiliándolos, matizó fuertemente mi confianza en el ser humano. El exilio mismo,
el sentirme desarraigado, las crisis que tuve dentro de mi familia, vivir lejos
de mis padres, ver que mis hijos crecían en otra tradición y que no podía
seguirlos en ella, también vulneró y problematizó un mundo que antes era más
expansivo, más lírico.

¿A partir de ese
momento su modo de narrar dio un viraje?


-Mi literatura
se hizo más dramática, tuvo una mayor concentración. Al mismo tiempo,
estilísticamente, me convencí de que modos más clásicos de narración, cuando uno
es un escritor, ya vinculado por razones de sobrevivencia como un escritor en el
exilio, me empezaron a interesar los modos más clásicos de la narración. El
teatro clásico inglés, el teatro contemporáneo norteamericano, los narradores
norteamericanos. Digamos, más y más, me fui alejando de elucubraciones
sombrillistas, de concentrarme demasiado en mi intimidad, mis recovecos, mis
retortijones, en turbulencias que encontré inapetecibles y carentes de interés
para ser comunicadas. Entonces, entré al mundo de los otros. Y ese mundo exige
un gran respeto. Hay una gran frase de Ortega y Gasset: ´la claridad es la
cortesía del filósofo´. Uno puede entrar a grandes honduras y esas grandes
honduras son, a veces, tenebrosas, cuesta comprenderlas. En el momento en que
uno expresa ese mundo hay que hacer el esfuerzo por ser claro, transparente. Por
lo tanto, ahora el propósito de mi literatura apunta hacia la verdad de mis
personajes. Si los hago verosímiles, queribles, emocionantes. Eso, emocionar,
entretener a un lector.

Hay una similitud
entre El ciclista del San Cristóbal y El baile la Victoria, ambos presentan una
carrera contra la muerte. ¿Mera casualidad o es una visión de vida que lo
persigue?


-Hay muchos temas y motivos que tomo y
reelaboro. Hay una novela mía que se llama No pasó nada, que es la historia de
un chico que vive en el exilio en Berlín. Retomo la experiencia de un cuento de
mi primer volumen de cuentos, El entusiasmo y lo elaboro y lo amplío desde esta
nueva circunstancia. La carrera contra la muerte aparece en El ciclista del San
Cristóbal y se amplía en otras dimensiones y en otro contexto en El baile de la
Victoria. ¿A qué se debe esto? Primero que nada a que mi literatura es un
sistema de emociones. La anécdota básica de La boda del poeta me la contó mi
abuela cuando yo tenía ocho años y vine a escribir la novela cuando tenía 58. La
novela se fue elaborando por 50 años. Mis motivos son muy arraigados: el cuerpo
joven que piensa que con sus arrestos y con sus deseos puede batir los embates
de la enfermedad y de la muerte, es una presencia permanente desde mi primer
relato El señor Ávila (recopilado en un volumen de relatos que se llamaba:
Cuentistas de la Universidad). Que piensa que un rejuvenecimiento permanente y
someter al cuerpo a las tensiones del erotismo, el deporte, puede llegar a
desequilibrar a la muerte y a burlarse de ella.

¿De dónde tomó ese motivo?

-De la
literatura mística. Menciono esto para explicar cómo funciona en mi literatura
el encuentro entre la esfera de lo culto y lo subcultural. El ciclista del San
Cristóbal sigue una estructura absolutamente culta de la poesía mística, del
cántico espiritual de San Juan de la Cruz, quien dice que para alcanzar la luz
de Dios, para llegar a fundirse en Dios, para elevarse, para llegar a esa
altura, hay que caer, hay que llegar a los fondos del abismo. Cuando uno llega
allí no hay otro camino que el de la ascensión. Esto quiere decir que en el
camino de la ascensión uno no tiene que subir con los demás. De allí el epígrafe
de El ciclista del San Cristóbal: «…y abatíme tanto, tanto, que fui tan alto,
tan alto, que le di a la caza alcance…». Me sumergí, en las profundidades de
la noche, en las tinieblas, y desde allí subiendo y subiendo alcancé lo que
lograba, la plenitud. Estos motivos son, efectivamente, señales identificatorias
de mi obra.

Fuente: El Nacional –
Venezuela

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