Europa, Política

El cambio en Polonia es de signo conservador

La mayor sorpresa de los últimos meses en Polonia ha sido la derrota de Bronisław Komorowski en su lucha por la reelección como presidente de la República frente a Andrzej Duda, que antes de la campaña electoral era un perfecto desconocido. Tras una campaña llena de despropósitos, ni siquiera el apoyo incondicional de los medios estatales y de la inmensa mayoría de los privados fue suficiente para vencer a Duda, candidato de Ley y Justicia. El próximo 6 de agosto tomará posesión de su cargo.


Jarosław Kaczyński, presidente del partido Ley y Justicia, asombró a todos, incluyendo a sus más fieles partidarios, al escoger a Duda como candidato. Pero el tiempo le dio nuevamente la razón, por tercera vez en este último cuarto de siglo: en 2005 hizo presidente a su hermano Lech y en 1990 encumbró a Lech Wałęsa, cuando las élites intelectuales de Solidaridad se decantaron por Tadeusz Mazowiecki.

Una campaña inesperada

Andrzej Duda, de 43 años, ha hecho gala durante la campaña de dinamismo y elocuencia, en la que ha expuesto su visión de una presidencia más activa y menos representativa. La estrategia del equipo de Komorowski fracasó, entre otros motivos, por estar dirigida contra Jarosław Kaczyński personalmente. Duda, precisamente por desconocido, fue un candidato más difícil de criticar por no haber argumentos preparados de antemano contra él. En este ambiente de improvisación, algunos de los ataques resultaron contraproducentes, como cuando Newsweek –uno de los medios que menos disimulaban sus preferencias políticas– reveló la ascendencia judía de la esposa de Andrzej Duda, Agata, como si el supuesto antisemitismo de los seguidores de Ley y Justicia fuera a perjudicarle. No ocurrió así.

Durante los últimos años, los numerosos escándalos y casos de corrupción en que se han visto envueltas figuras de las más altas esferas del poder parecieron no afectar a la coalición gobernante ni al presidente, gracias en parte al incondicional soporte mediático del que gozaban. Tan seguro estaba Komorowski de ser intocable desde el principio de su mandato que dio su casa en alquiler por 10 años.

El voto de los jóvenes cambia de signo

Todo ha cambiado en apenas unos meses. Ahora, incluso las iniciativas más serias de la primera ministra Ewa Kopacz apenas tienen impacto positivo en la opinión pública. Las elecciones legislativas del próximo otoño traerán no solo un cambio de gobierno, sino que pueden suponer una remodelación del panorama político del país. Si la tendencia se mantiene, y nada hace prever lo contrario, Plataforma Cívica –actual partido gobernante– puede sufrir un descalabro. El cambio en las tendencias salta a la vista: por vez primera en Polonia, los medios sociales han desbancado a los convencionales, pues el factor decisivo ha sido el apoyo de los votantes jóvenes, mucho más aficionados a internet que a la televisión, y esos jóvenes han votado al candidato del partido de Jarosław Kaczyński, conservador en las costumbres y estatista en lo económico.

No es descartable que Ley y Justicia y sus dos partidos aliados consigan en octubre la mayoría absoluta, aunque es más probable que gobiernen junto con la formación del popular cantante Paweł Kukiz, un movimiento antisistema cuyo banderín de enganche son las circunscripciones uninominales y que permanece adrede sin programa hasta la fecha.

Los antisistema en Polonia

La oposición al sistema en Polonia tiene poco que ver con lo que podemos observar en otros países europeos (Syriza, Podemos), incluso en la retórica antigermana, también presente. Kukiz se sirve de un discurso patriótico conservador. Fuera de contexto podría parecer nacionalista, pero en las últimas décadas se ha llegado a situaciones patológicas en segmentos de vital importancia para el Estado. Por poner los dos ejemplos más evidentes, el 90% de los periódicos locales están en manos alemanas y todos los grandes bancos del país, excepto uno, pertenecen a entidades extranjeras.

Mientras tanto, en una desesperada lucha por no desaparecer del Sejm (Parlamento), unen sus fuerzas el Movimiento de Janusz Palikot y la excomunista Alianza de la Izquierda Democrática. La extinción de los postcomunistas no estaría falta de simbolismo 25 años después de la caída del régimen: quedan cada vez menos admiradores del antiguo sistema y la Alianza no ha sido capaz de formular una propuesta atractiva para captar nuevos votantes. El Movimiento de Palikot, por su parte, entró hace cuatro años en el parlamento con el 10% de los votos, lo que numerosos medios europeos entendieron como el comienzo de un cambio social hacia el laicismo izquierdista, cuando en realidad no tuvo que pasar mucho tiempo para que se demostrara que se trataba de un voto de protesta pasajero.

Cada paso por las urnas (elecciones europeas, municipales y presidenciales) ha servido para confirmar que la propuesta anticlerical y pro-LGTB era poco más que un globo inflado por los medios de comunicación, más progresistas que los votantes polacos. Ahora Palikot cuenta con un apoyo que roza el error estadístico. Quizá su mayor fallo ha sido tratar de imponer un laicismo militante siguiendo un modelo de Europa Occidental, precisamente el de España, por creer que se trataba de un país similar. La intentona ha acabado en parodia seguramente por no tener en cuenta un factor clave: que la Iglesia en Polonia no pasó por la crisis postconciliar que sí atravesó en otros lugares.

La Plataforma continúa su deriva hacia la izquierda, tratando de buscar votos con leyes sobre el cambio de sexo o la fecundación in vitro (financiada por la Seguridad Social). También es posible que estos proyectos, aprobados a última hora y a sabiendas de que no tardarán en ser derogados por el nuevo ejecutivo, no sean más que una cortina de humo: un guiño a Bruselas sin apenas consecuencias, y no es en absoluto descabellado pensar que estuviera pactado de antemano con la oposición.

Es posible que tengan razón quienes, con una buena dosis de malicia, sugerían que Donald Tusk, al ser nombrado presidente del Consejo Europeo, en realidad estaba huyendo de un barco que se iba a pique. Pocos preveían que el desmoronamiento de la Plataforma Cívica, partido en el poder en Polonia desde 2007, pudiera ser tan rápido y espectacular.

Este artículo está en Aceprensa.

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