Las numerosas elecciones de este año en Latinoamérica volvieron a mostrar un rasgo político y sociológico muy afianzado en la región: el inconsciente colectivo tiende a buscar caudillos que ofrecen soluciones desde el Estado. Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador o Daniel Ortega en Nicaragua confirman una tendencia incompatible con el desarrollo en el siglo XXI.
Karin Ebensperger
Las numerosas elecciones de este año en Latinoamérica volvieron a mostrar un rasgo político y sociológico muy afianzado en la región: el inconsciente colectivo tiende a buscar caudillos que ofrecen soluciones desde el Estado. Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador o Daniel Ortega en Nicaragua confirman una tendencia incompatible con el desarrollo en el siglo XXI.
Se suele argumentar que los pobres necesitan del Estado para poder surgir. Craso error. Muhammad Yunus con su Banco de los Pobres demostró que la creatividad no tiene estatus económico, y que basta confiar en las personas para que éstas busquen la forma de superarse. El peruano Hernando de Soto hace ya décadas desarrolló la teoría sobre cómo la burocracia del Estado pone trabas para que los más pobres puedan ser empresarios.
No se trata de más o menos Estado, el tema es la calidad del mismo. En Finlandia, Suecia, Irlanda o Nueva Zelandia, países con gran desarrollo y Estado fuerte, éste no interfiere con el potencial innovador privado. Al contrario, la política del Estado consiste en coordinar un complemento entre el sector público y el privado. Un Estado subsidiario no es un ente ausente sino muy activo en crear las condiciones para que los particulares y las empresas puedan llevar adelante el desarrollo y la innovación. Y la sociedad tiene que tener conciencia y exigir que el Estado no limite la libertad para la creatividad, el empuje personal, las capacidades individuales.
En América Latina parece no haber confianza en la democracia. La discusión política no está centrada en construir instituciones democráticas que le den garantías a la sociedad civil, para no depender de la discrecionalidad de la autoridad estatal. Ese es el quid del asunto: en la región no se alcanzan a desarrollar instituciones sólidas, porque la corrupción y la desidia van minando la fe de la gente en la política. Por eso los pueblos prefieren votar por populistas outsiders que prometen un cambio, pero a poco andar esos mismos caudillos se suman a la corrupción y se hace necesario votar de nuevo contra el sistema y por otros caudillos. Un círculo vicioso que lleva generaciones, salvo raras excepciones.
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Fuente: El Mercurio (Chile)
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