Política

El Mito del Plan Marshall

Si usted piensa que el Plan Marshall fue pensado para ayudar a países extranjeros, piense de nuevo. Como con todos los programas de gobierno, recompensa mirar por debajo de la superficie.

Jeffrey Tucker
El 50 aniversario del Plan Marshall proporcionó otra ocasión a los medios de
comunicación para celebrar los grandes logros de los gobiernos. La precipitada
caída de los EEUU dentro del estatismo global (100 mil millones de dólares en
moneda actual), dicen, salvó a las economías europeas después de la Segunda
Guerra mundial. Un reportero, Garrick Utley de la NBC, llegó a decir que el
éxito del Plan Marshall explica porqué Alemania del Este fue pobre y la
República Federal de Alemania, rica.

Pero el economista Tyler Cowen ha
observado que los países receptores de la mayor cantidad de dinero del Plan
Marshall (los aliados Gran Bretaña, Suecia, y Grecia) crecieron más lento entre
1947 y 1955 que los que recibieron menos dinero (las potencias del eje,
Alemania, Austria, e Italia). En términos de prosperidad en la posguerra, el
plan fue un enemigo político de los EEUU, quien lejos estuvo de beneficiarse de
su caridad a nivel internacional.

Pero esta verdad es solamente nueva si
usted piensa que el Plan Marshall genuino fue pensado para ayudar a países
extranjeros. Como con todos los programas de gobierno, recompensa mirar por
debajo de la superficie. ¿Cuál era exactamente el punto del Plan Marshall,
nombrado como tal por general George Marshall? La historia de cómo fueron los
hechos está bien descrita en los trabajos de los historiadores William Appleman
Williams, Gabriel Kolko, Stephen Ambrose, y Alan Milward.

El mismo
Marshall desempeñó el mero papel de un títere, leyendo discursos escritos por
los verdaderos hacedores del Plan. Su motivación original, presentada en
Harvard, era para que el dinero termine con el “hambre, la pobreza, la
desesperación, y el caos.” Pero el motivo verdadero del Plan Marshall era una
maniobra política para saquear a los contribuyentes americanos suministrando
subsidios y ayudas a las corporaciones americanas influyentes. La herencia del
Plan fue el uso notorio y perpetuo de la ayuda exterior para propósitos
políticos y económicos domésticos.

Al finalizar la guerra, la
popularidad de Harry Truman en las encuestas comenzó a caer a plomo, como suele
suceder a menudo con el prestigio de los gobiernos. Los ciudadanos americanos
habían realizado sacrificios enormes para ganar la guerra y ahora pretendían que
el gobierno se ajustara el cinturón y bajara sus gastos, luego de una etapa de
fuerte planificación económica. Sobre todo, exigían la política exterior
recomendada por George Washington y Thomas Jefferson: comerciar con todos, sin
privilegiar a nadie.

En la corriente principal de este línea de
pensamiento estaba el senador republicano Roberto Taft, héroe de todos los
militantes del libre-mercado en aquel entonces. Taft exigió reducciones de
impuestos, recortes del gasto público, y un rechazo extremo “a la interferencia
constante en la vida pública y privada de los ciudadanos por parte de las
oficinas autocráticas del gobierno y de los líderes sindicales”. El partido
Republicano barrió a los demócratas en las elecciones legislativas de 1946,
restándole poder a los fervorosos defensores del Gran Gobierno.

Truman
tenía que hacer una jugada importante y lo sabía. Como demuestra Charles Mee, él
necesitó un “programa lo suficientemente grande que le permitiera recobrar la
iniciativa y juntar el apoyo de todas las facciones tradicionales del Partido
Democrático y también de algunos republicanos ambivalentes y, al mismo tiempo,
algo que obstaculizara la falange republicana,” y posicionándolo como un líder
mundial.

Los hechos se le ofrecían en bandeja: ayuda exterior,
concentrada a través del establishement corporativo y disimulada en la retórica
relacionada a la oposición al comunismo extranjero (pero no doméstico).
Cínicamente, haría buen uso de Rusia, que poco antes había sido un aliado
galante en la guerra, y súbitamente la transformó en un monstruo que debía ser
destruido. Utilizando la retórica anti-socialista del Partido Republicano a su
favor, Truman deseaba acabar con sus opositores y conertirse en un héroe
internacional.

Truman contaba con una pléyade de co-conspiradores,
hombres que han entrado en la Historia como los arquitectos del Nuevo Orden
Mundial. Legendarios cortesanos del poder como Averell Harriman y Charles
Kindleberger fueron figuras centrales. Pero fue Dean Acheson, subsecretario de
Estado y acérrimo estatista, quién inventó el plan para mantener la hegemonía
del imperio durante la posguerra. Acheson persuadió al secretario de la Armada,
James Forestal, y al asesor interno Clark Clifford, de demostrar como Truman
podía conjurar una fantochada política como la ayuda exterior y transformarla en
una fervorosa lucha ideológica a nivel global.

Transformaron a
desconocida oficina comercial -fundada en 1942 y llamada Committee for Economic
Development- y la convirtieron en un think tank para el desarrollo económico
dentro de un nuevo orden internacional, una especie de contrapunto económico del
Council on Foreign Relations. Los fundadores del comité eran los número uno de
la industria del acero, y de la industria automotriz, sumados a los de las
empresas eléctricas que tanto se habían beneficiado del estatismo corporativista
del New Deal. Su membresía se unió con los despachos de conducción de la
National Planning Association, que era socialista declarada en su orientación
ideológica.

Estos grupos sabían que sus márgenes de beneficio se debían
a los subsidios del gobierno obtenidos gracias al New Deal y a la economía de
guerra. Frente a la era de paz que proponía la posguerra, temieron un futuro en
el cual los forzarían a competir dentro de un esquema de libre-mercado. Su
seguridad personal e institucional peligraba; entonces armaron un estrategia
para seguir beneficiándose del estatismo en tiempos de paz.

Los
intereses económicos corporativos se unieron a las ambiciones políticas de
Truman y una alianza injuriosa entre el sector corporativo y el gobierno fue
pergeñada. Utilizarían las miserias de Europa para llenar sus propios bolsillos
en nombre de la “reconstrucción” y la “seguridad” europea.

El examen
crucial llegó en 1947 con motivo las elecciones presidenciales en Grecia, en
donde un partido comunista hacía importantes avances electorales. Truman vio la
gran ocasión, y exigió 400 millones de dólares en ayuda exterior, que el
Congreso aprobó como si fuera una bofetada en contra de Rusia. Al tiempo que el
dinero fluía de las arcas del Estado hacia los grupos de intereses corporativos,
los congresistas se dieron cuenta que habían sido estafados con una inexistente
conexión entre lo que sucedía en Grecia y la amenaza rusa. Como no podía ser de
otra manera, Grecia, como todos los países europeos, deseaba solamente el
efectivo.

A pesar de lo sucedido en Grecia, el éxito político de la
doctrina Truman de regalar dinero a los países de Europa había sido logrado y el
futuro dispendio de billones de dólares apenas había comenzado. Durante los
próximos cinco años, el “dinero del Plan Marshall” corrompería a casi todos los
partidos demócratas cristianos en Europa, convirtiéndolos en copias carbónicas
del Partido Demócrata de EEUU. Esos partidos políticos alternadamente trabajaron
para crear monstruosos Estados de Bienestar y establecieron los controles
reguladores que aún hoy continúan obstaculizando desarrollo económico europeo.


En pleno éxito del Plan Marshall en Grecia, Dean Acheson formó un comité
ad hoc para encontrar “situaciones en otra parte del mundo” que “pudieran
requerir la ayuda análoga, técnica, y militar de los EEUU”. Sin pestañarse, el
comité ad hoc clasificó a la mayoría de los países europeos como necesitados de
la ayuda económica americana. El comité encontró escasez en casi todo, y, en
especial, de dólares para comprar mercancías provenientes de la América
corporativa. Una “escasez mítica del dólar” (como si el comercio fuera solamente
posible con un mundo inundado de papel) fue la crisis del momento.

Pero
detrás del velo se escondía el rostro de todo burócrata: la internacionalización
del New Deal . Como Julio Krug, en aquel entonces secretario del Interior,
escribió en sus memorias, el Plan Marshall, “esencial para nuestra propia
productividad e incesante prosperidad, fue un Tennessee Valley Authority* (TVA)
a escala planetaria. Fue como si estuviésemos construyendo un TVA cada martes.”
Incluso después del voto a favor del préstamo a Grecia, las encuestas
demostraron la enorme oposición pública a cualquier préstamo a países
extranjeros. En una reunión, Charles Halleck, líder del Partido Republicano, le
espetó a Truman: “Usted debe ser consciente de que hay una resistencia cada vez
mayor a estos programas. He estado en la calle y sé de lo que hablo. A la gente
no le caen en gracia”.

Los asesores de Truman había pensado ya en eso.
Meses antes del voto, reunieron a los jefes de las corporaciones importantes
para alistarlas en la causa. Miembros de este comité de organización,
coordinados por el Comitte for Economic Development, estuvieron formado por la
flor y nata del establishment de la industria, incluyendo a Hiland Vatcheller,
presidente de la Allegheny-Ludlum Steel Corporation; W. Randolph Burgess, vice
presidente del National City Bank of New York; Paul G. Hoffmann, presidente de
Studebaker Corp. (y luego administrador de los fondos del Plan Marshall), así
como los tesoreros de la secretaria del AFL-CIO.**

Al frente de la
estrategia en pos de beneficios económicos para las corporaciones estaba Will
Clayton, el empresario del algodón de Texas que sería testigo tiempo más tarde
de un extraordinario crecimiento de su negocio gracias un fenomenal festival de
subsidios. La Primera Guerra había convertido a su empresa en la segunda
compañía de algodón más grande del mundo. Al revés de sus competidores durante
la época de Franklin Delano Roosevelt, ocupados en arruinar la economía
americana, él fue lo bastante elegante para mover sus operaciones al Brasil,
México, Paraguay, y Egipto. Para cuando llegó la Segunda Guerra mundial, vendía
el 15 por ciento de la cosecha del algodón mundial.

Al terminar la
guerra, preparó una estrategia para el frente interno. Como subsecretario del
Estado para los asuntos económicos en 1947, Clayton vio también la gran ocasión
que tenían por delante. “Admitámoslo de una vez” –dijo en defensa de la idea de
la ayuda exterior: “necesitamos de mercados importantes para comprar y vender”.
Aquí está el secreto de toda ayuda internacional. El intento no es ayudar a los
países extranjeros sino recompensar a las multinacionales del país de origen
colocando en sus cuentas bancarias dinero en efectivo al tiempo que los
gobiernos les arreglan contratos en el extranjero. No se dejó nada al azar.
Acheson trabajó con las élites corporativas y el Departamento de Estado para
crear un grupo activista llamado “Ciudadanos comprometidos con el Plan
Marshall”. Al igual que otros miles de oradores a favor del Plan, recorrió el
país entero buscando apoyo. También fue el autor fantasma de un testimonio del
Congreso donde se solicitaba el apoyo inmediato al Plan Marshall. Como le dijo
Averell Harriman a varios embajadores europeos en una visita a la embajada
británica, “no hay nada semejante a la ola propagandística que el gobierno acaba
de lanzar”.

Will Clayton se hizo cargo de los argumentos a favor del
Plan desde el punto de vista económico. Perversamente, expuso que el Plan
Marshall era el triunfo de la “libre empresa”. Por otra parte, dijo que, si el
comunismo llegara a dominar Europa, “pienso que la situación a la que haríamos
frente en este país sería muy grave. Tendríamos que reordenar y reajustar
nuestra economía entera si perdemos el mercado europeo”.

Días antes de
la votación, las demandas llegaron a ser cada vez más extremas y, con la ayuda
de los medios de prensa del gobierno, la propaganda llegó a tener signos de
histeria. Dijeron que vendría una depresión. Que seríamos bombardeados. Que
vendría otra guerra si este plan fallaba. La situación era tan triste como lo
había sido para Francia en 1938. La vida americana como la conocíamos estaba a
punto de terminar inmediatamente.

Cuando el plan se aprobó, lo cual
sucedió fácilmente (con el voto a favor de Robert Taft inclusive), la tinta aún
estaba fresca cuando las naves repletas de mercancías ya se lanzaron a cruzar el
Atlántico. En los próximos meses, 150 barcos llevarían a toda hora trigo,
harina, algodón, neumáticos, bórax, equipos de extracción de petróleo,
tractores, tabaco, piezas de avión, y cualquier otra cosa que las grandes
corporaciones pudieran fabricar.

Los magnates de la industria americana
se vieron también favorecidos porque según la letra del Plan Marshall el 50 por
ciento de los productos que se exportaban a Europa debían ser enviados a barcos
de carga de bandera americana. Las exportaciones de petróleo a Europa vivó un
boom mientras que las importaciones provenientes del Viejo Mundo fueron
recortadas en un tercio. En la distribución de la ayuda, había un marcado
favoritismo por las manufacturas para evitar que los europeos compitan con los
productores americanos en la cadena de producción.

Tomando las recetas
de Roosevelt al pie de la letra, Truman puenteó a la burocracia y estableció una
nueva oficina gubernamental -la Economic Cooperative Administration- para
repartir la ayuda. Fue provista de personal elegido a dedo por los jefes de la
corporación industrial que seguían beneficiándose a costa de los contribuyentes
americanos. Paul Hoffman dirigió el grupo y destinó miles de millones de dólares
a las arcas de los capos industriales. Como luego lo señaló el historiador
Anthony Carew, el Plan Marshall “fue en todo los aspectos una compañía en manos
de hombres de negocios”. (Hoffman se convirtió más adelante en director de la
izquierdista Fundación Ford.)

En términos generales, la ayuda fue
utilizada para que los europeos puedan comprar con dólares del erario público de
EEUU bienes americanos a precios distorsionados. El desastre para las finanzas
públicas fue un hecho que se tuvo que afrontar después llegando a alcanzar los
rendimientos más bajos en la historia del comercio de EEUU. En varias ocasiones
el Congreso intervino para concederle a la América corporativa lo que realmente
deseaba: restricciones comerciales que forzaron a subir las compras del aceite,
del aluminio, de la madera, de los textiles, y de las máquinas americanas.


La ayuda también se utilizó para subvencionar empresas de ultramar que
producían en los países receptores de la ayuda americana, sin importar si
hubiera o no mercados dispuestos a comprar lo que producían. Recibieron dinero
para asegurar su existencia y la de sus empleados para dar la imagen virtual de
una economía en pleno empleo. Y puesto que los sindicatos estaban implicados en
el reparto del botín, la mejor parte fue para las empresas más sindicalizadas,
con lo cual paradójicamente se restringía la capacidad de los mercados de
trabajo de reajustarse a las nuevas realidades económicas.

Desde una
perspectiva económica, el Plan Marshall fue modelado desde una visión estática
de la inversión. Una vez consultados los países receptores sobre sus necesidades
inmediatas, los EEUU respondieron velozmente. No pensaron ni por un minuto en la
posibilidad de que el desarrollo económico proporcionaría los productos que
escaseaban. Así sucedió, pero sólo después que, una vez acabado el Plan, los
fabricantes domésticos pudieron encontrar mercados para sus productos.


El resultado fue la transferencia pacífica más grande de riqueza de
parte de los contribuyentes a las corporaciones como hasta nunca se había visto
en los EEUU. Y no fueron solamente dólares los que se exportaron. Dentro de un
“programa de cooperación técnica”, masivo y financiado mediante impuestos,
hombres de negocios europeos vinieron a los EEUU a tomar lecciones en las
prácticas de gerencia, visitando las sindicalizadas compañías automotrices, las
centrales eléctricas, y las enormes plantaciones agrícolas, -el sector más
colectivizado de la industria americana.

Dicho todo esto, el Plan
Marshall significó un gasto de 13 mil millones de dólares, casi 100 mil millones
en dólares de hoy. Lo suficiente para atrincherar firmemente a las compañías
americanas en los mercados europeos, especialmente en Gran Bretaña, Francia, y
Alemania. Así, los americanos dominaron la producción de zapatos, leche,
cereales, máquinas, coches, las mercancías conservadas, refinamiento del
petróleo, las cerraduras y las llaves, impresión, neumáticos, jabones, relojes,
maquinaria de la granja, y mucho más.

Sin embargo, éstas fueron meras
burbujas de prosperidad, una inversión forzada nacida de contratos mafiosos. De
hecho, Hoffman trabajó bajo el miedo constante de que el negociado salga a la
luz. Él temió que algún periodista valiente pudiera exponer todo el plan y que
todos quedaran desacreditados. Eso nunca sucedió.

Un año después de que
el Plan Marshall succionara capital privado para utilizarlo con fines oscuros,
EEUU cayó en recesión, todo lo contrario de lo que predijeron sus autores.
Mientras tanto, la ayuda no benefició a Europa. Lo que reconstruyó Europa fue la
liberación de precios, la contención de la inflación y los límites a los abusos
de los sindicatos, es decir, el mercado libre. Tal como lo escribió Hoffman en
sus memorias, el Plan Marshall no hizo resurgir a Europa. El único beneficio fue
“psicológico”. Una terapia bastante costosa, por cierto.

La herencia
real del Plan Marshall fue la expansión del gobierno dentro del país, el
comienzo de la retórica de la guerra fría -que fortalecería al Estado de la
Bienestar en Guerra durante 40 años-, la presencia global de marines por todo el
mundo, y una clase empresarial al servicio de Washington. También se formó la
creencia en parte de la élite predominante en Washington D.C. de que se podía
trampear al público sobre cualquier cosa, incluyendo la idea de que el gobierno
y sus grupos de interés deberían gobernar el mundo a cuenta del contribuyente.


*Tennessee Valley Authority: Fundada por Roosvelet en 1933 en el
marco del New Deal, TVA es la empresa pública hidroeléctrica más grande EEUU.
Más información en www.tva.gov. (N. Del T.)

** The American Federation
of Labor and Congress of Industrial Organizations (AFL-CIO) (N. del T.)


*Jeffrey Tucker edita The Free Market. Traducción con autorización de su
autor de Luis A. Balcarce.

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