El tiempo más dramático para un político es cuando pierde el control de su destino.
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Sábado, 10 de octubre 2026

El tiempo más dramático para un político es cuando pierde el control de su destino.
Napoleón era hombre admirado por la ilustración europea y muy concretamente por la alemana. Es sabido que Beethoven bautizó la tercera sinfonía con el nombre de Napoleón para corregirla posteriormente por la Heroica cuando la suerte se torció para el emperador. En su famosa hora de conversación del Napoleón victorioso con Goethe en la ciudad de Erfurt, en octubre de 1808, el gran poeta alemán recibe nada más llegar a la estancia el célebre elogio de Napoleón de “usted es un hombre”.
Pero lo que quedó para la historia de aquel encuentro en Erfurt es la frase lapidaria de Napoleón al decir, lamentándolo, que la política es el destino. El visionario emperador francés dicen que llevaba en su carruaje la Biblia, el Corán y el Werther de Goethe.
Napoleón no creía en el destino sino en sus propias fuerzas que le llevaron al destierro y a una muerte vulgar encerrado entre las rejas de los vencedores de Waterloo. La política es severa, cruel a veces, implacable y cíclica. Siempre desagradecida. Incluso para aquellos personajes que han marcado una época y que pensaron que anticiparían los veredictos de la historia.
Thatcher, Kohl, Mitterrand, González, Blair y tantos otros esperan o tendrán que esperar desde la ultratumba las primeras valoraciones, los borradores apresurados, de historiadores que se aproximarán a la complejidad de sus primeras biografías.
Transcurrirán muchos años hasta disponer de una historia distante y objetiva sobre la personalidad de Jordi Pujol, hoy reflexionando desde el silencio sobre los valores políticos, cívicos y morales de una larga etapa en la que él lo fue todo y hoy ni siquiera los suyos se atreven a pronunciar su nombre en público. No era el destino esperado por quien cincelaba desde el poder los trazos de lo que la historia tendría que decir necesariamente sobre él. Las trayectorias se tuercen cuando se olvida el factor humano propio y el de los demás.
Vivimos tiempos de velocidad incontrolada. La política europea ha quedado bloqueada por cientos de miles de refugiados e inmigrantes que se cuelan por los agujeros fronterizos como los ejércitos atravesaban los puertos de las montañas en las invasiones de épocas pasadas. Las alambradas que se levantan en Europa central, las vallas que se construyen en Ceuta y Melilla, las barcazas que se hunden en el Mediterráneo tragándose decenas de muertos, los niños y mujeres embarazadas que recorren vías ferroviarias muertas para entrar en Austria, Alemania o Suecia, las leyes restrictivas de Hungría que tratan a los refugiados sirios como delincuentes… todo ello señala un destino incierto y peligroso para una Europa convulsa. Cuando tantos miles de personas se ponen en marcha con lo puesto y cruzan fronteras en busca de nuevos espacios de estabilidad es síntoma de que estamos en vísperas de cambios imprevistos.
Trasladado a nuestro entorno más próximo la incertidumbre ha penetrado en amplias capas de la sociedad catalana y española. El voluntarismo festivo y familiar, romántico, con cientos de miles de manifestantes cada Diada en los últimos cuatro años, ha trazado una ruta sin mapas en la que no hay más interlocutores que el “nosotros solos”, un concepto que pusieron sobre el tablero político los nacionalistas irlandeses del siglo XIX.
El quietismo calculado de Mariano Rajoy puede darle votos en las elecciones de diciembre. Pero es un error mayúsculo el tratar la cuestión catalana a golpe de leyes, de reprimendas y despechos sin una palabra o un gesto de afecto, de comprensión, de simpatía hacia la sociedad catalana. Artur Mas ha confundido su causa y su persona con la sociedad catalana y Rajoy ha hecho lo mismo con la española. Sospecho que ni uno ni otro van a ser los políticos que un día se sienten en una mesa para hablar, debatir, buscar soluciones y restablecer la cordura política tan necesaria para llegar a acuerdos de mínimos o de máximos.
Sostengo lo que he repetido muchas veces. La independencia de Catalunya no se producirá en contra de España ni sin Europa. La iniciativa catalana no ha seguido las pautas de la legalidad y el pacto que practicaron los quebequeses y los escoceses en sus litigios contra Canadá y el Reino Unido. La insatisfacción en Montreal o Glasgow respecto a Ottawa o Londres sigue viva. Pero a nadie se le ha ocurrido hasta ahora ir por la vía de en medio como si los otros, España, Europa y el mundo, fueran simples espectadores que aceptarán con entusiasmo las decisiones que salgan de unas elecciones autonómicas que se quieren convertir en plebiscitarias cuando los votos no tienen el mismo peso.
El destino de esta gran ilusión resquebrajará la sociedad catalana y aumentará la confrontación con España. Al final habrá que buscar un punto de encuentro para salvar los intereses de todos. Nadie va a ganar por goleada en el partido que empezará a jugarse el lunes 28 de septiembre.
Publicado en La Vanguardia el 16 de septiembre de 2015
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