América, Economía y Sociedad

Estados Unidos: La catástrofe del techo de la deuda que se viene encima

En el ejercicio 2009, las compras extranjeras de deuda norteamericana alcanzaron el 6% del PIB. El porcentaje actual ha caído en picado más de seis enteros hasta ser del 0,9% del PIB. ¿Quién está pagando la factura entonces? La Reserva Federal, que está adquiriendo la friolera del 61% de la deuda pública que subasta el Departamento del Tesoro.

 
 
Es casi imposible creer, a juzgar por la histeria que rodea al denominado “abismo fiscal”, que haya un problema todavía más acuciante. El Secretario del Tesoro Timothy Geithner ha alertado al Congreso de que el país volverá a tocar el techo de la deuda el lunes, pero su departamento puede adoptar “medidas extraordinarias” pagando las facturas que llegan durante otros pocos meses. Para mantener el ritmo, el techo de la deuda se elevó de 14,294 billones de dólares en agosto de 2011 hasta su cota actual de 16,394 billones. De forma que en el margen de apenas 16 meses, una administración Obama totalmente irresponsable ha sumado a la deuda nacional la friolera de 2,1 billones de dólares.
 
Tan mal como suena esto, la “solución” de esta administración al gasto público desbocado es todavía peor. Como parte de sus negociaciones en torno al abismo fiscal, el presidente y sus acólitos han propuesto sacar de la ecuación por completo a la cámara baja en lo que se refiere a la subidas del techo de la deuda, concediendo al presidente competencias unilaterales a la hora de elevarlo. ”Si el Congreso insinúa de alguna forma que va a condicionar las negociaciones al techo de la deuda y empujarnos a la quiebra una vez más como parte de unas negociaciones presupuestarias… No voy a jugar a eso porque hemos de romper esa costumbre cuanto antes”, decía Obama a los consejeros delegados reunidos a principios de diciembre.
 
A lo mejor una costumbre más interesante de romper es el hábito de nuestro narcisista presidente de saltarse la separación constitucional de poderes en cuanto obstaculiza su programa de transformación. O a lo mejor puede dejar de pulirse billones de dólares en gasto público deficitario con el que respaldar el crecimiento exponencial del Estado.
 
Pero si hablamos de costumbres que este presidente tendría que dejar, la hipocresía flagrante encabezaría la lista. “El hecho de estar aquí debatiendo la subida del techo de la deuda de América es un ejemplo de fracaso de liderazgo. Es una señal de que el Gobierno de los Estados Unidos no puede pagar sus propias facturas. Es una señal de que dependemos de la ayuda económica de países extranjeros para financiar las irresponsables políticas fiscales de nuestro gobierno… Liderazgo significa que ´ aquí se acaba´. En lugar de eso, Washington desplaza el peso de las malas decisiones a la espalda de nuestros hijos y nietos. América tiene un problema de deuda y un fracaso de liderazgo. Los estadounidenses saben lo que les conviene. Tengo intención por tanto de oponerme a la iniciativa de subir el techo de la deuda de América”, decía el entonces senador Obama en 2006.
 
En 2008, el Obama candidato presidencial se reiteraba. “El problema es que lo que viene haciendo Bush los ocho últimos años es sacar la tarjeta del Banco de China con nuestros hijos como titulares, elevando nuestra deuda nacional de los 5 billones de los 42 primeros presidentes — añadiendo 4 el 43 en solitario, así que ahora tenemos 9 billones en deuda que hay que devolver — 30.000 dólares por americano”, decía Obama el 3 de julio de 2008 en un mitin celebrado en Fargo, N.D. “Eso es insensato. Es antipatriótico”, añadía.
 
Cinco años más tarde, los 9 billones se han transformado en 16 y en lo que respecta al actual presidente, el patriotismo y la responsabilidad han dejado de interesar.
 
El presidente conservador de la cámara baja John Boehner y Obama mantienen al parecer conversaciones a este respecto. Poco antes de que las conversaciones entre los dos caballeros se detuvieran, Boehner manifestaba su disposición a elevar el techo de la deuda a cambio de recortes significativos en los programas sociales. Irónicamente, la última vez que se interpretó la catástrofe del techo de la deuda en agosto de 2011, la cámara baja fue incapaz de alcanzar un acuerdo y la Ley de Control Presupuestario de 2011 que salió del desencuentro ocupa justamente el epicentro de la actual pelea. Se suma a la ironía el dato de que uno de los puntos delicados de esas negociaciones fue la incapacidad de reducir el déficit a 10 años en 1,2 billones, cifra inferior al déficit consecutivo acumulado por esta administración entre 2010 y 2011 de 1,3 billones de dólares. A la insensatez hay que añadir la realidad de que uno de los aspectos críticos de las actuales negociaciones es encontrar la forma de eliminar “la congelación de fondos por ley” que representa el único recorte genuino del gasto público que salió de aquel episodio.
 
Por tanto, a pesar de todo el dramón de 2011 que incluyó la rebaja de la deuda por parte de Standard & Poor por miedo a que la clase política no tuviera solución creíble que redujera la deuda, ahora volvemos a la casilla de salida, con una única excepción: el país debe 2,1 billones de dólares más que la última vez.
 
Para incurrir en déficit, alguien por fuerza tiene que estar dispuesto a prestar al país. La mayoría de los estadounidenses dan por sentado que el más grande de esos “alguien” es Japón o China. La mayoría de los estadounidenses no podrían estar más equivocados. En el ejercicio 2009, las compras extranjeras de deuda norteamericana alcanzaron el 6% del PIB. El porcentaje actual ha caído en picado más de seis enteros hasta ser del 0,9% del PIB. ¿Quién está pagando la factura entonces? La Reserva Federal, que está adquiriendo la friolera del 61% de la deuda pública que subasta el Departamento del Tesoro. ”En la práctica, la Reserva está financiando al gobierno estadounidense a base de gastar y endeudarse a través de la ampliación de sus cuentas y las compras masivas de valores del Tesoro. Esto es lo que mantiene artificialmente bajos los tipos del Tesoro, opacando el verdadero valor del déficit presupuestario”, escribía el pasado marzo el antiguo funcionario del Tesoro y actual secretario del Centro para la Estabilidad Económica Lawrence Goodman.
 
El factor crítico de esto se menciona muy pocas veces: la Reserva Federal está adquiriendo cantidades tan ingentes de la deuda de América porque nadie más la quiere. Pero en el ínterin, se vuelve imprescindible poner más dinero en circulación para realizar esas compras. Hasta el político más analfabeto económicamente sabe que cuando se pone dinero en circulación, cada unidad individual de ese dinero vale menos. De ahí que Ben Bernanke, con las bendiciones de este presidente y de su manirroto Partido Demócrata, esté devaluando la divisa para sostener la ficción de que en realidad, un déficit multibillonario anual y una deuda nacional superior a los 16 billones — cosas sobre las que el presidente reclama competencias unilaterales — no tienen ninguna importancia.
 
Pero sí que la tienen. Según la Oficina Presupuestaria del Congreso, el contribuyente estadounidense va a tener que desembolsar 5 billones durante la próxima década en concepto de servidumbre de la deuda. Pero Obama, en toda su gloria de la lucha de clases, ha convencido a cifras importantes de estadounidenses desinformados de que “gravar a las rentas altas” va a solucionar nuestros problemas. Ni de lejos. Según el colectivo Joint Committee on Taxation, la subida tributaria que se baraja apenas recaudaría 68.000 millones, al elevar el tipo impositivo máximo de la era Bush del 35% al 39,6%. A juzgar por los presupuestos calculados de 3,6 billones para el ejercicio 2013, la subida sirve para mantener en funcionamiento al Estado menos de una semana. Y son presupuestos “calculados” porque el Senado bajo control Demócrata se ha saltado su obligación jurídica de tramitar unos presupuestos durante los tres últimos ejercicios, y contando.
 
Con respecto al abismo fiscal, parte del temor que el presidente intenta inculcar a los estadounidenses es que, en ausencia de acuerdo, a todo hijo de vecino le van a subir los impuestos. Geithner, exactamente igual que hizo la última vez, practica una clase parecida de política de miedo con el techo de la deuda, afirmando disponer de unos dos meses de solvencia nacional. Pero mete cuchara en las negociaciones del abismo fiscal. “En circunstancias normales, ese margen duraría aproximadamente dos meses. Sin embargo, teniendo en cuenta la significativa incertidumbre que existe con respecto a las políticas de gasto de 2012 y los impuestos en el aire, no es posible predecir la duración práctica de estas medidas”, explicaba.
 
Como se señala en un artículo del New York Post, estadounidenses de toda clase están “alucinados” por los muchos más impuestos que van a pagar en ausencia de acuerdo. Lo que es todavía más alucinante es lo ajenos que están a la realidad de que subir el techo de la deuda garantiza que la clase media será el próximo objetivo de las subidas tributarias, con independencia de lo que suceda con la cuestión del abismo fiscal. Es la clase media rodeada actualmente de gasto público, incluso si la mayor parte de ella es completamente reacia a pagarlo.
 
Tan desagradable como pueda ser, el techo de la deuda es el último obstáculo de negociación fiscalmente sensata al que los funcionarios públicos tienen que someter su locura de gasto que nos conduce al desastre. Si los Republicanos fracasan a la hora de utilizarlo para sacar adelante recortes genuinos del gasto público a esta administración, la caída de América en el tercermundismo es algo cantado. Ninguna entidad, individuo o gran país del planeta puede gastar más de lo que ingresa. Sacar adelante el proverbial problema desde agosto de 2011 hasta la fecha no solucionó absolutamente nada. La misma clase de negociaciones que elevaron el techo de los 14 a los 16 billones elevarán ahora el techo hasta… ¿17 ó 18 billones? ¿Veremos dentro de 16 meses columnas que debatan subir el techo de la deuda a… 20 billones? Solamente si sigue siendo posible pedir prestado el dinero suficiente para financiar de forma indefinida la quimera. No lo es.
 

Arnold Ahlert es columnista del New York Post.
 

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