Política

Estados Unidos: minoría de personas, mayoría de resultados

El éxito de George W. Bush en las elecciones presidenciales de Estados Unidos es sólo una muestra más de que los norteamericanos tienen una manera de pensar y de ser diametralmente opuesta a la del resto del mundo.


El hecho de ser una minoría cultural no les ha impedido, sin embargo, estar a la
vanguardia en muchos aspectos y ser, a un mismo tiempo, envidiados, odiados,
criticados, imitados y copiados.

Las recientes elecciones en los Estados
Unidos que produjeron la reelección del presidente George W. Bush han dejado una
cadena de conclusiones muy interesantes a los ojos del observador.


Probablemente Bush sea, en el mundo, el presidente más impopular que
jamás haya sido elegido en los Estados Unidos. Nunca antes la opinión mundial
estuvo tan de acuerdo en la creencia de que, para el mundo, era mejor que una
determinada persona no fuera elegida por el pueblo norteamericano.

La
prensa mundial gastó todo tipo de comentario burlón respecto del mandatario y
los partidarios del presidente recibieron también una andanada de adjetivos
socarrones o directamente insultos.

A su vez, las acciones del propio
Bush han sido de por sí controvertidas y sujetas a un alto nivel de discusión.
Sin embargo, fiel a un conjunto de creencias, quizás limitado pero al mismo
tiempo muy firmes, el presidente siguió adelante y aplicó el remedio respecto
del cual estaba convencido. Seguramente tuvo la sensación de que muchas de sus
ideas y aproximaciones a los problemas eran antipáticas.

Pero no se
acobardó. Como estaba convencido de la rectitud última de sus fines, las llevó
adelante igual, sin consultar ninguna encuesta. Éste es un comportamiento
manifiestamente minoritario entre los políticos del mundo. En general, los
políticos no tienen ninguna creencia propia salvo la del poder mismo. Por lo
tanto sus acciones están íntimamente vinculadas a las compulsas de opinión.
Ellos van detrás de lo que la gente dice opinar en las encuestas.

¿Por
qué digo “lo que la gente ´dice´ opinar” y no “lo que la gente opina”? Porque,
efectivamente, las opiniones vertidas en encuestas son muy volátiles, influidas
por humores temporales y esencialmente variables; ellas distan de ser un
conjunto coordinado de creencias. Dejarse llevar y, más aún, tomar decisiones en
base a un conjunto tan inconexo de ideas constituye un serio error para los
hombres de Estado que, sin embargo, siguen, mayoritariamente este método en todo
el mundo.

Bush ha sido distinto en esto. Incluso en los propios Estados
Unidos uno puede amar a Bush u odiarlo sin encontrar probablemente nada en el
medio. Pero tanto sus adoradores como sus enemigos saben lo que piensa. El plexo
de sus ideas podrá ser lo que el mundo burlonamente llama “poco sofisticado”,
pero es claro y lo trasmite con simpleza.

Una mayoría de votos entre
poco más de 120 millones de votantes le dio a este hombre un respaldo aún mayor
al con que había llegado por primera vez a la Casa Blanca y le entregó a su
partido la victoria más clara en los últimos tiempos en la Cámara de
Representantes, el Senado y el conjunto de gobernadores. ¿A qué se debe este
misterio?, ¿por qué los norteamericanos resuelven determinadas situaciones de un
modo diferente al que mayoritariamente es utilizado en el resto del mundo?, ¿por
qué los norteamericanos le han dado el mayor caudal de votos de la historia a un
hombre que hubiera resultado vencido en cualquier otro país?

La primera
respuesta es bastante obvia: porque los norteamericanos piensan o le dan
importancia a un tipo diferente de cosas de aquellas a las que el resto del
mundo considera importantes. Por ello los norteamericanos son, desde el punto de
vista de los números, minoritarios en el mundo: apenas 300 millones de personas
(en realidad un poco menos).

El resto de la población mundial tiene más
denominadores comunes entre sí que aquellos que pueden unir a un norteamericano
con un francés. Las tendencias de pensamiento de origen europeo continental han
hecho posible el fenómeno de que muchos países aparentemente diferentes tengan,
en el fondo, más coincidencias entre sí que las que cada uno de ellos tiene con
los Estados Unidos. La posición social del individuo frente al Estado, la
religión, los sexos y las relaciones entre ellos, el valor de la verdad y la
implicancia social de la mentira, el sentido del éxito, la valoración de los
logros y la apreciación popular de la demagogia reciben conceptos diferentes
–cuando no directamente contrarios- en los Estados Unidos respecto del resto del
mundo. Es más, en las recientes elecciones, todo aquel que pretendió sacar
conclusiones anticipadas sobre el resultado, aplicándole al proceso una lógica
no-norteamericana, se dio de bruces contra la áspera realidad.

La “rara
avis” mundial son los Estados Unidos. De ello no hay dudas. La minoría mundial
está representada por ellos. Ahora bien, cuando uno se aleja de estos análisis y
repara en los resultados empieza a caer en la perplejidad. Los Estados Unidos,
una república de apenas 228 años, ha superado a países milenarios, inventó la
democracia funcional moderna, produce un cuarto del PBI mundial, consume el 30%
del petróleo del planeta, ha puesto un hombre en la Luna, inventó el automóvil,
la Internet, la Coca Cola, el jean y los rascacielos. Ganó dos guerras
mundiales, reconstruyó Europa y Japón, ganó la Guerra Fría, pulverizó
ideológicamente al socio-comunismo, hizo desaparecer a la Unión Soviética y se
convirtió en el único ´`arbitro mundial de conflictos. Solo trescientos millones
de personas en sólo 228 años… Impresionante.

El resto del mundo que ha
querido dejar atrás la pobreza y la marginalidad ha debido imitarlos. Con
adaptaciones, agregados o supresiones, los demás países que quisieron cortar el
círculo penoso de la miseria han copiado sus instituciones, su forma de trabajar
y, en muchos casos, hasta sus vicios. En la palabra, sin embargo, existe esta
tendencia mundial a diferenciarse –o a querer diferenciarse- de los Estados
Unidos. Es como si el resto del mundo tuviera, con los métodos norteamericanos
de los cuales se vale para tener éxito, una relación vergonzante. Es como si
tuviera la necesidad de desmentir con la lengua y la palabra escrita lo que hace
por conveniencia. Resulta hasta cómico ver cómo países grandes sobreactúan sus
posiciones con el único fin de parecer diferentes a los Estados Unidos.


Mientras tanto, ellos siguen en la suya. Están muy lejos de sentir
vergüenza o de tener la necesidad de pedir disculpas por ser como son. Saben que
son diferentes, saben que son minoritarios, saben que son sólo trescientos
millones de personas con pareceres culturales esencialmente distintos al resto
de los seis mil millones que pueblan el planeta. Pero también saben que esa
manera de encarar los problemas y resolverlos, esas aproximaciones a situaciones
de conflicto, esos principios que inconscientemente los conectan entre sí
formando un entramado cultural único, les han permitido solucionar laberintos y
encontrar respuestas a problemas que muchos países siguen aún sin solucionar y
sin responder. Es como si los Estados Unidos fueran una minoría mundial correcta
que tiene enfrente a una mayoría mundial que puede elegir entre seguir viviendo
en el error o imitarlos, con o sin culpa. Los que quieran persistir en el error
serán las “Argentinas” del mundo, los que los imiten con culpa serán las
“Francias” y los que sigan su modelo con regocijo serán las “Australias”. Pero
hay algo seguro: el mundo no será ideológicamente no-norteamericano. Podemos
aceptar esto con alegría o con tristeza. Pero así será.

Publicado
originalmente en www.economiaparatodos.com.ar

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú