Occidente afronta convulsiones graves. Como siempre. La crisis con Grecia y la supervivencia del euro es una de ellas. No hay estudios solventes sobre cómo será la Unión Europea dentro de diez años. Una cosa sí que se puede afirmar. Mientras los problemas puedan discutirse, apasionadamente si se quiere, des de los intereses y las ideas, no hay que temer el futuro.
Los valores de la libertad y la dignidad humanas que impulsan la civilización occidental siguen siendo el sueño de la inmensa mayoría de la Humanidad. Se lo escuché hace unas semanas a Shlomo Ben Ami en una sesión en Barcelona.
Mark Leonard es un joven británico que escribió un libro hace unos años titulado Por qué Europa liderará el siglo XXI. Lo he hojeado de nuevo. A pesar de las muchas dificultades que han golpeado la estabilidad europea sigue vigente la idea de que “lo que Monet creó fue una máquina de alquimia política. Cada país perseguiría su interés nacional, pero una vez que los diferentes intereses nacionales se introdujeran en la caja negra de la integración europea, por el extremo opuesto aparecería un proyecto europeo”.
No es así de sencillo. Pero sirve la reflexión de que cuando un club le exige a los demás que acaten las mismas normas que tienen que cumplir sus miembros, se considera una cuestión de principios: en esto reside el poder de persuasión de la Unión Europea.
El equilibrio económico, político y social entre los países miembros de la UE es uno de los grandes retos de los políticos de hoy. El equilibrio no se puede conseguir sin la generosidad y responsabilidad de todos, de los más fuertes y de los más frágiles.
Los que construyeron la Europa de hoy lo hicieron sobre las cenizas de dos guerras devastadores en el siglo XX. ¡Basta!, dijeron. Y empezaron a construir desde la diversidad pensando que la identidad europea tendría que comportar la coexistencia de todas las identidades a la vez. Cayó el muro de Berlín, se reunificó Alemania y sobre todo se reunificó Europa. Pasear por las calles de Praga, Lisboa, Nápoles, Cracovia o Vilnius es transitar por las mismas pisadas de una civilización común. Este es el gran logro. Helmut Kohl decía que su apuesta europea era para evitar las guerras del siglo XXI.
No sé lo que piensan Merkel y su hombre fuerte Schäuble sobre la constante europeísta de la Alemania desde Adenauer. Pero sé lo que hacen. A última hora, después de grandes trifulcas y desafíos personales, han llegado a un acuerdo para no dejar a Grecia fuera del club.
La tendencia a la fragmentación europea, a las guerras, es una constante histórica. La coalición europea contra Napoleón venció en Waterloo en 1815 y se articuló políticamente en el Congreso de Viena. Pero en 1822 ya habían cambiado los intereses y los aliados. La entente contra Alemania y los imperios centrales en la Gran Guerra produjo el Tratado de Versalles que sería papel mojado cinco años después. Norteamericanos y soviéticos lucharon juntos contra Hitler. Y vencieron. Pero un año después, en palabras de Churchill, había caído una cortina de acero que separaba las dos Europas. En 1948 Washington y Moscú se convertirían en enemigos mortales hasta hoy.
La Unión Europea, con todas sus imperfecciones y errores, es un milagro en un continente en el que lo más natural son los conflictos armados porque los europeos habíamos ignorado la famosa argumentación de Karl von Clausewitz sobre la inevitabilidad de la guerra. Cuando una de las partes está dispuesta a utilizar medidas extremas en una disputa, sostenía Clausewitz, la otra debe hacer lo mismo o, sino, capitular.
Hay siempre la posibilidad del debate, de la discusión y de los acuerdos. Es muy infrecuente que haya guerra entre países democráticos, abiertos, libres, en los que se tenga muy claro por parte de todos que la convivencia entre pueblos, naciones y estados es posible.
Este artículo está en FoixBlog.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR