Política

Fox: ¿Salvó a la democracia mexicana o salvó su nombre?

“Hasta la tarde del pasado miércoles 27 de abril, el presidente Vicente Fox era visto por muchos como el “jefe de la pandilla” que atentaba contra la democracia mexicana, algo así como el ideólogo de las perversidades del Estado mexicano volcadas a destruir al demócrata jefe de Gobierno del DF.”

Democracia
 Pero horas después, luego de una suerte de pase mágico, de “milagro” de la
política mexicana, resulta que en forma milagrosa todos vieron en Vicente Fox a
un demócrata, a un patriota que salvó a la República. Resulta que de golpe y
porrazo el “señor Fox” pasó de ser el villano de la película, a convertirse en
el estadista que nadie había visto en cuatro años.

Y todo porque Vicente
Fox el jefe del gobierno y del Estado mexicanos, el mismo que promovió la
cuestionada persecución política de Andrés Manuel López Obrador, al verse
derrotado en todos los flancos recurrió a una respuesta desesperada,
profundamente emparentada con el autoritarismo y la antidemocracia del viejo
sistema político que el gobierno de Vicente Fox dijo haber desplazado al más
viejo estilo de los regímenes emanados del PRI: recurrió a un golpe de timón que
fue aplaudido por muchos porque, según esa percepción, hizo posible el regreso
de las aguas a su cauce. Y pasado el lance, superada la emergencia, las buenas
conciencias parecen tranquilas, apaciguadas, por momentos relajadas. Y no es
para menos. Habemus estadista , dijeron unos, mientras que otros de plano
elogiaron al “Presidente demócrata y patriota”. Estamos salvados, respiraron
otros.

Pleito de dos


Pero no, el asunto ni es tan simple ni tan halagador como se quiere
hacer creer. Y a riesgo de “aguarles” la fiesta a los que aún celebran, y de
reavivar los enconos de los “enamorados” de López Obrador, vale la pena recordar
que el periplo del presunto desacato, el posterior desafuero y la incumplida
consignación penal del jefe de Gobierno, en realidad se desencadenaron por la
lucha presidencial de 2006. La popularidad de López Obrador y su eventual
candidatura presidencial quisieron ser en ese orden, debilitada una y cancelada
la otra, desde lo más alto del poder presidencial. El objetivo era “limpiar” el
camino que lleva a Los Pinos, tanto al preferido del Presidente, a Santiago
Creel, como al eterno enemigo de AMLO, el también tabasqueño Roberto Madrazo.


Y para lograr ese propósito pactado hace casi un año, en el encuentro
que Fox, Madrazo y Creel celebraron el 27 de mayo de 2004 el presidente Fox
instruyó a Rafael Macedo de la Concha, el militar y abogado responsable de la
PGR, el que siempre se dijo amparado en una supuesta aplicación de la justicia
que se le ordenaba desde la casa presidencial, para que llevara adelante el
proceso jurídico contra el jefe de Gobierno. En realidad Macedo de la Concha, el
hoy sacrificado y ofrendado como tributo al vencedor, sólo hizo lo que le ordenó
su jefe, el Presidente. El general Macedo de la Concha, nos guste o no su
actuación y su penosa salida, no se mandaba solo, no decidía por sí solo, no
caminaba por la libre. Todos quienes lo conocen saben que acordaba por lo menos
una vez a la semana con el Presidente. Y en no pocas ocasiones el tema del
acuerdo era precisamente el desafuero de López Obrador.

Y frente a esa
embestida presidencial, amparada en el presunto desacato, López Obrador no
acudió a la defensa jurídica que lo habría librado sin problemas de los cargos,
sino que recurrió a lo que sabe hacer, y que hace muy bien; vestir el atuendo de
perseguido del poder y llamar a los ciudadanos en su defensa, lo que le ganó no
sólo el estatus de víctima, sino una aún más creciente popularidad. Estaban en
juego dos estrategias políticas de sentidos y objetivos opuestos; esquemas que
en el fondo transitaban por el mismo y resbaladizo camino de la confrontación
social. Las dos partes tensaron al máximo sus posiciones y llevaron a la
sociedad mexicana, toda, a una lucha entre buenos y malos, perversos y víctimas.


En ese clima de descomposición política, de confrontación y
polarización, de desesperación para muchos y de susto para algunos, la sensatez
no aparecía por ningún lado, a pesar de los muchos meses de confrontación y de
espectáculo. Al final, una de las partes, la de López Obrador, se abrió camino
con una inteligente aunque arriesgada estrategia. Ganó terreno al llevar el
escándalo no sólo al exterior, sino a las calles, a los espacios religioso y
militar, y a una polarizada disputa al seno mismo de las familias. Así, con el
concurso de dinero público y con un discurso que resultó harto vendible el del
perseguido político, AMLO logró la más importante movilización social que haya
tenido precandidato presidencial alguno. Así, el rechazo popular que espontáneo
o no, producto de un montaje mediático o no concitó para su causa López Obrador
en la marcha del pasado domingo, se convirtió en el golpe final de la disputa.
Para amplios, muy amplios y diversificados sectores sociales, Vicente Fox era la
encarnación de la perversidad del poder contra la naciente democracia mexicana,
contra lo que él mismo logró en el año 2000. Y en ese ambiente de polarización,
de lucha en la calle, en los sectores no sólo sociales, sino empresariales,
religiosos, académicos y culturales, López Obrador reclamó la rectificación, la
rendición del adversario y el reconocimiento de que en la casa presidencial se
habían equivocado. En pocas palabras, López Obrador reclamó la entrega de la
plaza.

Y entonces vino el “golpe de timón”, el despido del general y
titular de la PGR, Rafael Macedo de la Concha, que fue la “rectificación”. Luego
el anuncio de que se revisaría “con otros ojos” el expediente de El Encino, lo
que en realidad fue el reconocimiento del equívoco presidencial. Y luego
sobrevino el milagro al estilo del viejo sistema político mexicano. Sí, que
habrá una iniciativa de ley con un destinatario único, López Obrador, para que
de esa manera el jefe de Gobierno pueda competir en la contienda presidencial de
2006. Y se produjo entonces la mudanza en los calificativos al Presidente, quien
pasó de “jefe de la pandilla”, a demócrata; de autor intelectual de las
perversidades del poder contra la democracia, a “estadista”, y de torpe operador
político, a “salvador de la patria”.

Sólo en México se producen esos
milagros. Aquí dijimos hasta el cansancio que, en el fondo, el escándalo del
desacato y del desafuero era una lucha poder por el 2006, en donde uno el
presidente Fox utilizaba a las instituciones para atacar a su adversario López
Obrador, quien se valió de manera inteligente y con una estrategia bien
diseñada, del martirologio para sacar a la gente a la calle, para enfrentarla al
poder institucional, para polarizar al país entero. No, ni estadista ni héroe de
la democracia ni salvador de la patria; Vicente Fox en realidad actuó como un
político derrotado, que al verse acorralado por una estrategia política exitosa,
la de AMLO, se asustó y recurrió al baúl de los trebejos del viejo sistema
político mexicano, para echar mano de eso que pomposamente se conoce en la
ciencia política como “razones de Estado”.

Y Fox conocía bien ese tipo
de salidas. En septiembre de 1991, Carlos Salinas recurrió a la “razón de
Estado” para “resolver” la crisis derivada de la elección para gobernador de
Guanajuato. En esa fecha, Salinas le ordenó a Ramón Aguirre, el entonces
candidato supuestamente ganador de la elección, que debía renunciar por el “bien
de la República”, para entregar de manera ilegal la gubernatura al panista
Carlos Medina Plascencia. Las llamadas concertacesiones del salinismo con el PAN
fueron eso, “razones de Estado” en donde la legalidad esa palabra que les
molesta a muchos, pero que fue vapuleada de nuevo fue pasada por alto, para dar
paso a “las razones del jefe del Estado”, que en ese tiempo era Carlos Salinas.
Y López Obrador no se queda atrás. Luego de las cuestionadas y fraudulentas
elecciones de Tabasco, en 1994, el presidente Zedillo también recurrió a las
“razones de Estado” para intentar quitar de su cargo como gobernador a Roberto
Madrazo, sólo que en esa ocasión Madrazo, el hoy presidente del PRI, le salió
“respondón” a Zedillo y no permitió que su cabeza fuera ofrendada a López
Obrador.

El viejo sistema político mexicano está plagado de esas
supuestas “razones de Estado”, que hoy aplauden reputados académicos,
reconocidos intelectuales y luminarias del periodismo. Pero en realidad recurrir
a esas presuntas “razones de Estado”, en el tiempo de la naciente democracia
mexicana, no es más que dar un salto atrás, es un retroceso que se convierte,
ese sí, en un grave atentado a la democracia mexicana. El Fox demócrata,
estadista, salvador de la democracia mexicana y de la patria toda, que se nos
quiere vender hoy, luego de su “golpe de timón”, para dizque resolver el
conflicto de poder, para darle cauce a la lucha por la sucesión presidencial, no
es más que un gobernante desesperado que intentó salvar no al Estado mexicano,
ni a la democracia mexicana, y menos a la patria; intentó salvar su imagen y su
paso a la historia, luego de una feroz batalla política en la que resultó
derrotado. La cacareada “razón de Estado”, les guste o no a los que hoy aplauden
a Fox, no es más que la muy personalísima razón del jefe del Estado, que intentó
salvar el pellejo luego de ser derrotado. Y esa razón, la de Fox, no es la razón
del Estado.

Pero hay otro pequeño detalle. Resulta que en su lucha
política contra López Obrador, Vicente Fox quien efectivamente y por mandato
constitucional, es el jefe del gobierno y del Estado mexicanos, además de ser el
titular del Poder Ejecutivo metió al “pleito” a los otros poderes, al
Legislativo y al Judicial. Pues bien, cuando Fox enarbola las “razones de
Estado”, no sólo para despedir a Macedo de la Concha lo cual está dentro de sus
atribuciones constitucionales, sino para ordenar que se “revise con otros ojos
el expediente del Encino”, y cuando promete una reforma a modo para que López
Obrador pueda competir en las elecciones de 2006, pasa por encima de los otros
poderes, y anula la división de poderes. ¿Qué va a pasar con la procedencia de
desafuero que aprobó la Cámara de Diputados? López Obrador es un gobernante sin
fuero, lo cual resulta inconstitucional. Y eso es así porque así lo quiso el
Presidente, el demócrata, el estadista, el salvador de la democracia.


¿Qué no le correspondía al Poder Judicial decidir, no sólo en las
llamadas controversias constitucionales, sino en la sanción o exoneración del
jefe de Gobierno, si éste era o no responsable del delito que se le siguió? ¿Qué
no la tarea de “revisar con otros ojos” el expediente de El Encino es una
facultad del Poder Judicial? Y si es así, ¿las “razones de Estado” anulan a ese
poder? ¿Dónde está la división de poderes? No hay duda de que se logró la
distensión del clima de confrontación, de polarización, de crispación de la
contienda presidencial de 2006 con el despido de Macedo de la Concha, con los
anuncios que hizo el Presidente el pasado miércoles. ¿Pero qué tiene que ver ese
“golpe de timón”, esa acción de poder nada democrática y harto autoritaria, con
la democracia, con el demócrata y con el estadista que todos esperamos que sea
el Presidente mexicano? Creemos que no. Más bien pareciera que los ciudadanos,
que los políticos, que los intelectuales y los estudiosos del fenómeno político
mexicano, y por supuesto los periodistas, añoramos los viejos estilos y las
viejas formas. Pareciera que somos incapaces de encontrar otras salidas
políticas, alejadas de los golpes de timón, contrarias a los viejos pero aún
presentes autoritarismo y antidemocracia, para resolver los conflictos que nos
presenta una naciente, pero aún así muy complicada democracia mexicana.


¿Por qué no haber dejado que el Poder Judicial, como era su obligación,
resolviera si la razón le asistía a Vicente Fox o a López Obrador? Dicen algunos
que era urgente parar el conflicto, la confrontación, el choque entre la
sociedad. Y dicen que era urgente pararlo a costa de lo que fuera. Y pudieran
tener razón, sólo que Vicente Fox paró el conflicto que él mismo creo, a costa
de la confianza, la credibilidad, la legitimación de esa naciente democracia
mexicana que, nos guste o no, fue aplastada por las “razones de Estado”, las
mismas que movieron a presidentes como Díaz Ordaz, Echeverría, De la Madrid,
López Portillo, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. Los que hoy aplauden las
“razones de Estado” que esgrimió Vicente Fox para resolver el conflicto que él
mismo creó al perseguir con una estrategia equivocada a López Obrador, los que
las aplauden porque de manera momentánea les beneficia, se olvidan que esas
“razones de Estado” fueron el germen de las matanzas y las persecuciones como
las del 68, del 71, de la llamada guerra sucia , y hasta la persecución que
sufrió el FDN y el naciente PRD en tiempos de Carlos Salinas. Y si de ese tamaño
es su amnesia, que con su pan se lo coman. ¿O no?

En el camino

Por cierto, un acucioso
lector nos envió copia del Itinerario Político publicado el 30 de mayo de 2004
en este espacio. Y a propósito de la alianza PRI-PAN que se restableció por esas
fechas, precisamente para el desafuero de López Obrador, dijimos, entre muchas
otras cosas, que no se puede descartar que al final de la lucha por el poder
sucesorio rumbo a 2006, la lucha entre Fox y AMLO, se resuelva mediante una
negociación política. Y no hay bola de cristal, lo que pasa es que el poder los
hace iguales.

Fuente: El Universal –
México

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