Europa, Política

Fronteras más abiertas

La magnitud del drama que ha explotado en los Balcanes y que se amontona en las fronteras de la Unión Europea desde hace años se refleja en la cantidad de niños, jóvenes y ciudadanos maduros en plenas facultades que huyen de la guerra y la destrucción absurda que comporta.

Doce millones de sirios han sido desplazados de sus tierras. Cuatro de ellos han encontrado refugio en Turquía, Líbano, Jordania y Egipto. Muchos intentan llegar a Europa con camionetas, autobuses, trenes, barcazas o a pie.

Hay muchos responsables de la inestabilidad que vive la región. Las guerras libradas en Afganistán e Iraq son parte principal del origen del problema. Pero el principal responsable de la crisis siria es el presidente Bashar el Assad, dictador, que ha preferido seguir en el poder antes de que los sirios se entregaran a una tragedia colectiva que afecta a su país y a toda la región, a Europa y al mundo entero.

Persecuciones, guerras, hambrunas, revoluciones y crisis de todo tipo han desplazado a millones de personas a lo largo del siglo XX. Asegura Henry Kamen que en los últimos tres siglos han cruzado los Pirineos más de tres millones de personas huyendo de la hostilidad o intransigencia del norte y del sur. Exilios y retornos.

Europa es el fruto de desplazamientos colectivos y de formación de identidades acumuladas que se han asentado generación tras generación. Recuerdos de infancia me evocan el paso incierto de personas por los caminos de la Catalunya ­rural en busca de seguridad, asentamiento y comida. La Guerra Civil hacía 15 años que había terminado. Tenían miedo y huían sin saber si serían acogidos en alguna parte.

Después de la guerra de Vietnam, Francia acogió a más de cien mil vietnamitas de procedencia china que fueron expulsados por las autoridades vencedoras en la ciudad de Ho Chi Minh. La descolonización de la posguerra, que empezó con la independencia de India en 1947, convirtió al Reino Unido, muy especialmente Londres, en una gran urbe multiétnica y multicultural. Algo parecido ocurrió en Holanda. Por razones diversas, también llegaron millares de asilados a los países escandinavos.

La reacción europea para afrontar la llegada masiva de refugiados, inmigrantes o asilados, el nombre da lo mismo, no es unánime. El bloque de Hungría, Eslovaquia, Polonia y Chequia es restrictivo. El caso húngaro es el más preocupante por representar la alternativa más xenófoba en nombre de los valores europeos ante la “invasión de gentes de raíces de diferentes civilizaciones”. El primer ministro Viktor Orban está ya levantando una verja cortante como una navaja en los 170 kilómetros de frontera con Serbia. Dice que no ordenará disparar contra los que intenten saltarla. Muchas gracias. Los tres países bálticos, con una población de casi siete millones de habitantes, han aceptado acoger a poco más de setecientos refugiados.

Los políticos van haciendo reuniones y se dividen los 350.000 sirios fugitivos con una racanería notable. Es de justicia destacar la valentía y el coraje de Ángela Merkel al aceptar a 800.000 refugiados para este año dotando una partida de seis mil millones de euros para acoger a los que llegan a diario. La que ha sido acusada de cortar políticamente el pescuezo a quienes no seguían sus instrucciones de austeridad resulta ser la que con más determinación defiende esta causa humanitaria a la que se ha sumado Francia con menos convicción y, finalmente, también Mariano Rajoy, que va a aceptar la cuota que le asignen, que alcanzaría la cifra de 14.931.

Pero las imágenes de tantos ciudadanos atravesando fronteras y mares con lo puesto, habiendo dejado lo poco o mucho que tenían, ha despertado la conciencia ­cívica colectiva que se ha sobrepuesto sobre los intereses políticos inmediatos de los ­gobiernos que saben que una política ­generosa de acogida levantaría los sen­timientos xenófobos que se esconden en toda sociedad y ­recogen muchos ­votos.

El papa Francisco salió el domingo con un grito de compasión y solidaridad al pedir que todas las parroquias, comunidades religiosas, monasterios y santuarios de toda Europa acojan a una familia de prófugos. A ver qué pasa. Los políticos han llegado tarde. Por miedo a perder votos y por falta de visión a largo plazo. Tzevetan Todorov dice que “hoy la amenaza son los extranjeros, los inmigrantes. Si son musulmanes, doblemente, porque no son ni europeos ni cristianos. Lo grave es que la derecha tradicional, para cortar el paso a la extrema derecha, copia sus programas”. Este miedo a los de fuera está siendo el primer gran conflicto del siglo en curso.

Europa tendrá que atreverse un día a hablar de demografía. En 10 años la población europea empezará a disminuir y en el 2050 la ONU estima que los africanos triplicarán la población de Europa. Abrir las fronteras, con todas sus contrariedades, no sólo conservaría el humanismo de Europa sino que sería bueno para sus intereses y los intereses de los que van a llegar.

Publicado en La Vanguardia el 9 de setiembre de 2015

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